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La Boca de la Civilización

09/11/2008

Progreso y Civilización

Progreso y Civilización

Erase una vez una niña que vivía en el país de la Civilización, gobernado por unos desalmados, los cuales, según Celia, deberían ser considerados unos crápulas.

También había una población, la más bella de todo el universo, con árboles de mil ramas donde anidaban mil especies diferentes de pájaros musicales, casas de madera con los tejados de vivos colores y un río inmenso que discurría hacia profundos valles en flor.

Sólo existía una estación dividida en dos cambios de clima, el principio de la primavera y el final de la primavera, por lo cual, el tiempo era el justo y necesario, seis meses eran suficiente para la siembra y posterior recogida de los cultivos, amparados bajo la tutela de un amable sol y acariciados por una apacible temperatura.

Por la orilla de su gran amigo el río, partía Celia cantando acompañada por la alegría natural del agua. Correteando a su vera, camino a la escuela, imaginando cabalgar al lado de la lengua de la Civilización.

Se desviaba por el atajo que se elevaba hasta el cerro y culminaba en el imponente puente de entrada a la ciudad, que a la niña se le antojaba como el paladar de una boca.

El Colegio de la Capital de la Civilización, a un par de kilómetros del pueblito, se escondía detrás del puente. A medida que entraba en la ciudad, el río transformaba su alegre idiosincrasia para perder el color y helarse, de tal modo que Celia iba provista de ropa de abrigo para consumar los últimos tramos. Si disponía de unos minutos de sobras se deslizaba bailando sobre el hielo pensando en cómo se las arreglarían los peces bajo la capa congelada. Luego de unas escaleras adheridas al cimiento del puente, Celia echaba a correr para cruzar el portón de la escuela sin detenerse un segundo, después seguía por el vestíbulo en dirección a la clase, donde aterrizaba al vuelo, convencida de que había vuelto a salvarse, pues en su imaginación vivía esa boca de la Ciudad Civilizada, con lengua, paladar y los dientes que formaban la puerta principal del Colegio.

Un día, cruzando bajo el puente, Celia resbaló yendo a parar de bruces contra el suelo y, de súbito, el cuento con un eructo se acabó, puesto que la niña nunca más volvió a ser vista.

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