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Las Almas de los Ilegales Muertos

24/11/2008

Almas Ilegales Ella me espera, tenemos una casa de dos pisos llenos de habitaciones, cada una tiene un pequeño balcón desde donde contemplar la mar, todas tienen lienzos enmarcados, por terminar o por colgar. Al atardecer, cuando el agua cambia de color y las gaviotas vuelan al sur, me deleita con sus ensayos de flauta, soplando armoniosas notas de amor. Es tan maravillosa su melodía que los peces nadan alrededor seducidos por su atracción.

Ella los llama por el nombre, en respuesta los peces saltan alegres, salpicando el agua salada con las colas.

Por la noche sale al porche a tomar el aire, los ojos adheridos al horizonte, esperando mi regreso. Con toda esta tormenta andará preocupada.

– Siempre soñando Walid.

Dijo la raya al tiburón, flotando ambos sobre arrecifes de coral y helechos traslúcidos, perseguidos por manadas de peces fosforescentes.

– Ella me espera hermano Mohamed, ella me espera cada amanecer.

El tiburón dio un par de aletazos propulsándose unos metros, zigzagueando, dejando tras de si una estela de burbujas que la raya siguió con leves aleteos.

Planeaban a escasos metros del fondo, entre pequeñas criaturas marinas de orígenes invertebrados, poblaciones de plancton, estrellas de mar, erizos, esponjas, caballitos enamorados y medusas luminosas.

Lejos de las profundidades, rozando las resacas de las corrientes, un banco azul de atunes cruzó en formación. La raya les observó con rara inquietud, como si poseyeran un secreto que ella no terminaba de descifrar.

– Vamos Walid, resguardémonos para descansar.

– Ella me espera Mohamed.

El cayuco permanecía en calma, varado en el fondo del acantilado, hundido en la arena de brillos dorados por la popa, colonizado por crustáceos, adornado por algas y algunos cabos sueltos, sumido en el silencio mortal de los eternos esqueletos.

Canoas, pateras, barcas, un cementerio marino de naufragios. Más allá de la embarcación había otra, y otra y otra. Perfilando así el nuevo paisaje de las praderas marinas.

– Hola pareja – Saludó balanceando siete tentáculos un pulpo tuerto.

– Hola Alí. – Contestaron a la vez. – La paz sea contigo.

– ¿Qué hay de nuevo viejo?

Preguntó el tiburón sin demasiado entusiasmo por saber más de lo mismo, con los ojos de plata vieja abstraídos por el paso de un grupo de pequeñas tortugas; su plato favorito.

– ¿No os habéis enterado? Se hundió un cayuco con veinte inmigrantes a bordo, apenas pudieron salvarse media docena.

– ¿Mujeres?

El tiburón, con el apetito perdido, reprendió con la mirada a la raya.

– ¿Sabes de dónde venían? ¿De qué pueblo o país?

– Tengo la certeza que huían de la miseria y la barbarie y que buscaban una oportunidad para la paz, pero sucumbieron en la tragedia porque los Dioses del Capital así lo decidieron.

De pronto la raya salió lanzada hacia arriba, pues en dirección contraria descendía un pez ágil y grande, se trataba del delfín cartero.

– ¿La viste delfín, pudiste verla?

Preguntó olvidando las formas Walid, desesperado por recibir noticias de su amada.

– Oí su música y me acerqué a vuestro hogar. A pesar de los pescadores pude aproximarme hasta que su vista pudiese alcanzarme, entonces brinqué, di un salto tan grande que estuve en el aire unos segundos, sostenido por un milagro matemático que se da entre las leyes de la gravedad y la inercia.

– ¿Te vio ella delfín, te vio? – La raya revoloteaba nerviosa ante la franca sonrisa del cetáceo.

– Eso creo amigo, eso creo. Fue mi mejor salto en muchos años.

Los delfines tenían el don de poder comunicarse con los vivos y con los fantasmas, terrenales o marinos; sin condiciones. Todos conocemos las capacidades de estos seres telepáticos y maravillosos. Y la fortuna de poder salir a curiosear en la superficie después de nadar por las vertiginosas profundidades de mares y océanos.

Los fantasmas de los ahogados estaban condenados a soportar todo el peso del agua, castigados a no regresar a ver el cielo ni la tierra.

Reconvertidos en fauna marina son las almas de los inmigrantes ilegales, doradas, sardos, salmonetes o sardinas, seres de diferentes tamaños y colores que fueron humanos antes de aventurarse a cruzar un pedazo de mar con la intención de cambiar sus suertes, seres que perecieron en busca de una mejor vida, huyendo de pandemias, guerras y hambrunas.

Ayer hombres, mujeres y niños, hoy simples especies de los mares.

Tiburón Alma

Tiburón Alma

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