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EL HOMBRE DEL SACO

EL HOMBRE DEL SACO

EL HOMBRE DEL SACO

De mi infancia guardo los recuerdos de un panorama en blanco y negro, enmascarado de miserias, miedos y mucha hambre. Menciono el pasaje para justificar el asesinato de mis padres, un caso abierto, todavía por resolver.

Dicen que el culpable siempre regresa al lugar del crimen, que el crimen siempre paga o que no existe el crimen perfecto. Nada más genuinamente falso. Podría entrar en detalles desmitificadores, sin embargo ello me desviaría del verdadero objeto de mi revelación. Volvamos pues a nuestra historia.

A raíz de aquella obtusa operación, compuse mis primeras andanzas por la senda del mal. Reconozco lo complejo del asunto y asumo mi responsabilidad como autor de unos hechos todavía por demostrar.

Vivíamos en los suburbios limítrofes de la ciudad; un paisaje distinto al de donde años después se construirían urbanizaciones de lujo para acomodo de familias con un apellido bien español. Si bien a priori fueron edificaciones de protección oficial, pisos construidos con mano barata para pluriempleados exentos de vida social.

El acceder a uno de ellos, representó la segunda ocasión en que la fortuna sonreía a padre, (La primera fue cuando conoció a mamá) Todavía con la red eléctrica por instalar, las paredes por decorar, el suelo por nivelar. A más, teníamos techo sin goteras, ventanas y puertas con cerrojo.

Es dato contrastado que durante el tiempo que existió el chabolismo fuera combatido por el gobierno, si bien con un importante vacío legal. El decretazo prohibía terminantemente la construcción de chabolas dentro del territorio español. Las Fuerzas del Estado tenían orden de impedir a los inmigrantes colocar un triste ladrillo durante el día, si fuera menester disuadirlos por la fuerza. Ninguna exhortación sobre la construcción con agravante de nocturnidad fue discutida. Entendiendo la imposibilidad de crear un hogar como manda Dios y el Estado en una sola noche.

Los agentes de la Benemérita y de la Policía Nacional intentaron en vano controlar el flujo masivo de la gente huida de los bombardeos, del rugir de la aviación, del mordisco de las explosiones, de la ruina, del hambre y del Caudillo.

Llegados a lomos de burras viejas, a pie y en carros, con criaturas en ayuno, hombres con el hatillo al hombro, con su pasado colgando del final de la vara del avellano, emperrados en encontrar una oportunidad, un empleo con el cual salir adelante, alimentar a los niños, un lugar donde morar, un contacto para cruzar los Pirineos y huir a Francia.

Por de pronto, unas pocas chabolas se asentaban alrededor del núcleo urbano más poblado, levantadas bajo la clandestinidad de la noche, contra la voluntad de la influyente burguesía catalana, según rezaron los periódicos de la época.

La ley de ordenamiento urbano no homologaba la propiedad de las chabolas, habiéndose pronunciado únicamente sobre el asunto de la edificación, en consecuencia, existía un vacío favorable a los ciudadanos que demostraran, ante Notario que la propiedad les pertenecía por ley. Los inmigrantes se organizaron para erguir las viviendas en una noche, carpinteros, pintores, albañiles, hombres, mujeres y niños, logrando, gracias al esfuerzo común, que al alba brotaran tantos hogares como flores silvestres en primavera.  En los ayuntamientos apenas lograban identificar el censo, mientras la comunidad, crecía y crecía día tras día.

Xavier Miserachs

Barcelona 1962/Foto: Xavier Miserachs

Llegados del sur, del este, del oeste. Éxodos inevitables. Del mismo modo, la historia nos enseña que los éxodos masivos son inevitablemente expuestos a cargar con infames, putas al servicio de populares necesidades, bebedores de aguardiente, ladrones, pillos,  criminales que apestan la tierra a cada paso, escapando de su incógnito pasado, en dirección a un futuro incierto.

