Eclipse Blues

Noviembre 8, 2009 por eduard

bluesblogIlustración EBlanco

swEl suelo estaba alfombrado de flores silvestres, adherentes al caminar sobre ellas, cuando por algún motivo biológico desprendían un olor dulzón y denso. Cada anochecer el viento revolvía la hojarasca, amontonando las hojas maduras contra la arcada enrejada que emergía del subsuelo.

Entonces el reo se asomaba con el rostro cuadriculado por las sombras de los barrotes que originaba la luz de la luna, un rostro imperturbable, el blanco de las córneas relampagueando desde la oscuridad, la silueta inmóvil durante el par de horas en las cuales permanecía en trance mirando al vacío.

Al principio, en los escasos intentos por asomarse para sentir el sol del día, fue apedreado por los chiquillos zarrapastrosos en busca de diversión, los hombres sentados en la valla de enfrente ejercían de testigos mientras mascaban y escupían tabaco.

Tras los barrotes de hierro estaba él. En una celda común, cuyas paredes descubrían las huellas de manos sucias, de fechas, de nombres, de mensajes, de frases obscenas, garrapateadas y arañadas.

El reo, durante el día, se apoyaba al lado de la arcada más sombreado y cantaba al Freedoomhaz de luz que se reflejaba en el flanco contrario. En una primera instancia, los transeúntes le respondían con insultos y se reían a su costa. “¡Canta ahora que puedes! ¡¿Ya sientes el calor de las llamas del infierno?! ¡Parece que están degollando al gato! ¡Compón una canción dedicada a la soga!

A las pocas semanas, la gente se detenía a escucharlo, recaderos con cestas de reparto, vendedores ambulantes, mujeres apresuradas por llegar a la única tienda del pueblo, borrachos y holgazanes. Los viejos traían su propia silla para recostarse mientras disfrutaban de la música.

El reo no volvió a asomarse desde que fue atacado por la lluvia de piedras, vivía ignorando lo qué sucedía en el exterior. La gente andaba cerca, les oía transitar en el crujir de las hojas viejas, sin embargo no les escuchaba hablar, a veces murmurar. Un silencio agradable, pensó Walter.

Podía ojear de soslayo los zapatos de los transeúntes que pasaban cerca, los calcetines, la raya en las medias de las mujeres y hasta los pies desnudos de algún chiquillo desatendido.

A pesar de la llegada de Octubre, al mediodía aún acusaba el calor. Esta providencia era aprovechada por las hermanas Wilson para vender limonada fresca. Un negocio que les aportaba beneficios a cambio de duros sacrificios, recoger los limones del árbol, transportarlos en cestas de mimbre sobre la cabeza, exprimirlos, picar el hielo, construir un toldo con harapos, y por fin, convencer a los viandantes para que lo bebieran a cinco centavos el vaso.

Su voz enardecía el blues, incluso simulaba el sonido de algunos instrumentos de viento contrayendo los labios y soplando entre las manos ahuecadas. Canciones espontáneas, con letras sencillas y mucho dolor concentrado.

Conquistaba la mañana con sus composiciones, sus notas estremecían a quienes lo escuchaban, con sus letras se identificaban los amos de cientos de oídos. Las estrofas versaban sobre gente vulgar con problemas ordinarios. Algunas mujeres debían ocultar su rostro para disimular el llanto. Canciones que hablaban de los negros, de la esclavitud, del algodón, de las relaciones matrimoniales, de las huidas de los amantes, de la evasión de los fugitivos.

Walter era un negro corpulento y rebelde con una mirada retadora. Si bien nunca en la vida había hecho daño a nadie, había sido un negro honrado y había cumplido con las normas del amo blanco.

Cada medianoche el reo clavaba sus ojos en la oscuridad, con las manos asidas a los barrotes y el espíritu en trance. Desde la oscuridad le respondían grillos y ranas, búhos y algún coyote hambriento.

