Ilustración EBlanco
El suelo estaba alfombrado de flores silvestres, adherentes al caminar sobre ellas, cuando por algún motivo biológico desprendían un olor dulzón y denso. Cada anochecer el viento revolvía la hojarasca, amontonando las hojas maduras contra la arcada enrejada que emergía del subsuelo.
Entonces el reo se asomaba con el rostro cuadriculado por las sombras de los barrotes que originaba la luz de la luna, un rostro imperturbable, el blanco de las córneas relampagueando desde la oscuridad, la silueta inmóvil durante el par de horas en las cuales permanecía en trance mirando al vacío.
Al principio, en los escasos intentos por asomarse para sentir el sol del día, fue apedreado por los chiquillos zarrapastrosos en busca de diversión, los hombres sentados en la valla de enfrente ejercían de testigos mientras mascaban y escupían tabaco.
Tras los barrotes de hierro estaba él. En una celda común, cuyas paredes descubrían las huellas de manos sucias, de fechas, de nombres, de mensajes, de frases obscenas, garrapateadas y arañadas.
El reo, durante el día, se apoyaba al lado de la arcada más sombreado y cantaba al
haz de luz que se reflejaba en el flanco contrario. En una primera instancia, los transeúntes le respondían con insultos y se reían a su costa. “¡Canta ahora que puedes! ¡¿Ya sientes el calor de las llamas del infierno?! ¡Parece que están degollando al gato! ¡Compón una canción dedicada a la soga!
A las pocas semanas, la gente se detenía a escucharlo, recaderos con cestas de reparto, vendedores ambulantes, mujeres apresuradas por llegar a la única tienda del pueblo, borrachos y holgazanes. Los viejos traían su propia silla para recostarse mientras disfrutaban de la música.
El reo no volvió a asomarse desde que fue atacado por la lluvia de piedras, vivía ignorando lo qué sucedía en el exterior. La gente andaba cerca, les oía transitar en el crujir de las hojas viejas, sin embargo no les escuchaba hablar, a veces murmurar. Un silencio agradable, pensó Walter.
Podía ojear de soslayo los zapatos de los transeúntes que pasaban cerca, los calcetines, la raya en las medias de las mujeres y hasta los pies desnudos de algún chiquillo desatendido.
A pesar de la llegada de Octubre, al mediodía aún acusaba el calor. Esta providencia era aprovechada por las hermanas Wilson para vender limonada fresca. Un negocio que les aportaba beneficios a cambio de duros sacrificios, recoger los limones del árbol, transportarlos en cestas de mimbre sobre la cabeza, exprimirlos, picar el hielo, construir un toldo con harapos, y por fin, convencer a los viandantes para que lo bebieran a cinco centavos el vaso.
Su voz enardecía el blues, incluso simulaba el sonido de algunos instrumentos de viento contrayendo los labios y soplando entre las manos ahuecadas. Canciones espontáneas, con letras sencillas y mucho dolor concentrado.
Conquistaba la mañana con sus composiciones, sus notas estremecían a quienes lo escuchaban, con sus letras se identificaban los amos de cientos de oídos. Las estrofas versaban sobre gente vulgar con problemas ordinarios. Algunas mujeres debían ocultar su rostro para disimular el llanto. Canciones que hablaban de los negros, de la esclavitud, del algodón, de las relaciones matrimoniales, de las huidas de los amantes, de la evasión de los fugitivos.
Walter era un negro corpulento y rebelde con una mirada retadora. Si bien nunca en la vida había hecho daño a nadie, había sido un negro honrado y había cumplido con las normas del amo blanco.
Cada medianoche el reo clavaba sus ojos en la oscuridad, con las manos asidas a los barrotes y el espíritu en trance. Desde la oscuridad le respondían grillos y ranas, búhos y algún coyote hambriento.
Con la entrada del Otoño llegó la víspera de la ejecución. En cuanto amaneció, Walter observó el frío rocío encima de las hojas caducas, habían cambiado de estación, observó. Aquel día el reo no cantó. Nunca antes percibió tal silencio del exterior, aunque ello ya no le importaba, sólo le quedaban unas horas para el juicio final.
Al mediodía sucedió algo extraordinario, al menos para los habitantes de Torotinto. A la espera de lo inevitable, mientras yacían anhelando las notas del preso, encogidos a causa del descenso de la temperatura y hasta arrepentidos de sus declaraciones ante el Juez, fueron testigos de excepción del fenómeno cósmico. El sol se apagó ante sus perplejas narices. Ni los más viejos del lugar escucharon jamás de semejante acontecimiento, el cual interpretaron como una advertencia por parte del Señor.
Para el reo sólo significó un espacio relativo del tiempo, fiel a sus costumbres, se aproximó a la arcada enrejada y con sus manos, grandes y curtidas por el trabajo duro, agarró los barrotes. Permaneció quieto, los ojos infiltrados en la oscuridad, como cada noche.
- ¿Te gustaría robarles el alma? Ellos no fueron piadosos con tu sentencia. Siempre has sido un hombre bueno Walter: Mira cómo te han pagado. Aparece el cadáver de un blanco y detienen al negro que paseaba bajo la luna aquella noche.
El tipo blanco y sin edad, vestido con un traje de lino gris claro, hablaba recostado desde el catre de la celda. – No tenemos tiempo Walter. Mira al horizonte.
A lo alto de la loma, el perfil de una horca vibraba a consecuencia del viento que soplaba en las montañas.
- De acuerdo. Que la maldición caiga sobre sus cabezas y que el Señor me perdone.
El visitante de pelo engominado encendió un cigarrillo sin filtro mientras sonreía.
Después del primer alboroto, justo cuando la histeria colectiva nublaba las mentes, la luz y el silencio volvieron. El enmudecimiento de los ciudadanos al contemplar de nuevo el astro rey despidiendo luz y calor. Volver a la normalidad excitó los ánimos, motivó risas nerviosas, los comentarios sobre el milagro solar, las reacciones de cada uno. De súbito, se oyó cantar al reo. La alegría regresó a los corazones de buena voluntad, el reo al que iban a colgar en unas horas cantaba de nuevo.
Pocos fueron los que se quedaron allí, en Torotinto, atenazados por el terror de lo inconcebible. Las canciones del reo continuaron sonando sin descanso en la oscura celda, colmada de tristes versos musicales desde el día que aconteció el fenómeno astral. Una celda vacía de presos, Walter fue el último. Desapareció durante el eclipse. Nadie supo dar una explicación inteligente. Abandonaron el pueblo hasta convertirlo en esqueleto del páramo, la arena del desierto sepultó el secreto del Blues de Water.

Blues Blog/Ilustración Eduard Blanco






En los autocares los reclutas, unos por temor, otros por ingenuos, otros si acaso, iban echando monedas y billetes al interior del casco blanco.