La memoria me traslada al final de la guerra perdida bajo el yugo fascista, a través de la ventana por donde racionalicé mis primeras reflexiones sobre la estupidez humana, contemplando una ciudad, ayer devastada por la destrucción, hoy en fase de reconstrucción.

Respirando un entorno tiránico. Habitantes amedrentados bajo los preceptos de un sistema que prohibía la reagrupación de cuatro individuos en la vía pública como medida preventiva contra las conspiraciones políticas, lo cual motivaba a los ciudadanos de a pie  a caminar en solitario, deprisa, sumisos y cargados de resignación.

Todo ello formó parte de mi universo infantil; mi calle, una vía transitada por cargados carromatos anunciados por el estridente trotar de burros y caballos de tiro, revolucionada por las bocinas de los primeros automóviles, por el agudo griterío de los niños, por las voces de afiladores, chatarreros y traperos, las vecinas tendiendo en los balcones mientras cantaban canciones de amor, por un sinfín de pobres mendigando por un mendrugo. Pasajes de posguerra, restos de lo que pudo haber sido y no fue, zonas en ruina idóneas para esconderse, correr, saltar y jugar a pillar.

Detrás de los edificios en obras que construían frente a nuestro piso, se perfilaba la cima del Carmelo, la falda del cerro renacía alentada por el fecundo germinar de las chabolas y el salpicado de paredes y tejados de diferentes colores.

La conjugación topográfica del distrito y la evolución del proceso urbano, dieron como resultado, en una primera instancia, una morfología territorial fragmentada y dispersa.

Durante la noche, el cerro, antiguamente conocido como el cerro de Mora, adquiría otra dimensión, tal un monstruo que espiaba la ciudad cuando dormía. Desde mi cama poseía una panorámica inmejorable, la cual me permitía ver, casi por entero, la eminencia topológica tachonada por cientos de tenues lucecitas, cientos de iluminadas luciérnagas, las cuales no eran más que las fogatas de sus habitantes. Lo vigilaba imaginando qué tramarían en ese instante sus ávidos saqueadores, seguramente un plan para secuestrar niños, para luego devorarlos.

Las habladurías, mezcladas con la rumorología popular, exageradas por todos y cada uno de nosotros, corrían como chispa en mecha.

Nuestros padres aprovecharon estas leyendas urbanas para persuadirnos hacia la obediencia. ¿Cómo olvidar la más recurrida? La del terrible Hombre del Saco.

Dado el gran número de individuos que circulaban cargados con un hatillo colgado de una vara al hombro, cualquier desgraciado al que descubríamos con un saco a las espaldas era identificado, de modo automático, como el Hombre del Saco.

Si bien, no por eso resultó menos cierta la proliferación de la delincuencia engendrada por el fenómeno. El robo de bicicletas y ciclomotores aumentó considerablemente, clanes gitanos se disputaron mercados y mercadillos, pilluelos a la zaga del descuido, putas primerizas apresurando el paso a obreros más mozos, el recurrido contrabando de tabaco americano, la leche en polvo y otros productos de primera necesidad. Un repertorio de buscavidas lógicos e inevitables caídos en campo contrario, desterrados, abandonados a su suerte y acosados por un régimen que ni entienden. Apóstatas (Castigados por la ley a causa del conjunto de normas jurídicas que regulan la Iglesia Católica: Código de Derecho Canónico, desde 1.917 hasta la reforma de Juan Pablo II en 1983), ateos, apolíticos, agnósticos.

Los chavales del barrio no desperdiciábamos las ocasiones en que esos pillos cruzaban la calle, a la caza de palomas o ratas, limosneando con arrogante analfabetismo y asustando a las viejas. Gitanos, quinquilleros, mercheros y payos sucios y mal vestidos, despojados de decoro alguno, barbudos durmiendo en nuestros portales, mujerzuelas escupiendo maldiciones contra las miradas de soslayo, chiquillos mugrientos en busca de bulla como famélicos gallos de pelea abandonados por sus antiguos amos.