Con la entrada del Otoño llegó la víspera de la ejecución. En cuanto amaneció, Walter observó el frío rocío encima de las hojas caducas, habían cambiado de estación, observó. Aquel día el reo no cantó. Nunca antes percibió tal silencio del exterior, aunque ello ya no le importaba, sólo le quedaban unas horas para el juicio final.

Al mediodía sucedió algo extraordinario, al menos para los habitantes de Torotinto. A la espera de lo inevitable, mientras yacían anhelando las notas del preso, encogidos a causa del descenso de la temperatura y hasta arrepentidos de sus declaraciones ante el Juez, fueron testigos de excepción del fenómeno cósmico. El sol se apagó ante sus perplejas narices. Ni los más viejos del lugar escucharon  jamás de semejante acontecimiento, el cual interpretaron como una advertencia por parte del Señor.

Para el reo sólo significó un espacio relativo del tiempo, fiel a sus costumbres, se aproximó a la arcada enrejada y con sus manos, grandes y curtidas por el trabajo duro, agarró los barrotes. Permaneció quieto, los ojos infiltrados en la oscuridad, como cada noche.

- ¿Te gustaría robarles el alma? Ellos no fueron piadosos con tu sentencia. Siempre has sido un hombre bueno Walter: Mira cómo te han pagado. Aparece el cadáver de un blanco y detienen al negro que paseaba bajo la luna aquella noche.

El tipo blanco y sin edad, vestido con un traje de lino gris claro, hablaba recostado desde el catre de la celda. – No tenemos tiempo Walter. Mira al horizonte.

A lo alto de la loma, el perfil de una horca vibraba a consecuencia del viento que soplaba en las montañas.

- De acuerdo. Que la maldición caiga sobre sus cabezas y que el Señor me perdone.

El visitante de pelo engominado encendió un cigarrillo sin filtro mientras sonreía.

Después del primer alboroto, justo cuando la histeria colectiva nublaba las mentes, la luz y el silencio volvieron. El enmudecimiento de los ciudadanos al contemplar de nuevo el astro rey despidiendo luz y calor. Volver a la normalidad excitó los ánimos, motivó risas nerviosas, los comentarios sobre el milagro solar, las reacciones de cada uno. De súbito, se oyó cantar al reo. La alegría regresó a los corazones de buena voluntad, el reo al que iban a colgar en unas horas cantaba de nuevo.

Pocos fueron los que se quedaron allí, en Torotinto, atenazados por el terror de lo inconcebible. Las canciones del reo continuaron sonando sin descanso en la oscura celda, colmada de tristes versos musicales desde el día que aconteció el fenómeno astral. Una celda vacía de presos, Walter fue el último. Desapareció durante el eclipse. Nadie supo dar una explicación inteligente. Abandonaron el pueblo hasta convertirlo en esqueleto del páramo, la arena del desierto sepultó el secreto del Blues de Water.

casadelsolnacienteeduardblanco

Blues Blog/Ilustración Eduard Blanco

Nota Informativa

Noviembre 6, 2009 por eduard

El pasado 2 de Noviembre aconteció un misterioso suceso en el Blog. Fue Anne Fatosme, criminólaga del Departamento de Homicidios de la INTERPOL de Paris, quién destapó la trama. Descansaba en el sofá de mi despacho, no mayor que una caja de zapatos del 42, cuando recibí su llamada a cobro revertido. Efectivamente, después de contrastar la información, pude cerciorarme de que habían sustraído una de mis entradas.

Tal como se anunció en Sección de Relatos, se convirtió en humo poco más tarde.

Desconozco el propósito de tal acción, no era un relato de los acostumbrados, sobrados de salpicaduras de sangre y arriesgado por la posibilidad de alguna bala perdida. Trataba sobre el Alzheimer.

El título era preámbulo del acto. Memorias Rotas (http://eduardblanco.wordpress.com/2009/11/02/memorias-rotas/)

Apenas le di importancia, sin embargo, más por curiosidad que por investigar, seguí la pista de la entrada. Entonces en el tablero digital descubrí que la entrada no recibió ni recibía visitas. Las estadísticas me guiaron.

