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La Historia Imposible de un Gafe

28/02/2009

Imposible

Imposible. Abel había decidido consagrar aquel día como el principio de su nueva vida. Como entrante, ¿cómo no? Dejaría de fumar. Comenzaría por desechar el café del desayuno y el cigarrito de después.

Sin embargo, al final del día, la conclusión no podía ser peor descrita: imposible. Abel estaba convencido de la existencia de la mala suerte, y por lo tanto, de sus malas artes. Ya no recuerda cuando lo pensó seriamente por vez primera, a considerarlo como un rasgo del carácter y asumirlo con digna resignación. La cuestión fue, que una vez obsesionado hasta la médula, la línea entre lo mentalmente correcto o incorrecto se distorsionó delante de sus narices, convenciéndose de ser un gafe profesional por la gracia de Dios.

Toda una vida de contrariedad y lucha interior, de Abel podrían decirse muchas cosas, pero no que fuera un flojo. Abel sacrificó cada minuto de su existencia en superar su maldición, la rehuyó, la descreyó, la desacreditó, la maldijo, la excomulgo, y todos sus esfuerzos cayeron en saco roto; imposible, se decía.

Sin novia, sin amigos, sin familia, la evidencia era de peso, en su compañía uno quedaba expuesto a todas las desgracias posibles.

Por respeto y ética moral, no caeré en la bajeza de exponerlas aquí para deleite de la morbosidad que genera el mal ajeno. Aunque bien pudiera llenar folios enteros, por las dos caras, de los avatares causados por su desaforado influjo, los dramas provocados por su mera presencia, accidentes, crímenes, enfermedades, suicidios; quizás como el menor de sus actos involuntarios, cuente la depresión profunda, o en el caso del mínimo roce con su ropa, transmitir una acelerada gastritis.

Me debo a mi oficio, sería deshonesto por mi parte, destapar sus turbios asuntos, resulta de una vida de complejas soluciones de supervivencia. Mi juramento me obliga a guardar silencio sobre las supuestas conexiones con pitonisas alcohólicas, hechiceros de medio pelo y brujas de alterne.

Como decía, aquí, en confidencia, Abel había madrugado, tal vez no durmió lo que hubiera debido, si bien, el cansancio no hizo mella visible. Arrancó el motor del coche a las siete en punto, con el informativo de la radio. En unos minutos era otro ataúd metálico haciendo carreras en la autopista del Mediterráneo, devorando kilómetros de asfalto.

Hora y media más tarde se hallaba en las calles del pueblo, sorteando el calor antes de que el sol ascendiera a lo más alto. Pasó por el banco a comprobar si las facturas vuelan, pero el interventor no se mostró comprensivo. Abel sabía, a ciencia cierta, que aquel gelatinoso ser enmascarado en un traje de lino oscuro, iba a sufrir un mal día, poco le importaba la forma, lo sabía, era suficiente.

A las doce veinte tenía hora con el especialista en el hospital, en casa ordenó un poco sus libros por hacer tiempo, apartó los que no leería ni atado y tras decidir tirarlos a la basura, los devolvió a su sitio.

Al ir sobrado de tiempo, fue a llenar el depósito de gasolina, lo cual era similar a pulirse la nómina del mes. La gasolinera abastecía a dos filas de vehículos, dos furgonetas y tres utilitarios, se colocó en la cola pensando que sería poco lo que esperaría.

Absorto en sus pensamientos, de súbito, un automóvil menudo pero pintoresco, se coló después de realizar una S y situarse delante.

Abel, de sangre caliente, increpó al conductor mientras filosofaba sobre su vida, el imán que poseía para los problemas.

El temerario conductor salió de su vehículo y se aproximó al de Abel sin dejar de soltar mierda por la boca. Era un elemento curioso, aunque no por único, había más con el mismo perfil y limitadas capacidades intelectuales. No quisiera parecer sarcástico con estos benditos, generaciones del futuro, pues ellos son inocentes de ser unos capullos integrales. Sin embargo, reitero la vulnerabilidad a la que viven sometidos, al acoso del consumismo, responsable de que los chiquillos vayan con malas compañías. Son marginados y ellos, en respuesta, roban, delinquen, arman bronca, beben, se drogan.

Abel no se inmutó ante las voces del muy hijoputa, impasible le echó una ojeada al colorido automóvil y esperó a que partiera.

Minutos más tarde, a unos tres kilómetros de la gasolinera, Abel observó los restos humeantes del accidente, el vehículo volcado con una de las ruedas girando aún, las ambulancias, la policía, los curiosos, el fiambre.

Encendió un cigarrillo con rabia cuando los dejó atrás. El retrovisor le devolvió la fatal escena empequeñeciendo. Imposible, maldijo en alto. Consciente de lo difícil que era dejar de fumar.

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3 comentarios leave one →
  1. JohnyJo McMakaloom permalink
    17/03/2009 21:16

    Me gusta como te expresas…tu blog es realmente intersante.

  2. 02/03/2009 11:05

    Las historias de carretera me gustan. Como las películas de carretera (y manta, si hace frío). Y su relato me gusta, pese a no ser fumador.

    Gracias por el comentario de Xanadu. Yo es que soy así, un tipo raro que le gustan cosas como éstas, incluyendo a Rafaela Aparicio y Gracita Morales. Pero lo de Xanadu se entiende porque soy un perdido fan de la E.L.O. y Jeff Lynne. Desde la primera casete que compré en 1978 (¡¡a mis 12 añitos!!). Muchas de las obras invisibles están hechas con el sonido constante de sus acordes martilleando mis oidos.

  3. 01/03/2009 22:01

    Buena historia, al menos de ese modo no le guarda rencor a nadie.
    Saludos!!!

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