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¿Están seguros nuestros niños? ¿Y cuando no son nuestros?

Injustafancia

Injustafancia

Después del sueño, desperté un catorce de enero de 1950, en Río, Brasil. Junto a presos que no repararon en mi presencia, ocupados como estaban en burlarse del viejo homosexual.

– Tú. Macaco. – Gritó un guardia. – Sígueme. – Ordenó dándose la vuelta. Tras atravesar el pasillo que finalizaba en la oxidada puerta de barrotes, subimos por las escaleras hasta las oficinas.

– Siéntate ahí.

Ordenó señalando un banquillo repleto, hasta los topes, de detenidos. Seis muchachos a los que reconocí por haberlos visto, alguna vez, rebuscando por el vertedero. Dos chicas y cuatro chicos. Detenidos, sucios y abandonados.

Los más crecidos no dejaban en paz a las chicas, sobándolas al despiste del guardia. Las risas de ellas contradecían su actitud de recato, siguiéndoles el juego divertidas. El otro par de mulatos, permanecían callados, las bocas abiertas y las miradas perdidas.

Decidí quedarme de pie. Al lado más alejado de las chicas. Incliné la cabeza para poder ojear a través de la puerta medio abierta, frente a nosotros.

Un tipo gordo y sudoroso se quitó la chaqueta para colgarla en el perchero. Era el comisario Da Silva, responsable de la delincuencia juvenil de la zona. Un conocido de toda la vida.

Al asomarse y reconocerme, sonrió. Después salió y echó un vistazo a los chicos y les nombró, uno a uno, por el alias.

– Nunca vais a aprender la lección. Tú, tú y tú, de vuelta al reformatorio. Tú, Loco Chávez; ésta vez marchas de cabeza para la penitenciaría. Te pasaste, cabrón hijo de puta. Con tus antecedentes, el juez te manda ir preso, seguro. Y no vayas a pensar que vas a continuar haciéndote pasar por menor hasta que, a ti, te dé la real gana.

– Pero, Señor Da Silva, le juro por mis Santos que yo, ..

– ¡Cállate, desgraciado hijo de la gran puta! Te detuvieron por violar a una negra en la playa. A una chiquilla de trece años. ¿En qué estabas pensando? Podías haber ido con cualquiera de tus amigas las rameras.

Al instante, las dos mulatas arrojaron un torrente de insultos contra el Loco Chávez. El negrito del extremo opuesto, completamente ido, cayó al suelo, encima de mis pies. El Loco aprovechó la distracción para levantar la mano contra las chicas, con gesto amenazador.

A la señal del comisario dos guardias llegaron a la carrera. Inmovilizaron al Loco, y asido por las axilas, lo sacaron en volandas.

El incidente apenas perturbó la diligencia policial. Por lo cual, el comisario retomó la palabra.

– El Flaco Wilson. Tú eres un buen chico, pero tonto. Siempre la cagas, Siempre; hasta que me harte. Ni para robar sirves. Y la Comisaría no es un hotel para dormir todas las noches.

– Fuera me pegan y me, … hacen cosas. Ya le conté a usted, señor. Soy muy pequeño para andar solo. No tengo adonde ir señor comisario.

– Te mandamos a Bahía y escapaste al tercer día.

– Aquello es peor que el reformatorio.

El policía no dudó de la afirmación del muchacho.

– Hablaré con el Padre Damián. Harás lo que él mande y si vuelvo a verte por las calles, yo mismo me ocuparé de ti.

El comisario logró que le escucháramos callados y atentos, a excepción del negrito, al que, temiendo una parada respiratoria causada por el grado de intoxicación (por cola de impacto), mandó trasladar al hospital.

Tampoco la llegada de los auxiliares sanitarios con una camilla, entretuvo el protocolo.

Durmiendo en la Trena

Durmiendo en la Trena

– Y vosotras dos. Las hermanastras del Negro Guanche, apresurando el paso a los turistas en el Marítimo.

– Solo paseamos. – Respondió la más guapa, mirando al policía con el pecado destellando en sus ojos de miel. – Es a ellos a quienes les gustan nuestros culitos sabrosos. Y nos pagan para que les hagamos guarradas. – Rieron como crías de hiena.

– Os prostituís, les robáis. Os gastáis el dinero en drogas y vais armando bronca por las calles. ¿Qué voy hacer con vosotras? ¿También queréis volver al reformatorio?

– ¡Bah! Nos escapamos cuando nos da la gana. Además, que vaya plan, cosiendo durante el día y a la noche, las Madres nos obligan a rezar para pedir el perdón de Dios. ¿Cómo nos va a perdonar si tan siquiera sabe que existimos?

– Además; allí, ganamos menos que en la calle, por una mamada.

Volvieron a reír.

– Criaturas del infierno – Exclamó el comisario mientras decidía. Durante el transcurso de su guardia, el banquillo se vaciaría y llenaría unas veinte veces. No cabía lugar para la duda. Sus decisiones, ocasionalmente, enderezaron algunas ramas.

– Os daré una última oportunidad – Dijo, sopesando los comentarios de las chicas, imaginando su estancia en el reformatorio; el abuso por parte de las más veteranas, y probablemente algún que otro instructor.

– Os dejaré marchar con una condición. Deberéis presentaros en comisaría dos veces al día, a las nueve de la mañana y a las nueve de la noche. Durante quince días.

– ¡Huy! A las nueve de la mañana, imposible, no puedo. Llevo a mi niño al centro parroquial.

Contestó la más desvergonzada.

– ¿Desde cuándo te ocupas de tu bebé? Me tomas por tonto. Es tu abuela quien lo cuida, tú no apareces por casa desde hace semanas.

