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La Atlántida en Casa

02/02/2009

Gat Amagat/Internet

Gat Amagat/Internet

Llueve, cuando llueve suelto la pluma con la intención de una escritura liberada de estructuras intelectuales y demás directrices vanguardistas. Los días de lluvia me devuelven a la realidad de las cosas sencillas. Mirar por la ventana escuchando las gotas furtivas al estallar, contemplando resbalar las lágrimas en el cristal, el suelo del patio mojado y las plantas borrachas de alegría. Pues, para quien lo ignore, cuando uno se hace responsable de una porción de hogar dedicada a las macetas, debe cuidarlas, regarlas y hablarlas con cariño, porque además de la perder la vida, las plantas sedientas lloran por la noche. Mi dueña y yo las oímos desde el catre.

Como decía, en mi ardua tarea de contemplación reflexiva me acompañan dos gatas, supongo que esto lo aprendí de ellas. Llueve y cuando llueve cae agua del cielo, no existe otra explicación.

Había prometido al niño comprar un pez si ganaban el partido de baloncesto que tuvo lugar el sábado por la mañana. Perdieron, pero el chaval me aseguró que ganaron, que envidia. Y como triunfaron, según las informaciones menos fiables pero más felices, cumplí con lo pactado doblando la cantidad. Ahora somos más en la mesa.

Una pecera, dos pececillos de colores, la alforja de un naufragio español y una planta de plástico homologada. El bautizo y la espada para nombrar al niño caballero responsable de las criaturas acuáticas, su primera misión vital, pues de él dependerán esas vidas menudas, el cambio del agua semanal, la comida, la limpieza.

El día siguiente llegó en domingo, como suele pasar. Lluvioso y gris, si bien, alternado con los colores en movimiento en el interior del minúsculo océano. A primera hora nos encontramos el niño y yo frente a la pecera, al lado de la ventana que da al patio. Nos dedicamos a mirar, sin más, volcados a la contemplación pasiva. De común acuerdo, decidimos aprender de ellos su forma de ver el mundo.

Al mediodía el niño se alteró, pues un par de aletas asomaron detrás de sus orejas infantiles y al hablar de su boca salían translúcidas e ingrávidas burbujas juguetonas. Tras la excitación del momento me dijo que de mayor quería ser un tiburón bueno que viviera en la mar salada.

Ante tal enigma, decidimos un cambio de costumbres. El lunes compramos una pecera de tamaño XXL. A grandes males, grandes remedios, que dice el refrán.

peix

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3 comentarios leave one →
  1. 07/02/2009 16:05

    Siento mucho su espera… menos mal que al final el olor a tierra mojada se le metió en las nasales.

    Últimamente le noto reivindicativo, rebelde, molesto con el mundo…¡que no es que no le de la razón! Pero este ataque contrasistema, no puede ser bueno para su bilis, que la hará amarga. Hable de amor, de amistad, del bien… dé por perdidos a los nenes de papá, a los maleducados, y a los faltos de cariño.

    Esta semana le colgaré uno de japoneses. Clásico. Cinematográfico. Un hombre comprometido, quizás con un malentendido deber. La historia de Li Homanpei. Prepare su kimono.

  2. 03/02/2009 12:11

    Pensé que nos deleitaría con dicho relato el fin de semana. Esperando sus letras estuve ante el monitor o delante de la ventana; no recuerdo bien. Con tanta agua cayendo ya se sabe, aflora la melancolía, perturba los sentidos y nos recuerda lo poca cosa que somos. Es el poder de la naturaleza.

    Un cálido abrazo de su compadre que sigue a la espera

    EDU

  3. 03/02/2009 11:11

    El próximo relato empieza parecido a este suyo… con la lluvia. Un registro nuevo, a ver que le parece, con fantasía y frenesí. Innovación. Como lo suyo, pero en modesto y sin aletas.

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