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La Mariposa Asesina

12/01/2009

La Mariposa Asesina

La Mariposa Asesina/Ilustración del Autor del Blog

Homenaje a los que dejaron su vida una noche de ocio

Imposible de contener el torrente de ideas violentas. Sentía la sangre hervir y los nervios desatarse, desde la boca del estómago el fluir de la bilis. Respirando con dificultad, deprisa y con furor. Los brazos tensos y las manos empuñadas. Un martillar colérico en las sienes. El ángel maldito agitando la conciencia.

Enemigo a distancia corta. Retado ante su prometida. Incontenible sed por resarcir. Loco por darle para el pelo. Venganza. Él falto a la madre y madre solo hay una, no se toca, no se nombra: Y tú aún menos hijoputa.

El destino, ése si es el más cabrón, pues el prenda que la mentó era cuchillero habitual, de ahí que tan suelta la húmeda. Repuesto hasta el culo. Borrachito y colocado de perica. Una mano sudorosa para el vaso medio vacío, la otra revolviendo en el bolsillo de la retaguardia, mimando a la *Mariposa. *(Mariposa: Navaja en la que el mango se abre en dos mitades pudiendo girar a ambos lados de la base de la hoja.)

La abrió con un movimiento circular de la mano, la inercia situó las hojas de doble filo al descubierto

Se cortó el rollo. Dio crédito el destello fugaz, efímero e instantáneo. Demasiado tarde para la retirada con tanto alcohol transitando por las venas, irrigando insensatas células sin miedo. El honor del duelo por el derramamiento del último trago.

El Merchero dio la cara. – Malas cartas. – Anunció con una sonrisa difícil de adivinar. La mandíbula desencajada por el corte de la coca. Las comisuras de la boca deslucidas con babas espesas. Un ojo de cristal frío, el otro inyectado de roja cólera.

Se acabó. Fino entró y salió el acero. Fulminante y eficaz. La sangre resbalando de entre los dedos, inútil compresa. El autor se borró de la escena. Enemigo que huye, puente de plata; absurdo refrán. Si hubiese podido le hubiera partido el corazón.

¡Abogado de pobres!, lo maldecía su padre. El más bravo, siempre dispuesto a partirse la cara por los demás a la salida de clase. Con el tiempo, entre la Universidad y buscarse novia, se le pasaría el coraje callejero.

El alcohol, malo es con las riñas. Tan perplejo en la caída al vacío. En el garito de copas de la calle Balmes, viendo la cara de la que iba a ser su esposa descompuesta por el pánico, con otras caras desconocidas contemplándolo con morbosa atención. A media luz, con música de fondo, como en sus películas preferidas. La sangre envía un mensaje nefasto, sale a borbotones, imposible de contener. Sin ella, la vida se esfuma.

El Merchero ya llegó a casa. Un taxi lo transportó. El ruido alertó a la madre, quien preguntó quién era, sabiendo de sobras que sería el niño, ahora la mandaría cerrar la boca e iría a asaltar el frigorífico. Pondría la tele, se fumaría un porro y dormiría en el sofá.

A la media hora pasada la mujer se levantó a comprobar la situación. Apagó la tele, le quitó la colilla de entre los dedos y lo arropó bien. Restó quieta un momento, contemplando con pena al único hijo que parió, de un marido furtivo, de un padre desaparecido. Suspiró y le dio un beso en la frente antes de desaparecer en la penumbra del pasillo. Pasó por el baño, después de orinar lavó la Mariposa, con jabón y alcohol, la secó y la dejó junto con los utensilios de afeitar.

A los pocos minutos, en la casa ya dormían tranquilos. El niño roncaba y la sirena de una ambulancia cruzó la Avenida con una prisa estéril.

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