– Y usted, ¿Cómo sabe todo de mí?

– ¡Basta!

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Gritó el comisario. La muchacha bajó la mirada y relajó la bravura callejera. De nuevo, callados y atentos. Dedicados a la contemplación del obeso policía mientras sacaba el pañuelo, del bolsillo del pantalón, para secarse la frente, perlada de sudor.

Llegado mi turno, el comisario me hizo entrar a la oficina. El escribiente, de rostro pálido y chupado, esperaba sus órdenes para disponer, por escrito, de los detenidos. Ceñidos al horario, llegaron los guardias con los furgones para el transporte de presos.

Al verlos venir, los chicos desfiguraron el semblante, invadidos por la angustia del momento, la certeza de lo inevitable. Al Flaco Wilson se le erizó el vello de la espalda, sintiéndose, aunque en deuda, afortunado por la diligencia del comisario Da Silva.

Antes de que la silueta de los guardias custodiando a los prisioneros se perdiera al final del pasillo, otros dos policías de uniforme se presentaron ante el comisario.

– Se lo entregáis al Padre – Dijo mientras les largaba un sobre cerrado. – Aseguraros de que se queda con él. – Cogió aire para soltarlo de un suspiro, volviéndose a secar el sudor de la frente con el pañuelo.

Uno de los guardias se adelantó un paso.

– Señor comisario, dudo que a estas horas nos quede ningún vehículo disponible.

– Vaya. – La noticia le agarró desprevenido – A las once de la mañana no nos queda ni un coche patrulla. Joder con los recortes presupuestarios del gobierno. Así nos tienen.

– ¿Quiere que vayamos a pié?

Preguntó el más joven, recién salido de la academia.

– De ninguna manera. ¿Quién eres tú? Un novato, claro. ¿Es que nadie te ha explicado cómo funciona esto?

Interrogó con la mirada encendida clavándose en el agente veterano.

El índice de muertes en acto de servicio motivado por la precariedad de las patrullas de a pie, resultaba alarmante. Los agentes se materializaban en dianas fáciles para cualquier mulato armado, sin más razón que la de, con el asesinato de un policía, ascender en la jerarquía barriobajera y proclamarse jefe de pandilla.

El comisario las prohibió aún a expensas de saltarse el protocolo oficial. Teniendo, ante todo, en cuenta la seguridad de sus hombres. No obstante, resultaría harto improbable que en la Central se hiciesen eco del tema, pues en suma, eran muchos menos los casos de viudedad a cotizar.

El escribiente salió del despacho, dejándome a solas con el comisario, quien me hizo señales para sentarme.

– Bueno, quedas tú. El Flaco Mudito.

Los alias no eran ningún entretenimiento para distraer el tedio durante las peores horas de calor. Aunque fuera, precisamente, en esos momentos cuando el comisario los inventaba. El motivo, no era otro que la identificación de los chicos. Apenas una docena contaba con documentos oficiales, el resto desconocía su propia edad y el paradero de sus familias, eran huérfanos o abandonados. Los que mentían sobre sus nombres por temor a ser devueltos a casa, eran hijos de alcohólicos y drogodependientes violentos.

De este modo, el paciente representante de la ley a ese lado de Río, diseñaba una particular base de datos. Haciendo uso de su propia cámara de fotografiar para rebautizar y fichar al personal.

– ¿Qué vamos a hacer contigo, flaquito? Sigues sin soltar prenda, ¿verdad? Será verdad que no puedes hablar. El auxiliar me salió con una vaina psicológica de traumas infantiles. También, vamos a ver. – Ciñó el entrecejo para repasar los documentos encima de la mesa, mientras se colocaba los lentes sobre la nariz, a cierta distancia de los ojos, sin soltar la patilla. – Sí. Algo postraumático. Aquí está, ya lo tengo. El informe del Médico Forense: No debes tener más de diez años. Por lo demás, – Hizo un extraño silencio – estás un poquito flojo. Flaco como un palillo y mudito como en el cuento de los siete enanitos, ¿Lo conoces? No importa, tampoco iba a ponerme ahora a contarte cuentos.

El comisario continuó un rato con la cháchara, hasta caer en la cuenta de que me había quedado dormido, acurrucado en la silla como un feto. Temblando de frío a pesar de la alta temperatura, a causa de la ausencia de pellejo, de flaquito como estaba.

Aquel hombre que cada día dictaba destinos incógnitos, que impartía ley y orden bajo criterio personal, que castigaba y perdonaba como sólo hacían los Dioses. Descolgó su americana de lino, utilizándola para abrigar mí cuerpo menudo y esquelético. Posó la mano derecha sobre mí frente y después acarició mi pelo.

Rodeó la mesa y se acomodó en su sillón. Mirándome con los ojos húmedos y una expresión entristecida, musitó:

– Tisis.

One Comment leave one →
  1. 06/05/2010 15:25

    El tema que tratas es complicado, triste y real. La realidad es que en los países subdesarrollados esto está a la orden del día. Nosotros lo vemos en películas en periodicos y aveces en blogs en forma de relato.
    Me gusta el título, nuestros hijos…Son nuestros hijos, son hijos de la humanidad de la que todos formamos parte, pero como ocurre muchas veces nos olvidamos de ellos y les volvemos a recordar cuando se aproxima la Navidad, cuando nuestra solidaridad aflora.

    Hace poco me enteré de una práctica que los malnacidos realizan en Tailandia, turismo sexual, lo que es lo mismo que explotación sexual de menores en un paraiso turistico.
    Que puedo decir. Nada. Bueno si puedo decir lo siguiente: Dónde vamos a parar?

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