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El Blues de Teddy Wilson

29/03/2009

bluesblog

En el despacho del Miami-Palace, Teddy Wilson supervisaba la recaudación, en la mesa de trabajo además de las carpetas, había un vaso sucio y un viejo revólver del 38. Así, en esa austeridad a media luz, cualquiera diría que dirigía el club más grande de la costa Este, a pocos kilómetros de Philadelphia, donde futuras estrellas del Soul se daban a conocer cada sábado noche.

Lo crió su abuela materna en una recolectora, la madre lo abandonó al tenerlo con 15 años. Ningún hombre reconoció la paternidad. A los 8 años, Teddy Wilson, coronaba su frente del sudor conque había de ganarse el pan, como un negro más. Educado en la plantación de algodón, donde esclavos de color trabajaban para el hombre blanco de sol a sol. Escuchando el lamento de su pueblo, las tristes canciones de cada atardecer. A los 16 huyó del sur.

Teddy viajaba una vez al mes con el camión y un par de muchachos, Indianápolis, Memphis, New Orleans. Volvía con paletos a los que convertía, de la noche a la mañana, en estrellas del mundo del Soul. ¡Qué buen tipo ese Teddy! Decían los negros de los campos. Mira que automóvil cariño, lo gané por cantar para Teddy. ¿Viste que traje hermano? Teddy me envió el sastre. Dios mío, que casa, ¿Para mí, Teddy? ¿En serio?

Teddy Wilson no pensó que otros hombres de color podían llegar a pensar tanto o más que él. Incluso llegar más lejos que él. Siempre llevaba consigo el 38, eran tiempos difíciles y el mundo iba armado.

Llegaron de Chicago, ocuparon las mejores mesas y gastaron su dinero en el Miami-Palace, aunque ello no fue suficiente para engañarlo, Teddy olía problemas y aquellos negros elegantes, con gestos engreídos y rostros arrogantes expresando impenetrables conspiraciones, no le agradaron. Eran los negros de las grandes ciudades.

En pocas semanas Teddy perdió a sus mejores músicos, a las cantantes más prometedoras, a las bailarinas que explotaba a cambio de comida y cama. Supo el porqué y exigió una explicación a sus hermanos de la gran ciudad.

¿Por qué hacéis esto? Os habéis llevado a mis mejores artistas, me habéis arruinado. Llegasteis con vuestros automóviles de lujo, mirando por encima del hombro, os servimos con hospitalidad.

Sabemos quién eres y de dónde vienes. Así que quédate en paz y recuerda que le hiciste un favor a Charles Meeker de Chicago.

Respondió el más alto a punto de subir al Cadillac negro. Rodeado de los otros tres emperifollados, con sus abrigos largos, lustrosos zapatos y lanzando esas miradas de perdona vidas.

Teddy Wilson oteó a ambos lados de la calle, estaban en la parte trasera, en la zona de descargas. Era domingo por la mañana y el cielo estaba gris. Los que no dormían la resaca habrían ido a la iglesia con sus familias.

El negro aludido probó de hablarle, pero antes de poder decir nada resultó que no supo cómo porque el 38 le había borrado la boca de la cara. Los otros tres, paralizados por la escena, se dejaron disparar en las cabezas. Aún le sobraron un par de balas con las que hizo fuego para que unos chiquillos curiosos huyeran de la esquina.

Teddy Wilson, el niño criado en una plantación de algodón, aprendió los métodos de sus hermanos de las grandes ciudades, primero se hizo un nombre y luego una leyenda. Configuró su reino en la ciudad de Philadelphia con un par de restaurantes y unos estudios de grabación. También agrandó el Miami-Palace, todo menos su despacho, donde ahora contaba los dólares que ganaba con sus artistas enganchados a las drogas o necesitados de su apoyo legal para pagar las fianzas a los jueces, los sobornos a la policía o los chantajes de los amantes.

Noche tras noche la sala fue llenándose de blancos, Teddy había oído algo sobre italianos e irlandeses. Sin embargo, le quitó importancia al asunto, acababan de bajar de un barco que llegó de Europa. Una noche, uno de ellos le ofreció protección y Teddy le hizo echar a patadas.

Cuando Teddy Wilson, el hijo de esclavos, percibió la corriente de aire, ya fue tarde. La ráfaga le alcanzó de lleno, haciendo brincar los billetes mientras el plomo de las balas sacudía su cuerpo en una electrificada convulsión, hasta el vaciado completo de la Thompson.

Dios no acudió al funeral. Sólo un Padre negro y un enterrador mulato anormal. Amén Teddy Wilson.

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3 comentarios leave one →
  1. 04/04/2009 15:43

    No es que dios no fuese al funeral,es que en tus textos dios no existe en absoluto.Tus personajes enfrentan el mundo ellos sólos.No valen refugios ni moralejas.La vida y la muerte se dan la mano.Todo o nada.Blanco o negro.

    ¡Viva el blues!

  2. 31/03/2009 7:46

    La norma es que disfrute con sus relatos pero cuando entra usted en estos ambitos propios de novela negra, en blanco y negro, con 38 y Thomson escupiendo plomo… ¿qué puedo decir?… ¡¡quiero más!! Estupendo como siempre,
    un saludo

  3. 29/03/2009 21:30

    Cuanto más le leo, más de doy cuenta que soy un burgués y que no he sabido vivir la vida en el sentido amplio. Y entre esta tristeza, carestía o reprimenda, me digo que cuando menos tengo sus textos que me aportan algo se sabor.

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