Memorias Rotas, comencé a darle vueltas al asunto, Memorias Rotas. El protagonista, afectado de Alzheimer, pasó por la vida sin pena ni gloria, sufriendo él mismo la maldición del olvido. Memorias Rotas.

No tengo ningún interés especial respecto al cuento, pero el enigma progresa en mi memoria. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Quién?

El destino ha vuelto a mostrarse cruel con sus hijos, apartando de la memoria colectiva la historia del pobre Andrés, la víctima principal del misterio y protagonista de su propia historia perdida.

Notifico también; ya que estamos, el reto propuesto por Anne Fantome y Teresa alias Chrieseli de escribir relatos, no en serio sino en serie, pero con un denominador común. La primera etapa se ha consumado con un notable éxito. A los tres se nos dio de muerte colgar un cuento donde apareciera un cadáver.

Creo haber descubierto el porque de lo ocurrido, pero ya colgué la Nota. Así que…

maria

La Rubia Platino de Blanca Palidez

Noviembre 4, 2009 por eduard

RubiaFatal

Sentada en la silla con las piernas extendidas parecía la sirena de cualquier monumento romano. Si bien, el pelo dorado y sedoso en contraste con el rojo del carmín, el perfil negro de los ojos y la blanca palidez la regresaban a la penumbra de mi despacho de detective.

La tarde caía y en el negocio no andaban las cosas como para escatimar los últimos rayos de sol que atravesaban las persianas. Teresa se encargó de encender las lámparas que aún iluminaban. De inmediato, una coreografía de sombras pintó las cuatro paredes con siluetas dilatadas.

¿Qué quería una dama de la zona alta de un detective como yo? El eterno argumento de una novela policíaca de bolsillo.

En la mesa me quedaba un teléfono, una vieja máquina de escribir y un cenicero de cristal, los últimos recuerdos de mi viaje de novios a París. Un cigarrillo manchado de pintura de labios se consumía en el cenicero, elevando un hilo de humo que partía en dos el rostro de la mujer.

- Decía usted que a través de un amigo de su marido que tiene un primo que vive en Chile, ha dado conmigo, pues dicho caballero le aportó sus mejores recomendaciones a razón de mi discreción profesional.

- Disculpe. Me dijo que era usted francesa. ¿Sabe que hice un viaje a París con mi esposa? El viaje de novios. Maravilloso país. Buenos vinos, buenos quesos.

La dama aplastó el cigarrillo contra el centro del cenicero, con la rabia de quien no consigue dejar el tabaco. Para a continuación encender otro.

- ¿Quiere una copa? La relajará. Hágame caso.

Llené los dos vasos que guardaba en el cajón para celebraciones y bautizos.

Roto el hielo, me atreví a mirarla desde una postura que aprendí en una película. El bueno doblaba sólo una pierna y abría los brazos para mostrar su torso, luego hablaba con voz pausada y grave.

Antes de abrir la boca me ofrecí un pequeño homenaje con dos copas más.

- Deduzco que si me ha encontrado a mí es porque antes no ha encontrado a ningún detective más desastroso y desgraciado. ¿Me equivoco? Usted, tan seductora, proponiéndome convertirse en mi pijama de saliva durante las noches de verano, como señuelo de algún mafioso que querrá ajustar cuentas con algún primo lejano. Tan fácil como repugnante liar al tonto al cual plantarán como sospechoso en el lugar que vayan a cometer el crimen.  Un plan perfecto, ya un poco gastado, si quiere mi opinión.

- Disculpe, dijo usted que se llamaba Anne. Anne qué más. Claro, mejor sin nombres. Aunque ustedes ya conocen el mío. Tampoco esto significa que esté interesado en el asunto. ¿Sabe? Esto huele mal desde el principio.

La mujer dejó el vaso en el filo de la mesa. Enseguida descubrí que lo hacía para ponerme nervioso. Eran dos vasos idénticos, empleados exclusivamente para reuniones muy especiales. Cruzó las piernas y la mesa soportó un leve golpecito con la punta del zapato rojo de tacón alto, el suficiente para provocar un diminuto temblor y un desequilibrio leve del vaso.

