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Lolita Mata Hari

06/04/2009

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Cinco automóviles negros compusieron el fúnebre cortejo. En el segundo, escoltada por un par de gendarmes y con las ventanillas cubiertas, viajaba la mujer que había revolucionado las noches de París a principios del siglo XX.

Amanecía cuando se enfrentó al siniestro poste clavado en el santo suelo. Batieron los tambores, sonaron las trompetas y la tropa presentó armas. Era 15 de octubre de 1917.

Posiblemente le vino a la memoria su espectáculo más famoso, interpretando a su Reina, en Sumatra, danzando entre raras esencias orientales y caracolas de humo, despojándose de los suaves velos que apenas cubrían su cuerpo hasta quedarse desnuda.

¿Cómo había podido pasar? Siempre los caprichos del destino, porque Margaretha Gertruida Zelle, hija de artesanos holandeses, no era oriental, ni tampoco bailarina, sin embargo poseyó un cuerpo que la esclavizó, sueño y pesadilla de tantos hombres, y que ninguno de ellos reclamó cuando el pelotón lo llenó de plomo. Una lolita precoz, pues siendo todavía una niña, tuvo que separarse de su familia a causa del acoso de un maestro de la Escuela de Institutrices de Leyden e irse a casa de unos tíos en La Haya.

Cuentan que llevó su pantomima a lo más alto, pero que durante el estreno de una ópera en Monte Carlo, críticos y primeras bailarinas expresaron su rechazo unánime, apagando la estrella de la Ciudad de la Luz. Se negó a tener un papel secundario y se refugió en el Wintergarten berlinés. En 1915, el Intelligence Service británico la marcó cual espía en activo.

Nada existía en ella que pudiese opacar su amor por el dinero, las joyas, los vestidos, el lujo. Quizás fuera por despecho el odio contraído en París, la ciudad que la coronó para luego hundirla, tal vez los alemanes vieron la oportunidad. Al año siguiente, visitó varias veces Madrid, causa que motivó su detención por los Servicios de Seguridad franceses. Su pretexto para viajar siempre fueron sus andanzas amorosas con los hombres.

Las peticiones de indulto cayeron en saco roto. Se despidió de los presentes y caminó sola hacia su muerte. No quiso que le vendasen los ojos mientras se situaba ante el poste donde la ataron. Sonó la descarga y se quebró por el talle, sonó el tiro de gracia y originó la última sacudida en aquel cuerpo hermoso ya sin vida, entonces sonó la voz atronadora del secretario del proceso:

¿Nadie reclama el cuerpo del reo?

Nadie lo reclamó.

Un furgón negro del Ministerio de Justicia Francés se ocupó del cadáver.

Aquí terminó la historia de Lolita Mata Hari, bailarina y espía con bandera propia.

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One Comment leave one →
  1. 07/04/2009 8:51

    Sin duda la frase es: “Sonó la descarga y se quebró por el talle, sonó el tiro de gracia y originó la última sacudida en aquel cuerpo hermoso”.

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