Este era el mundo que se revelaba desde el alfeizar de mi ventana. El sueño de cualquier niño que se preciara de serlo, híbrido de realidad y fantasía, tentador a causa de los peligros colaterales, por el obsesivo deseo de ver las carnes de las mujeres de alquiler, lejos de las tiránicas normas sociales, tan ligadas a mi infancia.

Por fortuna, cuando atardecía, los niños del barrio regresábamos a nuestros hogares, que aún siendo humildes eran, ante todo, nuestros, ignorando como ignorábamos las diferentes problemáticas sociales. Después de haber apedreado a un gitanillo por batir pichones, seguido a un borrachín mientras nos burlábamos de su estado, jugado al balón en el descampado, perseguido a las niñas para tocarles el trasero y viajar, colgados de la parte trasera del tranvía, hasta el límite de nuestro territorio, a la vuelta siempre nos esperó mamá con el plato en la mesa.

La Mala Suerte

La Mala Suerte

Mi padre no hablaba, o mejor dicho, hablaba con la mirada, con unos ojos que herían como cuchillos. Quebrado por la guerra y sus conjuntos, lo llevaba escrito en el rostro pétreo, de una seriedad extrema y ensombrecida por el rictus de sus cejas ceñudas. Tampoco es que nunca dijera nada, exactamente no hablaba conmigo. Jamás lo hizo, me castigaba con la mirada y un dedo de callosas falanges, con dichos gestos yo comprendía dónde debía encerrarme hasta nuevo aviso. En la vida me puso la mano encima, por lo cual creí descubrir, pasados los años, la razón de su conducta. Vivió saturado de barbarie y violencia, pagó con prisión sus sueños de libertad, fue torturado y condenado a morir fusilado en tres ocasiones, en las tres se salvó por un número, puesto que los fusilamientos se ejecutaban en tandas de 10, respetando los turnos, en las tres ocasiones lo apartaron por sobrar, el maldito número 11 significó su salvoconducto. Experimentar por tres veces la certeza de morir bajo el fuego del pelotón de fusilamiento le trastornó sentidos y emociones. Consiguió fugarse del Penal, no obstante, lo atraparon en Madrid, después de que un tren de mercancías casi le arrollara, entonces lo encerraron en un Campo de Concentración nacional en Valladolid, allí pasó seis meses hasta volver a escapar, luego de huir por medio país sufriendo persecución, hambre y sed, se alistó, por segunda vez, al ejército republicano por comer caliente, participando en fragorosas contiendas antes de cruzar la frontera francesa. Al terminar la guerra regresó a su pueblo de Granada, donde tan sólo encontró viejas lloronas rezando sobre las tumbas. Entonces decidió probar suerte en Barcelona, al segundo día de su llegada conoció a mi madre en una cola de racionamiento, ambos se habían quedado solos, ambos eran del sur, ambos se necesitaron de forma inminente.

La familia de mamá vivía acogida en un pueblo en las afueras de la Ciudad Condal. Mi abuelo pensó que los alrededores de Barcelona serían zona relativamente segura, mamá era muy joven, muy guapa y alta para su edad, iluminada por unos enormes ojos del color de la aceituna negra, de piel morena y sedosa melena azabache, una belleza envidiada por el resto de vecinas. También muy trabajadora y humilde, analfabeta, pero muy lista. Perdió a los suyos en uno de los dos únicos bombardeos llevados a cabo por la aviación italiana de Mussolini en el pueblo. En el momento de la explosión, ella jugaba en la casa de una vecina viuda con niños, a dos manzanas de la suya. Oyeron la estridencia y sintieron los temblores. Al llegar, extenuada por la carrera y aterrada por las detonaciones de las bombas que seguían cayendo, encontró a su familia sepultada bajo un raudal de escombros devorado por las llamas, asumiendo de inmediato lo sola que se había quedado en el mundo. Tenía trece años. Hasta que encontró a papá, sobrevivió de limosnera y durmiendo a escondidas donde la noche la sorprendiese.

