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El Ángel de la Eutanasia/1921

19/11/2008

áNGEL de la MuerTe CompasiVa

áNGEL de la MuerTe CompasiVa

Para sentir lo que Isabella Montela sintió aquella madrugada sería necesario haberlo vivido. No para evocar los recuerdos de entre las Llamaradas del Infierno, sino para comprender los contextos que la empujaron al no arrepentimiento de sus actos. Es improbable que lo averigüemos nunca, Isabella se llevó el secreto consigo a la tumba.

Si bien pasó sus últimos años de encierro escribiendo sus penas para con Dios, no dejó una sola pista del móvil de sus crímenes.

En el posterior estudio de sus notas, se definía como un ser atormentado, obsesionado con una misión y un destino. Sin embargo, sus palabras no delataban a nadie que hubiera perdido el uso de la razón, sino al contrario, su prosa correcta y directa hacía una descripción magistral de los sentimientos y las emociones; a través de la pluma escenificó una conciencia consagrada para servir al bien, componiendo, con sus frases, leyendas de amor y bondad. Un ente ingrávido sin peso terrenal, si bien con una tremenda fuerza espiritual, ajena a la justicia de los hombres y sus veredictos, más cercana a la verdad universal.

En ocasiones pienso que los grandes talentos utilizaron las palabras de manera inimitable e irrepetible, detallando sobre las cuestiones que atañen al futuro de la humanidad con la clarividencia de los dioses. Dejándolo todo por escrito, de un modo impecable e inmejorable.

Isabella Montela dejó por escrito una carta; lo siguiente es un extracto de la misma, pues el resto del papel fue roído por las ratas del sótano y el tiempo:

No sé si existe el paraíso, yo creo en el sufrimiento, el dolor y la muerte. He visto cosas, cosas horribles, he sentido el ardiente aliento de Belcebú en mi nuca, su sexo en mi sexo.

Esta forma de conciencia me concedió la autorización divina para quitarle la vida al sufridor, rematar al irrecuperable y acabar con el padecimiento de los inocentes a través de la piedad.

Razones por las cuales, al amanecer me colgarán del cuello hasta morir.

No está en mí corazón el sentimiento del perdón, ojalá mis verdugos sufran las tempestades de su tormentosa siembra, ojalá no demoren en morir agonizando. No los absolverá de su inclemencia mi Dios. Sin embargo, les espera el averno que ellos creyeron fundar para mí, pobres ignorantes, desgraciados y perversos.

La salida del sol dibujó la figura de la ahorcada balanceándose al viento, como una canción eterna de Billie Holliday aludiendo a las víctimas del KKK, con letras que hablaban de un extraño fruto negro que colgaba de la rama de un árbol funesto.

* Hallado en 1921 entre los documentos de un volumen, polvoriento y ajado, de informes judiciales, de los archivos del juzgado de Westwego, en el estado de Luisiana, EEUU.

La hermana Isabella Montela, de la Orden de Santa Clara de Asís, asesinó a diecisiete personas con seguridad, se calcula que pudieran haber sido más de cincuenta.*

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