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Memorias de un Asesino con Próstata

18/01/2009

La Turca

La Turca/Fotograma del Film

Habiendo sobrevivido junto a la Barcelona de la postguerra, sabía bien por donde pisaba. Cuando la Turca me paró aquella noche debajo del arco para pedirme fuego y prender su cigarrillo, intuí que una mala historia, más pronto que tarde, iba a convertirme en su protagonista.

Nadie detiene a nadie bajo el Arco del Teatro, sino es para urdir, como mínimo, un crimen.

La entrada al Barrio Chino más angosta y húmeda, la más oscura y lúgubre. Cruzada la arcada, la ciudad cambia de color, los bares son subterráneos y hostiles, la chusma que ronda las callejas, lo hace adherida a las paredes, amagada entre las sombras. No existe cuartel franqueada la medianoche, quien atraviesa el Arco, depende tan sólo de sus habilidades, no quedan maderos honrados ni amigos de fiar; esto bien lo sabe la gata que maúlla con desgarrado celo debajo del automóvil abandonado, dispuesta a ser tomada por el macho de turno. Alrededor del vehículo, viejas prostitutas entran y salen de los portales enredando con clientes borrachos, descamisados y con los pantalones por abrochar.

La primera esquina, entrando a mano derecha, pertenece a la calle Lancaster, unos pocos pasos más adelante, el Passatge de Lluis Cutchet dobla a la izquierda; en ambas callejuelas reina la ley de la supervivencia, fulanas, ladrones, chulos, policías podridos, un elenco de buscavidas desalmados acechando la noche, defendiendo su metro cuadrado de calle. Antros hostiles, donde durante el tiempo que se tarda en tomar un tinto estalla un duelo a muerte jurada con afilados aceros en cruz, mientras en la mesa colindante, dan mate sobre el tablero de ajedrez, donde los malos se drogan y beben, donde flacas adolescentes desarraigadas viven protegidas por negros musculosos, donde los Camellos colocan el material a los descuideros más enganchados, en su incesante ir y venir de las Ramblas con los objetos robados listos para cambiar de manos.

Los portales de la calle son madrigueras urbanas, con cabezas asomando y desapareciendo constantemente, como inquietos polluelos a la espera de sustento, dando el agua para que aquellos salgan y aquellos entren. A la intemperie: en la real puta calle, es la clandestinidad la que impera, verdugos desempleados, violadores en tercer grado y asesinos reincidentes.

La lumbre iluminó el rostro de la Turca. Deduje que acababa de salir del hospital. Bajo la penumbra del arco, mugriento y frío, la llama trémula del chisquero prestó la única luz. La esfera ingrávida de claridad sombreó los perfiles con la punta de nuestras narices a escasos centímetros del contacto, contemplé la ristra de puntos recién cosidos que le partían la cara en diagonal, sin obviar el pequeño desvío a la altura del cornete nasal ni el párpado arañado a causa de la cercanía de la cuchillada; descendiendo ésta desde la ceja abierta del ojo izquierdo hasta, todavía inyectado de sangre, el labio dividido en cuartos, para acabar en el cuello, por debajo del ángulo del mentón.

La Turca me echó a la cara el humo caliente.

– ¿Cómo le va viejo?

– Mejor que a ti, por lo que veo.

– ¿Lo dijo por esto? – Se señaló la cara con el meñique de la diestra, haciendo sonar las pulseras y presumiendo de anillos empedrados.

La Turca era una mujer sin edades, intemporal. Muy hermosa, de una belleza de vértigo, tan peligrosa como inmoral. Vestía con ropas recogidas en los contenedores de basura de la zona alta de la ciudad, largas faldas y chalecos oscuros, los pies protegidos por un par de botas militares, camisas coloreadas, tantas y tan usadas como para que la primera se sostuviera adherida al contacto de su piel, vastos cinturones de cuero ajado, y un enorme bolso de trapo, el cual empleaba como el caracol su casa.

Con todo, si no eran sus ropas lo más característico de su persona, si lo eran sus ojos verdosos como la mala mar, de córneas enormes, de cuyo iris emergían radiaciones metafísicas. El imán de una mirada que había empujado a la locura a cientos de hombres por amor, ojos fraguados en las fronteras del placer prohibido y proveídos de la fórmula perfecta para enamorar.

– Lo siento Turca, tu cara, ¿quién te hizo esto?

– No se preocupe compadre, estoy bien. La belleza no lo es todo en la vida. ¿No es cierto?

– Me siento consternado, nunca imagine vivir para verte así.

– ¿Me das ánimos? Porque si me estás dando ánimos, preferiría que me dieras un pésame, a lo mejor le saldría mejor. Joder.

A pesar del dolor que debía sufrir al parpadear, consiguió esbozar una sonrisa que, como años atrás, hechizó mis sentidos.

– ¿Puedo hacer algo por ti? – Me arrepentí al instante de mi oferta, asaltado por los recuerdos de un pasado doloroso que dio sentido a la farsa.

– Bueno, tengo un pequeño problema, necesito que me hagan un favor, porque,..Pero viejo, ¡Por la Virgen de los Desamparados! Si acabo de acordarme, ¿Usted me haría un favor, verdad? Qué perro rabioso este destino cabrón. ¿Verdad viejo? El destino y el pasado.

Me secuestró colgándose del brazo, acoplándose a mi cuerpo como en un reencuentro de hermanos siameses, emprendiendo la partida calle abajo, pisando con garbo los adoquines de caballería, esquivando las sombras repentinas entre el anonimato de la concurrencia y la consecuente impunidad criminal.

Atrapados por nuestros pasados. Hacía veinte años y lo recordé como si hubiera ocurrido ayer. La Turca mató por mí, quedé en deuda con ella. Le juré por lo nuestro y pasó el tiempo. Hasta esta noche que vino a cobrar.

La Turca me contó su plan. Tenía que vengarla de un hombre.

Un anaranjado gajo lunar, asomado entre nubes descoloridas, colgaba sobre nuestras cabezas, expectante y burlón.

wp-20-button-transbarcelona *Gritaron: ¡A las Urnas! pero entendieron ¡A las Armas!*



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One Comment leave one →
  1. 19/01/2009 8:03

    Los Pirineos al ser tan grandes, nos hacen sentir a todos pequeños. No se deje, usted no lo es. Vengase a Tellerda, échese unos tragos de rancio vino y charre con los amigos que le pasarán el brazo por el hombro. Y deje de decir tontunas, usted pinta mucho más en el paisaje cultural que un pobre monaguillo como yo.

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