Mamá me arropaba por las noches, en ocasiones me cantaba alguna canción de cuando ella era niña, fábulas heredadas o relatos con los que la maledicencia rizaba el rizo. Cuando apagaba la luz, desde la puerta, me recordaba la obligación de rezar, al menos un Padre Nuestro, y confesar mis pecados al de allá arriba.

Guardia Civil

Guardia Civil

Supongo que fui algo travieso a proporción de las veces que acabé castigado. Papá pasaba el día fuera, trabajando en la obra. Mamá hacía la compra y la casa antes de ponerse a coser patrones por horas. La vecina de enfrente se ocupaba de llevarme y traerme del colegio. Llegadas las vacaciones de verano, a merced de que nuestros padres vivían ocupados en sus labores, los niños nos zafábamos del menor asomo de autoridad. El día entero en la calle, corriendo sin parar, indagando, importunando, curioseando.

No nos podían castigar sin televisión porque no la teníamos todavía y los programas de radio, controlados por el régimen, no emitían precisamente programas infantiles, tampoco sin postre pues ignorábamos ese extraordinario final gastronómico, ni sin cine, ni sin refrescos ni cosas parecidas; únicamente podían azotarnos o encerrarnos en cuartos oscuros en compañía de infectos roedores u obligarnos a acostarnos sin cenar a la caída del sol.

Nuestros progenitores querían que sus hijos fueran los más obedientes, educados y honrados, al precio que terciara. La mayoría tenía en común haber sufrido algún mal secundario originado por la guerra, habían visto y sentido la sangrienta ofensiva a corta distancia y por naturaleza luchaban para darnos una mejor vida. Sin olvidar el gobierno, cuyos políticos dictaban las leyes, déspotas y opresoras, en colegios, parroquias y fiestas que guardar.

No cabía duda, nos querían, me querían, y si tuviese remordimientos, yo mismo confesaría cuanto nos quisimos y les quise.

La vida da sorpresas, así lo concibo y así debe ser y la experiencia me advierte que así será. No existe lógica en las decisiones de los actos humanos. Solamente fui un instrumento de los caprichos del destino, cuyo poder dirigió mis pasos.

Rememoro con inmenso cariño a mi madre arropándome en la cama, susurrándome palabras de amorosa comprensión, durmiéndome cada ocaso con su divino olor entre las sábanas, el calor de sus besos en mis mejillas, en mis ojos, mi frente, mi boca, su querer desmedido, mi amor incalculable.

A veces jugábamos antes de dormir, otras veces no quería dormirme sin jugar, entonces mamá, inconscientemente, influenció en la convergencia maquiavélica de nuestros destinos. Comenzó con distraídas advertencias y continuó insistiendo con las historias del Hombre del Saco; con todo pudieron haber sido sobre la Momia, Drácula, Frankenstein o el mismísimo Dictador (Puestos a dar miedo); pero no. No es que los niños fuéramos tontos, éramos niños y los niños aprenden lo que les enseñan, les dicen, les cuentan, si les aseguran que llegan los Reyes Magos, ¿Por qué no van a creerlo? Si les afirman que viene el Hombre del Saco, carecen de razones para dudarlo, son niños, esponjas mentales desvalidas ante la mentira adulta; jamás ingenuos, aunque crédulos e inocentes por derecho. Yo siempre creí a mamá.

Ella era lo último que mis ojos registraban a diario, cerraba los párpados con su rostro retenido en la memoria, confiado en su vela durante mi entrada al país de los sueños. Las pocas veces que recé, pedí por ella, para que fuera feliz con papá, y para que papá volviera a sonreír algún día.

Lo impredecible aconteció sin avisar, de súbito improviso. Ocurrió una de las noches que me acosté castigado por no recuerdo qué, sin embargo recuerdo que estaba especialmente excitado y me negaba a dormir a pesar de la insistencia de mamá.

