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Quinta Planta. Enfermedades del Alma (2ªParte)

12/04/2009

Ilustración /Eduard Blanco

Ilustración /Eduard Blanco

Me presenté el día y la hora que me notificaron por teléfono. Fuera llovía con ganas y yo andaba resfriado, razón por la cual sentí destemplanza en el cuerpo y un picor que me provocaba una tos insolente y molesta en la garganta.

Pese a las precauciones tomadas por el mal tiempo, llegué al hospital empapado. El viento disponía la lluvia en corrientes horizontales de impactantes agujas doradas. Era como si, de charco en charco, me hubiese guarecido bajo un paraguas de papel.

Desde de la última visita con aquel médico loco que me recetó recitar antes de las comidas, no había vuelto hasta hoy. Paradójicamente aconsejado por el descerebrado Matasanos.

El ascensor me subió a la quinta planta, Enfermedades del Alma, anunciaba el cartel colgado del techo.

En esta ocasión parecía tratarse de un profesional, pues después de auscultarme el pecho con el estetoscopio se quedó mirándome fijamente mientras pensaba. Entonces, se levantó de la silla y me abrazó después del consiguiente diagnóstico:

Considerando en frío, imparcialmente,

que el hombre es triste, tose y, sin embargo,

se complace en su pecho colorado;

que lo único que hace es componerse

de días;

que es lóbrego mamífero y se peina…

Considerando

que el hombre procede suavemente del trabajo

y repercute jefe, suena subordinado;

que el diagrama del tiempo

es constante diorama en sus medallas

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,

desde lejanos tiempos,

su fórmula famélica de masa…

Comprendiendo sin esfuerzo

que el hombre se queda, a veces, pensando,

como queriendo llorar,

y, sujeto a tenderse como objeto,

se hace buen carpintero, suda, mata

y luego canta, almuerza, se abotona…

Considerando también

que el hombre es en verdad un animal

y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…

Examinando, en fin,

sus encontradas piezas, su retrete,

su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo…

Comprendiendo

que él sabe que le quiero,

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

Considerando sus documentos generales

y mirando con lentes aquel certificado

que prueba que nació muy pequeñito…

le hago una seña,

viene,

y le doy un abrazo, emocionado.

¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…*

Reconozco mi desconcierto. Lo primero que pensé fue que era víctima de una broma entre médicos, lo segundo que estaba en un manicomio, lo tercero que debía salir zumbando, como le diría una abeja a otra.

Zafándome del abrazo, huí apresurado, con el corazón en un puño, emocionado por los versos que inspiraban mi enfermedad.

(*Poema de César Vallejo)

PD. Para que el azul de las rosas no se destiña.

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3 comentarios leave one →
  1. annefatosme permalink
    13/04/2009 14:14

    Al ver la ilustración he estado a punto de dar marcha atrás, asustada por la visión, hecha realidad, del hombre del saco, visitante indeseable de mis pesadillas de niña trasta. Afortunadamente la curiosidad pudo al miedo. La última frase” emocionado por los versos(muy bellos por cierto) que inspiraban mi enfermedad” me parece absolutamente poética.

  2. 12/04/2009 23:18

    A mí también me pica la garganta, ¿estaré empezando a volverme mochales?

    Saludos de gota

  3. 12/04/2009 22:56

    Creo que ya lo había mencionado, pero me encanta esa poema de Vallejo y lo repito 🙂

    “Comprendiendo
    que él sabe que le quiero,
    que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…”

    ¡Gracias!

    Ten por seguro que tendremos flora azul para rato… 😉

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