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Lady Sings The Blues (El día que conocí a Lady Day)

19/04/2009

 I/EBlanco

Ilustración/EBlanco

El recibidor de la mansión de Tim Walker, las paredes de madera y el suelo enmoquetado, cuadros renacentistas y jarrones chinos, hacía que uno se sintiera el más pobre de los hombres. Estaba allí de parte de mi tío Louis, el dueño del UptownJazz, en Brooklyn.

Tenía la misión de lograr una firma para el nuevo local que mi tío quería abrir en el Bronx. Para ello necesitaba el permiso de Tim Walker. El UptownJazz hacía aguas, los fines de semana se llenaba de italianos e irlandeses, los cuales además de armar bronca impedían tocar a los músicos si éstos eran negros.

Tim Walker no quería una guerra bajo ningún concepto, aunque supiera que con el transcurso del tiempo uno de esos chicos estúpidos dispararía un arma y la ciudad prendería como si hubiera llovido gasolina. Mi tío me confió que Tim Walker era la solución a nuestros problemas, que le mostrara nuestros respetos con el 20% del negocio por escrito, él nos protegería.

La silla donde esperé resultó tan confortable que casi pierdo la compostura echando una cabezada. Por fortuna llamaron a la puerta y el criado, bajo la rauda supervisión del gorila, abrió. Una mujer negra entregó de la mano a una niña de igual color sin cruzar una palabra. Tampoco habló nadie cuando cerró la puerta, la mujer desapareció como vino, el gorila regresó a su rincón, y el criado, con la niña de la mano, entró, después de llamar con los nudillos, a través de lo que sería examinado ojo avizor, un gran despacho. A los pocos minutos el criado salió con la esquelética figura que personificaba, un maniquí lavado en seco.

lady2La espera, junto con la entrada de la niña, comenzó a ponerme tenso, sin quererlo yo, mi imaginación bosquejó su aspecto, una joven negra como tantas, con los pechos florecientes abultando bajo el vestido viejo, guapa, de ojos pardos y piel brillante; cuando al fin resolví, no sin pocas contradicciones, que habrían traído a la pequeña para limpiar, oí los gritos. Me despejé al instante, por el resquicio de un espejo vi al gorila reflejado a mis espaldas. Los gritos se repitieron. La sombra del mastodonte seguía esperando mi reacción.

Me crié en las calles de Brooklyn, crecí entre mi casa y el local del tío Louis. A falta de una madre tuve el cariño de las chicas y aprendí algo que ellas nunca se cansaban de repetir: Aunque fueras una prostituta, no te gustaría que te violaran. Es lo peor que puede ocurrirle a una mujer. Y ahora le estaba ocurriendo a una cría menor de trece años.

“Esta relación nos conviene mucho. He estado esperando durante más de veinte años, ahorrando dólar tras dólar, soportando las cabronadas del hijoputa de Walker, su arrogancia y sus amenazas.”

– No te preocupes tío, iré yo a que firme los permisos. Tengo el coche abajo. No tardaré más de dos horas. Volveré con la firma y lo celebraremos como en los viejos tiempos. – Pobre tío Louis.

Mi tío se ocupó de mí manteniéndome lejos de esta mierda. Enviándome a la universidad de Búfalo. Me licencié en Medicina gracias a él.

38sSabía que en cuanto levantará el trasero asomaría el gorila, seguro que armado. Escogí el jarrón que me pareció más milenario y me incorporé para decir que no podía esperar más y me marchaba. Mis palabras confundieron sus órdenes, entonces aproveché la ocasión. El jarrón se hizo añicos contra su cabeza; mientras se tambaleaba intentando comprender lo ocurrido, empuñé el 44 de su sobaquera y rematé la faena de un culatazo.

Nunca había matado a nadie, siquiera disparado un arma. Quería ser médico y la sangre (Guárdenme ustedes el secreto) me mareaba. Me aproximé a la puerta, al punto de girar el pomo con la mano izquierda, el instinto me abordó y alcé el brazo armado contra el pasillo por donde corría el criado con cara de cera con una escopeta del doce. Le metí tres balazos y ofreció un par de volteretas antes de quedarse sentado en el suelo completamente inmóvil. Lo que alcancé a ver al abrir la puerta, me avergonzó de ser humano. Arranqué a la niña de entre las zarpas de Walker, quien no tuvo más oportunidad que la de cegarse con el fogonazo del 44 delante de los ojos.

La mansión ardió por los cuatro costados. En las calles se declaró una guerra entre mafias que motivó la caída de políticos y policías corruptos, en consecuencia la inauguración del local en el Bronx fue un hecho.

– ¿Quién eres? – Le pregunté. – Me llamo Eleonora y soy de Baltimore.

En ocasiones, cuando la escucho por sorpresa, cuando recuerdo aquel día, recuerdo como sonaba la voz de Billie Holiday de niña.

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2 comentarios leave one →
  1. 20/04/2009 9:33

    Me encanta.
    ¿Qué nombre debieran tener este tipo de relatos que he visto practicar tanto a escritores que admiro?

  2. annefatosme permalink
    19/04/2009 21:55

    El escenario me recuerda un hotel de Chicago donde se reunían los mafiosos y donde me alojé una vez. Verdad. Me gusta Billie Holiday. Verdad.
    ¡Que pena hoy no hay ficción!
    Un saludo de una asesina en serie

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