- Duérmete o vendrá el Hombre del Saco y te llevará con él.

Men-con-saco Creía en aquel malvado, sin embargo, también me sentía seguro en casa y creía, a pies juntillas, que mamá jamás dejaría que nadie me raptara para devorarme, antes deberían pasar por encima de su cadáver. Por esa razón le perdí algo de respeto al maligno y gané más de picardía. Aquel anochecer conseguí enfadar de veras a mamá, agotada de trabajar y desesperada por dormir unas horas, si bien yo sólo era un mocoso egoísta y tozudo empeñado en divertirme. Al no cambiar de conducta, mamá apagó la luz y se marchó olvidando echar las cortinas.

Entre sombras y oscuridad, el monte Carmelo se encuadró en la ventana, fue lo último que vi antes de rendir mis párpados al sueño. A las pocas horas un ruido extraño me despertó. Después de frotarme los ojos observé que el Carmelo estaba cubierto de nieblas, otorgando al monte un aire tenebroso y fantasmal. Tuve el convencimiento de que los criminales más peligrosos rondaban las calles del barrio guarecidos por las penumbras, en callejones y portales, a la espera del mínimo descuido.

Un segundo ruido alertó mis sentidos, sufrí un ataque de miedo e introduciéndome hasta el final de las sábanas, resté hecho un bolillo e inmóvil un buen rato.

Me volvía a dormir cuando oí, de nuevo, los extraños ecos llegados del pasillo, más allá de la puerta de mi cuarto, medio abierta. Agudizando los oídos todavía quedé más perplejo, no reconocer por el sonido lo que podía suceder detrás del umbral, turbó mi sentido de la intuición.

Arrastrando el cuerpo hasta la puerta, logré acercarme lo suficiente para cerrar. Sin embargo, en el último segundo, pensé en la integridad de mamá y papá, tal vez estuviesen en peligro, lo que me obligaba, por mi condición de hijo único, a acudir en su auxilio. Sentí el deber. Sin despegarme del piso, repté por el pasillo, el ruidoso murmullo se tornó rítmicamente más intenso, escuché las súplicas de mamá y los quejidos de papá. Con cuidado de no ser descubierto y, cerrando los ojos, corrí agachado hasta la cocina pensando que me iba a estallar el corazón, creyéndome perdido a causa del volumen de mis palpitaciones. Tenía que actuar con rapidez y sigilo, abrí el cajón de los cubiertos y agarré el cuchillo del pan.

Una vez armado, ignorando porqué, me sentí más seguro. Mi mente infantil analizó varias teorías sobre lo que sucedía, la más viable era la del Hombre del Saco. Entró en casa a por mí, pero antes quiso deshacerse de los testigos molestos, siendo como era un astuto asesino.

Volví al pasillo, el cual se me apareció como un túnel sin fin, en la puerta del dormitorio de mis padres me pareció vislumbrar la sombra dilatada del crimen, realicé otra carrera hasta el marco de madera, tomando aire y valor asomé mi cabecita un segundo, lo justo y necesario para horrorizarme.

El malvado se había colado en la cama como una serpiente venenosa, por debajo de las mantas donde ahora se libraba el terrible homicidio, pues pude oír los gemidos ahogados de mamá, los esfuerzos por liberarse de papá, ambos enzarzados en una lucha sin cuartel. Mis pobres papás desconocían el verdadero poder del Hombre del Saco y sus perversas intenciones, si no intervenía pronto, sucumbirían bajo su maldad.

Cegado por la rabia, me lancé contra el bulto, acuchillando los flancos, metiendo y sacando el acero sin pausa, sacudido como un vaquero que doma a un caballo salvaje hasta dejarlo exhausto. Con apenas aliento, percibí como menguaban sus fuerzas, el frenético combate quedó interrumpido bajo mi escaso peso, reducido a un leve meneo y unos débiles gimoteos.