- No estoy interesado en sus asuntos Señorita, por muy loables que sean si no entendí mal – Quise hacerme el listillo – ¿Es su marido? No me importa, tiene razón. ¿Su jefe? Es por simple curiosidad – ¿Una amante?

La mujer rubia platino apoyó el bolso de piel negra justo al lado del vaso, metió las manos enguantadas con cuero blanco y sacó un talonario de cheques, devolvió el bolso al suelo y se mostró dispuesta a firmar cuántos ceros imaginara mi parte derecha de la mente, la cual seguía preocupada por la estabilidad del vaso.

- ¿Cuánto? Sólo tiene que pedir una cantidad. – Propuso con acento galo.

- No caeré en su trampa. Y lo siento porque es usted realmente guapa. Hubiéramos podido ser buenos amigos, créame, soy muy bueno.

- Pronunciar una cifra. 300.000, 400.000, ¿500.000?

Ni decir cabe que el número me causó ligeros mareos y una turbación pasajera.

- ¿Qué hay que hacer?

- Eliminar a un pájaro.

- Estoy escribiendo mi final.

- ¿Perdón?

Cigarrillo tras cigarrillo fue entrando en detalles. No se trataba de su marido sino de su amante, una muchacha de barrio bajo que sueña altos vuelos. El marido era un famoso fiscal en el punto más álgido de su carrera. La amante podría interferir en los planes de mejora social. Anne tomó otro trago, dejando el vaso sucio de carmín de nuevo en el borde de la mesa.

De hecho el plan era más maquiavélico, matar a la becaria resultaba arriesgado,  y apetitoso para un inspector del Departamento de Justicia. Habían decidido intimidarla a través de los sentimientos, asesinando a un padre que hacía años no veía, un policía corrupto, alcohólico y jugador. Eso sería el justo impacto que necesitaban.

Con los ojos habituados a la penumbra, ya pude contemplar los rasgos más acentuados.

Advertí la forma de examinarme de la mujer, una mirada fría y calculadora que no me agradó en absoluto.

- ¿Nos conocemos?

Ella simuló despertar de una ensoñación.

- No creo. Seguro que usted se acordaría, ¿Verdad? – Continuó.

- ¿Por qué dice usted eso? – Pregunté intrigado. – ¿Su fuente de información?

- Era policía antes, ¿No es cierto? ¿Le incomoda hablar del tema?

En una décima de segundo, la bella francesa dejó de gustarme.

- Le despidieron por apostar y beber, su mujer le pidió el divorcio, pero antes de dárselo murió en un trágico accidente. Que providencial. Tuvieron una hija ¿Verdad Teniente Mortimer? – Soltó mientras ojeaba un menudo reloj de oro.

- Es una puta al servicio de su amo. ¿Quién la envía? ¿El Diablo?

- No va equivocado Teniente. No señor.

En aquel instante la mujer se apartó unos pasos mirando hacia la ventana a contraluz, sin embargo sonó el teléfono y me agaché para coger el auricular. La bala pasó rozando mi espalda y terminó hiriendo de muerte a Anne. Teresa apareció para desmayarse con elegancia, el dorso de la mano derecha sobre la frente, la otra mano sujetando una silla y el desvanecimiento con las piernas juntas. Salvé el vaso en el momento de su caída, a un palmo del suelo.

- ¿Papá?

Se oyó a través del auricular.

calibre38

La Carretera del Cementerio

Noviembre 3, 2009 por eduard

CocheLocoDatar

Subía por la carretera del cementerio, el semáforo me detuvo justo en el cambio de rasante donde empieza el túnel.

Navegaba entre dos dimensiones, acababa de tomarme un café y fumado un cigarrillo, jugando con el dial de la radio, en busca de la emisora que me abriera los ojos a la realidad del día.

