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Pequeña Historia China De Barcelona A Córdoba

14/02/2009

Chineta contra Viento y Marea

Chineta contra Viento y Marea/Oleo del Autor

Laura cogió el tren directo Barcelona Córdoba en clase turista. La clase contratada implicaba una serie de incomodidades lógicas, la garantía de no poder dormir y la completa ausencia de intimidad.

Llegó puntual, como el tren, con un variado grupo de pasajeros disperso por los vagones.

Mientras ordenaba sus enseres para la noche, notó la llegada de otro pasajero en el asiente de delante. Antes de girarse se distrajo jugando a adivinar cómo sería quién fuera a pasar doce horas frente a ella, imaginado a oído, por el roce de las ropas, la distribución del equipaje, el olor. Cosas que el sexto sentido capta sin que las mujeres sepan por qué.

A punto de volverse, sosegada por suponer que viajaría con una mujer, el muchacho la saludó sonriente con un leve balanceo de cabeza. Ella le devolvió el saludo de igual forma, por respeto y ante la sorpresa.

Un asiático, chino probablemente, flaco y de estatura media, el pelo mal cortado y la raya a la izquierda, pómulos geométricos y una expresión huidiza en la mirada rayada.

Laura, ya embutida a su asiento, observaba los últimos movimientos del viajero para acomodarse también. Entonces lo vio. De nuevo, el muchacho la sorprendió, aunque esta vez le transmitió una especial turbación. Una casualidad de folletín afloró de un viaje que prometía aburrimiento e insomnio.

El título del libro no dejaba lugar a dudas, dos colores vivos de imprenta, blanco titánico y rojo sangriento. La portada cortada en dos, abajo una casa típica pekinesa surgía del rojo, arriba, sobresaliendo del blanco, El Chino, tomo 1. Colección Sin Esfuerzo.

Sin que ocurriera nada que pudiera evitarlo, el libro de Laura, descansaba sobre su regazo. Los ojos rasgados del muchacho se detuvieron asombrados al descubrirlo. Asintió discretamente y concluyó con el acomodo. Recogió el libro de su propiedad y lo puso entre sus manos, sobre las piernas recogidas. A Laura le recordó a un monje oriental que recorría el oeste americano, dando bofetones y sabios consejos.

Para Ching en cambio, la situación era más delicada, a pesar de vivir en paz y feliz, viajaba al sur por obligación. Iba a casarse con Moko, así lo habían pactado sus respectivas familias. Se uniría a una mujer que jamás había visto y ayudaría en el restaurante de su tío. Sin embargo, a Ching le enamoraban las historias de amor, creía en ellas y entendió el libro como una señal del destino.

Recorridos doscientos cincuenta kilómetros, entre el vaivén de los entresueños, las miradas de Ching y Laura varias veces se encontraron al vuelo.

Laura fantaseaba divertida con una aventura oriental, con ceras, inciensos y grandes baños, bajo el influjo de la relajación y los masajes que le practicaba el compañero de viaje.

Ching soñaba con regresar a su tierra, casado con una Estrella del Rock occidental, colmado su matrimonio de fama y riquezas. Ejerciendo de representante y de sumiso amante.

Varias veces estuvo Laura tentada de comentar sobre el libro, tentado estuvo él. La mayor parte de la noche la pasaron pensando qué decirse para comunicarse, al fin y al cabo ambos poseían el mismo libro. Un libro para aprender a hablar.

Al abandonar sus respectivos asientos, parecían azorados, como si se tratara de dos amantes espontáneos que ayer por la noche saltaran a la plaza. Colorados, con gestos furtivos y risas tontas.

La madrugada les espiaba a la llegada al andén, antes de cercenar sus destinos se dedicaron unas tímidas ojeadas, Las maletas listas, los libros cambiados de sitio. Pero, quién podía saberlo.

Laura fue la primera en sufrir el shock, entró en los baños de la estación para asearse un poco y advirtió sus nuevos rasgos. El muchacho tardó algo más, al entrar en el supermercado de sus padres cuando se peleó con sus hermanos sin lograr pronunciar una palabra en chino. El taxista que llevó hasta casa a Laura tampoco mostró sentido del humor. Los padres del chico lo llevaron a las Urgencias de un Hospital. Donde se encontró de nuevo con Laura, se intercambiaron los libros y volvieron a ser los mismos. El personal sanitario aplaudió el desenlace.

Ni en chino, ni en castellano, nada dijeron al despedirse. Un beso quizá hubiera bastado.

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One Comment leave one →
  1. 15/02/2009 17:47

    Buenísimo… transferencia libreril… si es que no hay cosa más ignota que un oriental.

    ¿Quien era el autor? Por cambiarlo con cierta persona…

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