Reculé hasta el pasillo, regresando a mi cuarto sin perder tiempo, orgulloso y satisfecho por haber salvado a papá y mamá, acabado con el Hombre del Saco y guardado el anonimato, como los verdaderos héroes de cine.

Escondí el acero antes de volver a la cama y quedarme dormido como un tierno angelito.

Lo recuerdo bien. Dulces sueños acompañaron mi estrenada orfandad, sueños infantiles, inocentes e inconexos. Nunca encontraron el arma del crimen porque todavía la conservo como una reliquia divina, nunca se les pasó por la cabeza la remota posibilidad. Nunca nadie sabrá lo que realmente pasó, salvo que ahora, ustedes…

13 comentarios leave one →
  1. 24/04/2010 18:37

    Me he quedado sin habla…
    Es como si me hubiera leido una novela de 300 páginas de una sentada.
    No puedo elogiarte ni decirte cosas bonitas Edu, solo puedo dejar constancia de que he pasado por aqui he leido, me he maravillado nuevamente con tu forma de escribir y ahora me voy con la duda de si ese niño eras tu ó no.

  2. 24/04/2010 20:56

    Olala, me encanta que te leyeras este relato que, creo recordar, nadie o pocos leyeron. Es para mi un gran honor y voy a tener la osadía de pedirte que le hagas una crítica, que cuentes si te gustó, mucho o poco, con toda la sinceridad de tu corazón. Y ¿Por qué?
    Si te quedaste sin habla ya es buena señal.
    Ocurre que aunque no albergue excesiva esperanza, quizá junte los mejores cuentos para probar enviarlos a alguna editorial.
    Tengo que hacer una selección, por eso te pido, pero este en especial, me gustaría saber que te pareció.
    No soy yo el niño pero guardo mucho parecido con él, casi la misma época, yo era algo más pequeño, cuatro o cinco años.
    Y bueno, esta tarde de sábado al volver del baloncesto del peque, donde perdimos hasta la cartera, me hisciste feliz. Viste con que poca cosa me pongo contento.

    Eres un SOL

  3. 24/04/2010 21:08

    Ohh Edu, en ese caso este debería ser uno de los elegidos sin lugar a duda.
    No gano nada mientiéndote asique creeme cuando te digo que me encantó. Me atrapo dese el principio y no me pude soltar hasta el final.
    Hay partes del relato que me recuerdan al “Mundo” de Juan José Millas por la forma de contar las aventuras de la infancia.

    El desenlace me dejó boquiabierta. Es perturbadora la inocencia con la que el niño mata a sus padres pensando que les protege del hombre del saco.
    Por el Amor de Dios mándalo. Quiero verte en alguna libreria lo antes posible para poder presumir diciendo ese hombre si si ese hombre que ven en la portada solía comentar en mi blog.
    No en serio. Me gustó mucho, mucho más que cualquier otra cosa que yo haya leido en este espacio tuyo.

    Alli te dejo mi humilde opinión.

  4. 24/04/2010 21:52

    Joer….Me lo terminaré creyendo. Lo cierto es soy capaz de hacerlo si con ello dejo de oír a mi mujer cada día con la misma canción. Sé que lo hace con la mejor de los deseos, pero conozco el mundo editorial, y perdí contactos y agendas hace mucho….

    Gracias Solete, y ahora dime, ¿Qué hace una chica como tu un sábado noche en casa?

  5. 24/04/2010 22:01

    Mira Edu 2 cosas:
    1º el NO ya lo tienes ahora hay que ir a por el SI, no te escudes en eso en que conoces el mundo editorial y sabes lo dificil que es. No pierdes nada por intentarlo.
    2º Haz caso a tu mujer por el amor de Deu.

    No sé que hago en casa, suelo pasar los sabados con mi gato y con el portatil.

    Que no me enteré yo que no has sido valiente que me enfado ehh.

