- Uno de los relatos cuya entrada más satisfacción me ha dado. Es un capítulo de un manuscrito que trata sobre el efecto de la guerra en los niños.
- Relatos ambientados en distintas confrontaciones del planeta, en todos y cada uno de esos lugares donde tantos inocentes sufren los daños colaterales del progreso.

Regresé al mundo en 1.999, a un lugar sagrado para mis progenitores y hermanos; aunque fatal.
Mis recuerdos se remontan a la solana de un patio abandonado, una cabra vieja, blanca y negra, atada a una estaca, y la obligación de aprender un versículo del Corán a diario. Tarea de la que se ocupaba mi padre personalmente; a golpe de vara al vuelo de mis distracciones.
Vivíamos en una aldea al fondo de una ladera desértica, donde soldados hebreos, diseminados como matas de mala hierba, imponían los controles de Israel por carreteras, caminos y senderos.
Mi padre, Mohamed, era la autoridad inmediata que yo debía respetar. Primero, porque lo mandaba Mahoma, instrumento de Dios; segundo, por ser uno de sus siete hijos.
Una mañana, un grupo de mujeres trajeron a mi madre en volandas, alabando a gritos el paraíso de los mártires, chillando el nombre del mayor de mis hermanos, Walid, alzando los brazos hacia el cielo, con los sentidos cegados por la locura.
Llegaron vecinos que jamás vi antes. Aparecieron oradores de todos los rincones. Y de la nada, por la gracia de Alá, un numeroso grupo de insurgentes, ataviados con pañuelos triangulares ceñidos con un cordón de fieltro alrededor de la cabeza, prendas de vestir modernas, cintos provistos de munición y rifles Kalashnikov.
Como si les llevara el Diablo, vaciaron mi casa de muebles y enseres. Trasladaron a mi abuelo paralítico hasta una camioneta cargada de picos, palas y sacos. Los hombres armados se situaron en enclaves precisos, comunicándose entre ellos por radio o gestos.
Por capricho del azar, fui a parar junto a mis hermanos y primos, al lado del viejo Mercedes cruzado en diagonal a medio camino del único pozo del pueblo.
Uno de los rebeldes apostado sobre la duna, ejecutó varios disparos al aire al descubrir en el horizonte una estela de polvo crecer.
Los otros, contagiados por una especie de fervor místico, dispararon contra el cielo con los fusiles de asalto. Mi madre cayó de rodillas, siendo imitada por el resto de mujeres que chillaban con ella. Asomando lágrimas desde sus ojos clandestinos, detrás del Shador que velaba los rostros.
El Todoterreno 4×4 aparecido de una nube de polvo del desierto, rodeó la casa y frenó en la parte trasera. Vi a mi padre saliendo del vehículo, seguido por los leales a la Yihad. Parte del núcleo duro de la resistencia.
Ataviado con los pantalones beduinos (Sirwal); una amplia túnica debajo del chaleco de piel y botas de caña alta.
El fanatismo del liderazgo intelectual enfermó sus sentidos, habiendo enviado al mayor de sus hijos a cumplir una misión sagrada con el paraíso como el mejor de los regalos divinos; el infierno nos lo dejaban a los que quedábamos vivos.
Dando un ejemplo simbólico del sacrificio por la Guerra Santa, ebrio de fundamentalismo islámico y desquiciado por las históricas injusticias de los judíos, inmolaba sangre de su sangre a favor de la causa.
Preso de un destino marcado, las cosas se torcieron para su mal. La venganza apenas demoró en apostar con más muertos sobre la mesa.
El misil lanzado desde un helicóptero Apache no acertó el objetivo móvil. Se desvió, apenas diez centímetros, impactando de lleno contra el capó del 4×4, produciendo un tremendo estallido que detuvo el tiempo antes de arrasar con todo en derredor. Casas de barro y caña desmoronándose en medio de un festival de bolas de fuego, originando un terrorífico desastre, visible desde el mismo Jerusalén.
Corrí sin saber hacia dónde, apartando con las manos jirones de piel y pedazos de ropa quemada como sí me defendiera de un ataque de mosquitos. Perseguía un aliento de vida cuando, de entre el polvo de la explosión, vi descender algo desde el cielo. Como un balón de fútbol; la cabeza despiezada de mi padre, cayó rodando hasta mis pies chamuscados y desnudos.
Furioso, me senté cruzando las piernas delante del sorprendido rostro del Gran Mohamed. Observé la predominante nariz aguileña descarnada, la espesa barba chamuscada, el Hatta echando humo con el Agal colgando, las pupilas dilatadas en el centro de los ojos enrojecidos como naranjas partidas.
– ¿Es esto el paraíso? – Pregunté olvidando el respeto debido. – ¿Esto es lo que ansiabas? ¿Mandarnos juntos al Edén? No tenías suficiente con azotar nuestros traseros para que memorizáramos el Corán. Tuviste que emular a David contra Goliat. En nombre de Alá que pocas anécdotas más patéticas registrará la historia del pueblo árabe.
– Reza Yacub. – Dijo mi padre. – Reza.
– Pareces a una pelota de fútbol.
– A veces el destino nos golpea como un camello ciego.
Harto de metáforas, reincorporado con un ágil brinco. Miré la cabeza por última vez. Retrocedí unos pasos para coger carrerilla, preparándome para dar el puntapié más potente de mi carrera deportiva.
– ¿Qué vas a hacer Yacub?
Tal y como la cabeza de mi padre iba empequeñeciendo en la distancia, compuse una voltereta empleada para empujarme, a la carrera, de brazos abiertos y gritando gol, gol, gol. Dando vueltas en círculo con los brazos en cruz, entre los miembros desperdigados de mis parientes.

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Junio 20, 2009 a las 5:21 pm
Me parece que sentimos la misma empatía hacia los niños maltratados por la guerra, entre otras cosas.