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Rock Man va de Blues

17/02/2009

Rock Men va de Blues

Rock Man va de Blues

Hoy se ha levantado fatal, con la izquierda y un mono del trece. De nada serviría ojear por la ventana puesto que vive en un bajo sin luz exterior. Después de los vómitos, se ha aseado al detalle. Perfumado y alicatado con discutible gusto, se ha plantado en la calle como un árbol en medio de la acera, arraigado con arrogante vanidad. Luego de escupir contra el suelo, un cigarrillo humeante se descolgó de una comisura labial.

En el bar le llenaron el depósito mientras cavilaba cómo buscarse la vida. Lo primero, ir a ensayar. Le llevaría unos minutos los arreglos de la última pieza. La banda ya sonaba cuando llegó al local.

Después del Do todos paramos dos tiempos y Charly entra contando:

– tres, cuatro, cinco y caña. Al sexto entramos a tope.

Clac, clac, clac, el batería da la salida. Los acordes retumban en la vieja nave industrial. El bajista y compositor, John Wilson, hace la señal, desde las penumbras, de detrás de los amplificadores aparece Charly, tropezando con elegante ineptitud, acariciándose el flequillo engominado mientras señala con el índice hacia un aforo imaginario.

– Uno, dos, eh John ¿Tienes un par de billetes? Te los cobras del concierto de esta noche.

El embarazo del bajista es patente. Antes de poder reaccionar a su sonrisa perversa, Charly la aproxima al micro.

– tres, cuatro, cinco y ¡Caña!

La banda entra con el bajista prestando dinero a Charly. Con el solo de guitarra se borra del ensayo. De regreso de casa de los Putos Camellos Calvos decide dar una vuelta por los Barrios Altos. Nunca se sabe que puede pillar. Su aspecto de buen chico le da suerte, su destino es una moneda de dos caras iguales en el aire, él no nació para perder.

En la Cafetería se pone a la izquierda de una pareja entrada en años. Ella marca sobrada de joyas, él gana pasta gansa con su cara de capullo. Toma un Martini blanco con aceituna por almorzar cualquier cosa. Es un local donde alternar con adúlteros experimentados. Las mujeres miran a Charly proyectando la lujuria desde sus ojos saturados de fuego. En el salón de té hay un piano. Con andar despreocupado, consciente de ser observado, se refleja Charly en las teclas negras.

Cuando el gerente lo aborda, Charly le pide un whisky largo con hielo en vaso ancho, los dedos calentando sobre el teclado. Ha captado toda la atención del público, el jefe alza el brazo cruzando los dedos con una señal convenida. Las luces cambian el tono, un foco alumbra el humo que encierra al pianista, agitando la copa que le trajo un camarero, desabrochándose otro botón de la camisa. Una mujer con vestido largo y paso de pantera atraviesa el local, cuelga un collar de diamantes en el cuello de gacela, sacude la cabeza para realzar el rubio platino.

La escala de notas se abre camino como una serpiente venenosa, enmudeciendo a los que la perciben, hasta que su poder hipnótico alcanza enigmáticas dimensiones. La voz rota, susurrando una canción con nombre de mujer se adueña del instante. Tras las columnas, entre cortinas de terciopelo y discretos camareros, una corriente erógena dirige los movimientos de manos y piernas, pitilleras de oro y zapatos de tacón de aguja, rostros figurativos, bocas encendidas y pieles desnudas.

Ahora quien manda es él, con sus sugerentes melodías sobre el pecado, seduciendo con su voz grave palabras enredadas con emociones indescriptibles. Termina y va a la barra, con postura ensayada bebe y fuma, esperando a la dama que llegará por sí sola, sin justificaciones.

Charly abandona el hotel a media noche, mirando de soslayo hacia la ventana de la habitación con luz, subido el cuello de la americana, con las manos en los bolsillos. Llega tarde al concierto, cogerá un taxi que no abonara urdiendo alguna estúpida treta. Siempre mirando atrás, este Charly. Ha habido taquillazo, el público pide marcha a la banda, la cual después de saludar comenzó con un Ritmo de Blues instrumental. John Wilson suda la gota gorda. El batería da la salida. Clac, clac, clac, el sonido es brutal. Llega el momento de la parada y Charly aparece de la nada.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco y ¡Caña!

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