En el carril opuesto todo igual pero del revés, en dirección contraria a mi destino. A mi lado izquierdo ubiqué de soslayo los colores de los automóviles que esperaban para continuar. El vehículo que estaba justo delante del que tenía en paralelo, por alguna extraña razón, puso la marcha atrás y pisó el acelerador con una ligera presión, sin embargo la justa para golpear la parte delantera del coche de atrás sin causarle ni un rasguño.

Entonces mi mente halló la distracción que esperaba. Un tipo de altura media, tejanos y camiseta negra de mangas cortas, marcando de músculos y tatuajes, el pelo muy corto y un rostro señalado por una docena de pequeñas cicatrices. Con movimientos estudiados salió del coche, en el momento que cerró la puerta, un chiquillo de unos siete u ocho años apareció dando saltos en su interior, yendo a parar, de bote en bote, al asiento del conductor, las llaves colgadas en el salpicadero.

- ¿Qué haces tío?

Supongo que el conductor de delante lo vio llegar a través del retrovisor. Aproximarse a su altura marcando postura ante la fila que abarcaba su público.

- ¿Qué haces tío? – Un tipo que acaba de dejar a su hijo con las llaves del motor listas para arrancar el vehículo. Que ha detenido el tráfico en hora punta, particulares, autobuses, trabajadores, ambulancias. Se interpone en la actividad normal del día, va y pregunta:

- ¿Qué haces tío?

– ¿Por qué no sale nadie de ese coche que le arranque la cabeza de un puto mordisco?  ¿Alguien que le ensanche y desgarre las orejas estirando de ellas? Un cabrón más cabrón que el propio aludido. Un pedazo de hijo de puta capaz de estrellarlo contra el asiento de su coche, no sin antes retorcerle el pescuezo para mostrarle el lío que ha montado. Que, aprovechando la dilatación espiral del cuello, le meta la cabeza por el agujero del culo por haber dejado sólo al chiquillo mientras representaba su estúpido numerito.

Oigo a mi santa esposa diciéndome: ¡Tu ya habrías saltado!

Me oigo a mi mismo: ¿Cuándo voy a parar? ¿Es tu problema? Joder. Yo ya habría saltado. Cualquier día me matará un niño de estos. Oigo a mi santa: Cualquier día te matará un niño de estos. Me defiendo: Mira a ese mal nacido la que ha liado, mira la que le está liando al conductor de delante, el pobre desgraciado está completamente cagado, está tan a merced del gran cabrón que siquiera considera la opción de dar un acelerón y dejarlo atrás mientras le enseña el dedo del culo. El tráfico parado detrás de ellos hace sonar las bocinas.

Mis amigos siempre me aconsejan que no lea los periódicos. Me exaltó con la injusticia por nimia que ésta sea; si bien, más me exalto con la aquiescencia del ajeno.

Tengo que cambiar, no puedo continuar en este plan, la familia, el curro. No soy más que la sombra que un día proyecté ser. La caricatura de lo que un día fui. Pero ahora mismo, ese cabrón me alegraría el día si pudiera machacarle la cabeza.

De repente, el intimidado recibió mi onda telepática, con la ventaja del semáforo que avisaba del cambio a verde en el próximo cruce, aceleró asomando el dedo corazón y gritando su aullido de guerra. El pasmo del que se quedara paralizado en medio del asfalto, aumentó en nombre del Diablo, pues su propio automóvil reemprendió trayecto con el rostro y las manos del chiquillo adheridas como ventosas a la ventana de la puerta del conductor. Yo mismo supliqué a las fuerzas malignas un castigo más compasivo. El mal engendra el odio absurdo entre los hombres. Oí que decía una voz a través de la radio.

Era un cambio de rasante, una pendiente pronunciada. Lo dije antes.

La imagen del pobre cabrón corriendo desesperado detrás del coche se grabó en mi mente para el resto de mi vida. El semáforo cambiando de color, del verde al rojo, el coche avanzando hacia la corriente motorizada que comenzaba a circular.  El carril vacío, sin más vehículos que el del gran cabrón aumentando la velocidad.

SoldadoVM copia

Premio

Noviembre 2, 2009 por eduard

A mi me dieron un premio hace un tiempo. Pero no hice caso por si acaso era un engaño de algo. Con la propaganda ya está, te la pegan y ni te enteras.

PREMIO

Memorias Rotas

Noviembre 2, 2009 por eduard

Memoria Rota

Un viaje, que siendo largo, prometía ser increíble. Una panorámica nueva de tierras y campos nunca antes contemplados. Para Andrés, quien jamás salió del valle, representaba la aventura de su vida. Había sido llamado a filas, a formar parte del Glorioso Ejército Español y defender, con su vida, el honor de su Patria.

El reemplazo de Abril. Desde los vapores de un brumoso amanecer, tras reducir la marcha y hacer sonar el silbato, a las doce horas el convoy se detuvo en la Estación de León. Un jeep de la II Guerra Mundial escoltaba a un par de autocares del ejército. Los soldados de la VM (Vigilancia Militar) ordenaron a los reclutas descender al andén. Luego, los distribuyeron en filas de a dos.

Un Cabo Primero de la VM lo agarró del brazo por sorpresa. – Tira para la fila. – Le empujó señalando el grupo junto al primer autocar. – ¡Yo voy al Ferrol! – Voceó en alto Andrés, ignorante de la disciplina militar. El suboficial se volvió con los ojos camuflados bajo la sombra del casco blanco y las manos enguantadas en el dorso del cinturón. Inclinándose preguntó: – ¿Qué dijiste bulto?Andrés repitió sus palabras rebuscando en sus bolsillos hasta dar con el documento con el membrete del Águila Imperial, arrugado y sucio. – ¿Ve lo que yo le decía Mi Sargento? Aquí lo pone. Ferrol.- Aseguró con una verborrea atolondrada.

El Primero trincó el documento con violencia. Después de ojeralo lo estrelló contra el pecho de Andrés. – ¿Eres tonto o qué, bulto? Vas al Ferral con aquellos. – Señaló al grupo de reclutas que, tiritando de frío, esperaba a que el autocar abriera las puertas. – ¿No te enseñaron a leer en el pueblo, paleto?

SoldadoVM copiaEn los autocares los reclutas, unos por temor, otros por ingenuos, otros si acaso, iban echando monedas y billetes al interior del casco blanco.

El soldado se detuvo a la altura de Andrés, esperó unos segundos e hizo una mueca de incredulidad. – Joder con el bulto. – En ese momento subió el Primero de marras y ordenó partir al conductor. El motor comenzó a temblar. Andrés grito con todas sus fuerzas: ¡Yo voy al Ferrol!

- ¡Carallo con el bulto! – Exclamó el Primero al reconocerlo desde el otro extremo.

Pasaron los años. Muchos. Andrés ya parecía no pertenecer a este mundo. De hecho, estaba en él a medias, pues el destino le dio un varapalo inesperado. Después de una sacrificada vida de trabajo, una enfermedad neurodegenerativa devoraba sus neuronas, despojándole de la única memoria que poseía. Tenía 52 años y un cruel diagnóstico: Alzheimer.

Una tarde de Octubre no necesito bajar a la calle, bastó la escalera. Le encontró la pareja del ático delante de su puerta. No logró expresar su congoja más que con un lío de palabras descosidas con lágrimas resbalando por las grietas rasgadas de una piel mustia. Por prudencia y bajo el efecto del susto, los familiares decidieron trasladarle hasta las Urgencias del Hospital de Sant Pau.

ATESEAllí, le cambiaron sus ropas por una bata abierta por detrás, desde la cual le asomaba el culo. Luego lo emplazaron a la camilla de uno de los boxes. El sistema se ejecutaba siguiendo el protocolo clínico. Una vez instalado Andrés, indicaron a los parientes a esperar en la sala.

Pronto obvió Andrés dónde y por qué. El entorno clínico alrededor lo turbó. El catéter adherido al brazo y un termómetro olvidado entre las sabanas. Sintió una soledad infinita en aquel pequeño habitáculo.

