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El Preso S/N

18/03/2009

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Llevaba demasiado tiempo para recordar cuánto. La celda de aislamiento había cumplido con su cruel objetivo, deshumanizar. No daría ni medio centavo por verme con este aspecto, el tacto me devolvía un vaga idea, los mechones blancos de pelo enmarañado, la largura espesa de mi barba, los huecos llagados de mi rostro.

Lo más terrible quizás fuera no recordar el motivo de mi desgracia, el porqué de mi desventura, pues con ello perdí la esperanza a la venganza. Tampoco si caí preso en  guerra o en  riña, si fui ladrón o traidor.

Mi único contacto con la vida era un plato de hojalata lleno de apestosa bazofia que se deslizaba por debajo de la puerta, el haz rectangular de luz al abrirse paso a través de la trampilla, el ruido de la bisagra oxidada, los pasos marciales de mis verdugos yendo y viniendo.

Sin embargo si estaba seguro de algo, me había hecho viejo en este agujero infecto, discutiendo con asquerosas cucarachas de las cuales después me nutría, contando millones de moscas, recitando versos y cantando canciones mientras me arrancaba los piojos de las greñas. Ya no recuerdo cuándo dejé de hacer eso.

La fatiga, el desaliento o la impotencia, invadió mi cuerpo conquistando mi voluntad, ya sólo me sostenía postrado en forma fetal, abrazado a mis propios huesos, como una esfera esquelética.

En un momento dado, me llegó a la memoria una leyenda sin autor, tiempo ni materia. Sin embargo, percibí la esencia recordando la odisea de un prisionero árabe que habiendo sido capturado por su enemigo turco, esperaba el amanecer para ser decapitado. Aquella noche el prisionero se concentró en dominar el sueño, en dirigirlo más allá de los sueños vulgares. De esta manera, el espíritu del hombre azul cruzó el cielo estrellado para visitar su hogar, vio y amo a sus hijos y a sus mujeres por última vez, se acercó al jardín y cogió la flor más extraña.

Al salir el sol, cuando le tajaron el cuello bajo los primeros rayos de luz, los verdugos descubrieron la más extraordinaria de las flores entre sus manos amordazadas.

Descifré la llegada de la anécdota como un mensaje del destino. Me entregué en cuerpo y alma, sin mover un hueso, apenas respirar si podía, concentrado en el viaje que iba a cumplir.

Transcurrieron semanas antes de que la puerta se abriera. Comprobaron mi yerta condición con un puntapié, como si el hedor que se desprendía del bulto rodeado de moscas no fuera una prueba irrefutable de mi partida.

Con el alma todavía flotando en la oscuridad de la celda, escuché a los guardianes debatir sobre el hallazgo de la flor, el pánico azuzaba su creencia en las brujerías de aquel lugar inmundo donde era imposible que brotara nada bueno.

El poder de la fantasía es implacable contra la inclemencia de los infiernos terrenales.

Pequeño Gran Pintor

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