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TELEFÓNICA. Contrato Hasta Después De Muerto

23/03/2009

Todo empezó en el funeral del Patriarca. Nunca fui invitado al entierro de un desconocido y menos aún para ser contratado. La hija del fallecido era una dama atractiva, a pesar del luto riguroso que, para bien o para mal, le transfería un toque erótico. Nos acomodamos en el asiento trasero del Mercedes, con el adelanto de una suculenta cifra en el interior del sobre perfumado, la dama aseguró la urgencia del caso y me despidió como a un vulgar perro capado. Puta. Pensé instantáneamente.

El asunto pringaba a la industria de telecomunicaciones más grande del país. Al principio me reí de mi ingenuidad por haber aceptado mientras me imaginaba los pechos desnudos de la triste huerfanita. Mala puta, pensé. Sin embargo, a medida que fui ojeando los informes que me hizo llegar, mí falta de sentimentalismo pareció sufrir un brote primaveral.

Telefónica era la compañía más denunciada del país, amontonaba miles de causas en los tribunales. Con todo, continuaba siendo la mayor beneficiaria del grupo de comunicaciones. Desde los tiempos de la dictadura; puta dictadura, pensé. Revisé los sueldos de los directivos, de los consejeros, de los secretarios, de los vicepresidentes y de los presidentes. Apestaban. Tomé una ginebra para poder digerir tanta mierda. Hice números, busqué estadísticas de fallecidos con contrato, comencé a sumar y me dieron las Campanadas.

El negocio engordó con las últimas tecnologías, entretejiendo una trama financiera diseminada con grupos empresariales que contrataban otros grupos empresariales, éstos funcionaban por departamentos que derivaban en otros departamentos dirigidos por otras compañías.

Si bien, mi contrato con la dama sólo hacía referencia al agujero económico generado a costa de los difuntos.

Cansado del papeleo, me di un respiro para la segunda ginebra y relajarme un poco. Al encender la televisión y ver con los anuncios de Telefónica Movistar, con la peña dando botes de alegría por usar sus móviles, publicitando tarifas más falsas que las ofertas de las agencia de viajes, sentí nauseas.

Sin embargo la realidad era todavía más cruel. La compañía telefónica continuaba cobrando la permanencia de los contratos sin la homologación de Dios, a los vivos y a los muertos, a los herederos, a los nietos, a las futuras generaciones.

– Tiene una factura electrónica a nombre de su tatarabuelo – Sin escrúpulos, sin vergüenzas, sin pestañear.

Decidí investigar por la red, creí que encontraría ayuda en internet, cuando para mi enorme sorpresa descubrí un torrente interminable de denuncias y declaraciones de personas a las que la compañía acusaba de morosidad por negarse a costear la permanencia de los contratos de sus recién fallecidos. Utilizando tretas para impedir recibir físicamente documentos tales como el acta de fallecimiento, ofreciendo direcciones falsas en sus páginas web, respondiendo con sutiles artificios vía telefónica, con operadores recitando de memoria sus excusas y derivando a los usuarios a otros departamentos, obviando cualquier tipo de pésame para, con un júbilo permanente, recordarle a uno el deber de continuar sufragando la permanencia del contrato en las dos vidas.

Hice unas llamadas que me costaron un riñón y resultaron tan estériles como el cenicero de mi moto. En una ocasión estuve cerca, una vez averiguado el domicilio social, envié un fax certificado, pero habían vuelto a cambiar la dirección y Correos lo devolvió. El suculento adelanto comenzó a parecerme no tan suculento y me sentí como una estúpida perdiz coja en una batida de cazadores borrachos. Hijoputas, pensé.

La prensa me dedicó la primera página y el titular: Periodista ahogado en la bañera de su casa. Durante el entierro, unos hombres de trajes a medida, con el pelo engominado y brazaletes negros, abordaron a mis familiares y amigos, interrogándolos para averiguar quién iba a responsabilizarse de la permanencia de mi puto contrato.

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6 comentarios leave one →
  1. 25/03/2009 11:52

    Tú lo has dicho amigo eduard, hijoputas, pero de los buenos y auténticos, ellos y el resto de corproraciones sanguijuelescas que nos sangran hasta por ir a mear. Empiezas pensando en las empresas de telecomunicaciones, pero es que luego te vienen a la cabeza las aerolineas, los bancos, las cajas… y luego pìensas en la película “un día de furia”
    Siento no haber pasado esta última semana, un saludo

  2. 25/03/2009 10:58

    Vamos a ver, Señor Blanco y Señorita Morales: ¿No tienen otra cosa mejor que hacer que escribir y mandarse comentarios cuando deben tres meses de contrato de la Sacrosanta Compañía Telefónica Nacional de España? Como cobrador, les prohibo el parloteo y que en un plis plas nos paguen lo que deben o les inundaremos sus móviles y blogs con anuncios de “nuestra verdad revelada”. Ea.

  3. 25/03/2009 10:53

    No todos los David pueden con Goliath… eso es UNA historia épica, y dificilmente repetible. Yo ni le cuento mis peripecias con Telefónica… solo decirle que estoy con BT, y eso que odio a muerte a los ingleses…

    De todas formas… ¿qué se puede esperar de un tipo que lleva tapicería de leopardo en el coche?

  4. 25/03/2009 10:24

    Mi primer coche fue un Renault 12 amarillo con el techo negro. No llevaba retrovisores laterales porque cuando lo fabricaron tráfico no obligaba a llevarlos. La tapicería de los asientos emulaba la piel de leopardo. Le instalé un interruptor para elevar la antena de la radio. Pura tecnología punta.

    No recuerdo nada más hortera ni más vergonzoso.

    Me saludo a mi mismo ya que estoy aquí.

  5. 25/03/2009 9:42

    Tiene usted razón, estoy anticuada, parezco un seat panda con la tapicería forrada de escai.
    Voy a tener que salir a la calle y golfear un poco.

    Saludos de Marisol retirada

  6. 24/03/2009 10:41

    Debería contratarle telefónica para una de sus “Putas campañas publicitarias”
    Tiene razón en todo.
    La frase que más me ha gustado ha sido: “El cenicero de mi moto”. Genial.
    El macarrismo le sienta a usted de muerte.

    Saludos de factura infinita

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