  6. 24/04/2010 22:13

    Yo tengo una gata siamesa (teníamos tres, ahora quedan dos) Janis, que se hace un hoyo en mi axila y, no sé cómo se mete dentro a dormir cada noche, solo asoma el morro y dos manitas que apoya en el brazo. Lo cierto es que me gusta cuando deja de ronronear porque se ha dormido sintiéndose segura y cómoda con los bigotes haciéndome cosquillas en la nariz..
    Y con esto y un bizcocho, ….
    Per l´amor de Deu, que hi som a Madrid

    Que paséis una buena noche los tres, en buena onda y convergencia, y claro, una sonrisa obligada en cuanto leas que este mensaje se autodestruirá en cuanto sonrías.

  7. 24/04/2010 22:36

    Es usted único en su especie. (lo digo por el mensaje que se autodestruye).
    En serio tengo videos que atestiguan que mi gato hacia lo mismo conmigo desde pequeño. Pensé que era la única a la que le pasaba. Digo hacía en pasado porque ya no. Maldita sea me fui al extranjero unas semanas y al volver no me queria ni ver. El pobre se sintió abandonado y busco consuelo en la axila de mi madre. Desde entonces duermen juntos y a mi me han dejado de lado… solo viene cuando estoy con el portatil y se me tumba en el teclado para jugar con el puntero, jajaja q gracioso es.

    Bueno que me ha cambiado usted el tema radicalmente.
    Mantengame informada sobre lapublicaicón de los articulos.

    bye

  8. 09/06/2010 21:08

    Qué historia tan buena.
    Es la primera vez que me paso por este blog, y esta ha sido la primera entrada que he leído, ya que el título me llamó la atención.
    Me encanta su estilo, es limpio, claro y con gran dominio expresivo. Va al grano, es ágil y muy visual. Me atrevo a decir que es usted un buen escritor y, si esto es lo que le gusta hacer, me sumo a la opinión de su mujer y de Charlotte: no deje de intentar publicar, porque realmente su estilo merece un buen libro.

    Un beso
    Victoria

  9. 09/06/2010 22:21

    Bienvenida a tu casa Novata, celebro te haya gustado una de mis historias preferidas.
    Su comentario es un regalo de halagos inmerecidos que, no obstante, tendré en cuenta.

    Estamos on line

  10. ElJero permalink
    10/08/2011 15:52

    He sido vecino de este pedazo de artista que es el Edu durante 25 años,y no deja de sorprenderme tanto con sus relatos como con sus dibujos,doy fé de la existencia del Hombre del Saco,todos en el barrio estábamos aterrorizados con él,ahora entiendo porqué desapareció de repente,Edu somos colegas,ya podrías habermelo dicho antes.Excelente relato como todos los tuyos,y suscribo lo apuntado por Charlotte, no cejes en el empeño y en todo lo que podamos te ayudaremos,te lo mereces más que nadie,un abrazo sincero del Jero.

  11. 10/08/2011 17:17

    Circunferencias concéntricas me regresan al pasado, cuando no es el pasado que me busca entre rastrojos de recuerdos. Resumida en una banda de Rock y cerveza, en rostros que jamás volveré a ver pero que jamás olvidaré.

    Gracias por seguir vivo Jero.

    Tu vecino del 2º2ª

  12. patricia permalink
    29/11/2011 19:49

    no me gusta nada es de lo peor de los peores me has dejado sin habla horrible

  13. Jose permalink
    20/12/2011 11:19

    Querido Jimy, he recibido tu felicitación de navidad y puestos he leído este relato, el “Hombre del Saco”. Confieso que a mí nunca me lo presentaron, aunque llegué a verlo. Fue una tarde, a los pies de la Sagrada Familia. Yo iba a patinar con Vicente y mi prima Mariceli y de repetente lo vimos hablando con el “Hombre de las Palomas”. No nos dio miedo. Sabíamos que era él, pero nadie dijo nada.

    Sólo un detalle técnico. El cuchillo del pan es el más inapropiado para asesinar. Su punta redondeada y el filo en sierra lo hacen inútil para este fin.
    Nos vemos mañana. Un abrazo

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