La llegada de ambulancias con los despedazados heridos de un accidente de tráfico acaparó la atención del equipo médico. Andrés se cruzó con los camilleros camino a la entrada de Urgencias. Pasó entre el grupo de curiosos y salió al bullicio de la calle. Caminando despacio dejó atrás al hospital. En bata y con el trasero al aire.

La patrulla lo localizó tres horas más tarde en el Arco del Triunfo. Tan metido en sí mismo, que hizo caso omiso a la fragorosa acción de sirena y luces.

- Viejo Cabrón. Voy a tener que bajar. – Dijo el agente que no conducía. – Será un anciano perdido. – Apuntó el novato. – Vaya con cuidado, no le provoque un infarto.

- ¡Eh! – El policía se acercó con pasos chulescos. – ¿Adónde va usted, caballero? – Le preguntó situándose delante e interfiriéndole el paso. Andrés se detuvo.

El agente lo repasó con la vista, enseguida distinguió la bata, deduciendo que habría huido de algún geriátrico u hospital. Lo invitó a seguirle hasta el coche. Lo encajó detrás y le echó una manta sucia.

-¿Cómo se llama? ¿Dónde vive usted? – Le preguntó en un tono elevado.

Andrés miró al policía advertido por una curiosidad extraña.

- Déjame a mí. – Pidió el conductor, joven y opuesto a los métodos del veterano. – Señor, escuche. Sus hijos estarán preocupados si no saben dónde está usted. ¿Sabe algún número de teléfono?

El pobre Andrés sonrió con pena mientras se frotaba el lado izquierdo del cuello.

- Abuelo, mírame aquí – Dijo el otro llevándose dos dedos hasta cada uno de los ojos – ¿Qué hospital? ¿Sant Pau, el Clínico, La Cruz Roja? ¿Por dónde llegó?Así no dirá nada. – Manifestó el conductor. – Tendremos que informar a la Central y que contacten con Asistencia Social.

- Viene del Hospital Clínico.

- ¿Cómo?… ¿Y por qué?

- Por la inclinación de las calles y la iluminación, joder.

Sale del hospital y no va hacia el norte porque el suelo hace subida. Inducido por la pendiente, se deja llevar por su propio peso. – Hizo una pausa y sentenció – Por pura inercia colega.

- Informaré a la central – Dijo el compañero. La mano sobre el auricular de la radio.

- Espera. Te lo demostraré. – Se giró alzando la voz. – ¡Abuelo!, ¿Conoce el Clínico?

Claro se acordaba del Clínico. Existía una estación de metro con el mismo nombre.

- Si. Lo conozco. – Los agentes se miraron perplejos.

El conductor, lo observó a través del espejo retrovisor. – ¿Ves? Se escapó del Clínico.

- Eso no prueba nada.

- El viejo no sabe dónde está. Pero recuerda el hospital.

A punto de arrancar, justo en el segundo que Andrés habló, la llave, entre los dedos, no llegó a realizar el giro completo.

- Sant Pau. – Dijo.

- Manda carallo. – Exclamó el veterano sacudiendo la cabeza.

En un viaje virtual, la memoria rota de Andrés recuperó el perfil del policía, encajado bajo un casco blanco con letras negras impresas VM.

Por culpa de aquel Primero llegó con dos días de retraso al Ferrol. Porque el suboficial de la VM, enorme, tozudo, y paleto como pocos, se emperró en llevarle la contraria.

- Sant Pau. – Repitió.

Urgencias. Hospital Clinico.” El coche patrulla estacionó entre ambulancias, taxis y demás vehículos de emergencias.

- Ya estamos aquí. – Anunció el joven agente, resignado y poco convencido, dando el último volantazo tras cruzar la barrera de control. – ¡Yo voy al Ferrol! – Declaró Andrés claro y fuerte.

El policía veterano se giró con los ojos como platos de sopa fría y la boca abierta a la imbecilidad.

- Manda Carallo. Sí es el bulto.

Trecera Edad

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