Skip to content

Calibre 38

21/03/2009

evil-woman/Ilustración EduardBlanco

En el extremo del cenicero de cristal, un cigarrillo manchado de pintura de labios se consumía desintegrándose como un tubo cilíndrico de ceniza. A su lado una botella de whisky hacía la función de anfitrión para dos vasos con pedazos de hielo flotando en su interior. Estos objetos estaban cerca del borde de una mesa negra ovalada. La luz roja del techo se reflejaba en la superficie.

A un par de metros, enfrente mío, un tocador alumbrado por una carrera de bombillas; la mitad fundidas o apagadas. La melena negra agitada por dos manos ensortijadas caía suelta sobre la bata abierta de la mujer. Extendió una pierna, luego la otra y se quitó las medias. Después de apagar el cigarrillo, se giró hacia mí y reposó los antebrazos sobre los muslos abiertos, con la punta de los pies arqueados, dando un descanso a las plantas. Los zapatos rojos con tacón de aguja asomaban tirados bajo la cama.

¿Me pasas la toalla por favor?

Gracias cariño.

No dejó de mirarme mientras se secaba la piel, rociada de sudor. De súbito, lanzó el pelo negro entre las piernas, empujando la espalda hacia abajo con las manos apoyadas a las rodillas. En un segundo se reincorporó motivando un salvaje temblor en los pechos. Mi cerebro hervía como una olla a presión. No digamos en la entrepierna.

Entonces, sin levantarse del taburete, regresó al reflejo de su tocador. – ¿Quieres servir unos tragos? Ahí está la bebida.

Se frotó la cara con gajos de algodón que una vez manchados de rojo y azul tiraba a la papelera. Luego se desembarazó de las pestañas postizas y las joyas.

A través de mi vaso pude ver como se tomó el whisky de un trago, colocó los pendientes de ópalo y diamantes entre las horquillas, barras de labios, cepillos, perfumes, y una hilera de frasquitos brillantes. Me ofreció el vaso que no demoré en volver a llenar. Parecía tener un incuestionable deber por verse delante del espejo, contemplándose con dureza, la cabeza alta y la mirada altiva, inclusive amenazadora.

Al tercer trago sostenía el whisky entre las piernas estiradas, por encima de los muslos, y mantenía los ojos entornados hacia los dedos de los pies, prestando toda su atención al color de las uñas, un cigarrillo colgando de la comisura de los labios. Yo seguía acomodado en el sofá de la casa, impertérrito al juego de la gatita. Como un perfecto idiota en una situación discutible. Contratado de niñera a cambio de un fajo de dólares. No era trabajo digno para alguien como yo. – ¡Ni para ir a mear Carlitos! Ni para ir a mear. La acompañas tú. ¿Comprendido? – Todavía oigo las voces. La dama era una preciosidad, con unas piernas interminables, cintura de avispa y pechos de Diosa. Cómo describir la cara, la piel pálida, sin una peca, sin una arruga, los labios carnosos y rosados, pero ¿Y los ojos?, verdes como las esmeraldas que manejan los colombianos del Bronx.

Una escultura de carne y hueso que, harta de los negocios de su querido, el Boss de la familia polaca, le ponía los cuernos con el primer italiano que se cruzaba. Ésta fue la principal razón de la guerra entre los dos clanes del distrito. El cornudo tenía una lista negra de espaguetis asesinados y por asesinar. – Tú eres un tipo de confianza Carlitos. Conoces el respeto – Aún zumbaba en mis orejas su discurso, sentado ante un escritorio de oficinista en el centro de una nave industrial abandonada y pringosa, con un gorila del pueblo a cada lado, desertores del arado con menos cerebro que una gallina tuerta y más fuerzas que un buey de tiro. La verdad; sentía asco por el Polaco, por su negocio y por su vida en la ciudad. En cuanto a sus métodos, mejor no caer en sus manos. Despiadado sin escrúpulos, tenía a gala ocuparse personalmente de los asuntos más delicados sin obviar el dato de un pasado como charcutero en Polonia.

– ¿Me pintarías las uñas de los pies? Desde esa posición podría darte una buena razón para tus actos. – Dijo ella agitando los traviesos dedos del pie.

Mis actos. Los hombres quedan en el recuerdo por sus actos, las palabras se las lleva el viento. Pensé en las consecuencias de los actos y deduje que la vida depende del momento en que decides actuar por tu cuenta, cuando sientes con furia en tus manos las riendas tensas del destino intentando gobernar tus actos.

Accedí a su deseo que era el mío. Coloqué el 38 y el reloj de oro junto al cenicero.

Elegí el esmalte rojo sangre y me dejé llevar por la panorámica, el camino hacia el pecado que iba a consumar a placer. Soy víctima de mis debilidades, lo confieso y sé que mañana polacos e italianos sabrán que soy hombre muerto. Pero hoy, la mujer del Polaco, se enterará de qué pasta están hechos los hispanos.

Extendí mis manos hacia ella, la atraje con pasión, la besé y creyéndome vencedor me dejé vencer.


Anuncios
5 comentarios leave one →
  1. 27/03/2009 14:29

    Me quito el sombrero Eduard.No le sobra ni una coma.Nuestro amigo optó por la libertad de elegir y esta le llevó a una muerte segura.Hay pocas cosas que uno tiene claras en la vida.Cuando estamos ante ellas no debemos vacilar y menos en una novela.

    Chapeau

  2. 25/03/2009 23:51

    Ahmm , ¿qué tal? Perdón por ahberme demorado, realmete extenso “Rayuela” y si bien no terminé de leerlo por falta de tiempo, en cuanto termine “Guerra y Paz” de Tolstoi, le echaré una ojeada.

    El final de este cuento me recordó a un poema mío, Trofeo de Guerra.

    Aquí te lo transcribo 😉

    Me seducen tus palabras
    tus besos son el mejor arma
    con tus ojos has ganado
    la batalla entera
    Mi piel es tu territorio
    mi corazón tu prisionero
    tu trofeo de guerra
    Me enorgullezco de haber perdido
    y clamar tu victoria
    con mis suspiros todos
    y cada “te quiero” de mis labios
    con mis sueños perdidos y mi destino en tus manos

    ¿Por qué el rendirse ha de ser derrota?

  3. 23/03/2009 17:50

    Definitivamente quiero ser una chica mala. me encantan las “Chatis” de los retratos, y por supuesto, su relato en color sepia.
    Yo me veo incapaz de amasar una novela policiaca, me llenaría de harina en vano.
    En fin, le felicito a usted y le doy las gracias una vez más por leer mis alucinaciones.

    Saludos de Mesalina en viernes

  4. 21/03/2009 21:12

    Pues si cree que transmite, sepa que su nombre aparecerá escrito en la lista del Polaco, pero antes de pasar cuentas deberá dejar bien alto el pabellón de Tellerda.

    ¿Está dispuesto a palmar por ella, la más bella?

    Y lo mío ahí está, burlando unos naipes con el Diablo, apostando fuerte, resistiendo envites, echando faroles, resto contra la banca.

    Abanico de colores y que me traigan flores.
    Y mucha Hierba Buena para alegrar los corazones.

  5. 21/03/2009 16:24

    Tengo un amigo, que además es catalán, que cuando éramos adolescentes me dijo que al día siguiente de poseer a una diosa como la mujer del Polaco, moriría. No habría ya nada que hacer en la vida.

    Estupendo relato, bien llevado y transmite.

    ¿Cómo va lo suyo?¿entramos en capilla?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: