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El Padre Fermín

24/04/2009

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Los niños jugaban el partido de fútbol en el patio durante la hora del recreo vespertino.

La Maestra y el Padre Fermín gozaban del encuentro como el que más. La una sin cesar de animar, el otro arbitrando y conteniendo las inevitables disputas.

El edificio de dos pisos encuadraba el terreno de juego. Abajo los talleres, arriba las aulas. A pesar de la contradicción, el bullicio de las voces infantiles era un esparcimiento único, hermoso y divino. Pues apenas quedaban niños a los que enseñar.

Diré el porqué.

La verdadera competición la libraba el ejército salvadoreño contra los campesinos organizados del FMLN.

Esto comenzó en 1.980, una protesta agrícola que acabó como el rosario de la Aurora. Una guerra civil que iba a durar doce años.

Para engrosar el bajo índice de reclutamiento, el gobierno del Salvador otorgó una patente de corso al ejército nacional. Los militares barrieron pueblos y aldeas en busca de niños para el alistamiento obligatorio a partir de los diez años de edad.

Las escuelas, entonces, resultaron el objetivo más vulnerable, porque allí se evidenciaban los miedos de las madres para decidir entre la educación o la libertad, la ignorancia o la clandestinidad; los riesgos de cada una de las opciones. Si bien, todas tenían en común el poner en peligro la vida de sus hijos.

El pueblito quedó sin hombres jóvenes para trabajar la tierra. Vivíamos de las sobras de la siembra de maíz, porque el mayor beneficio iba a parar a las arcas de los terratenientes protegidos por el gobierno.

Las comadres contaban historias sobre el ejército yanqui. Acusándole directamente de nuestras desgracias. Maldiciendo sus chicles y su chocolate.

Lo cierto era, que debíamos cumplir los toques de queda rigurosamente, no cambiar ninguna ruta, por corta que ésta fuera y, de noche, no exponernos nunca a las ventanas.

Había noches en las cuales estallaban revueltas en los caminos y senderos que rodeaban las casas. En pocos minutos el cerro se convertía en un hervidero de combatientes, sombras disparando un AK47 o lanzando granadas de mano, una orquesta de explosivos y tiros iluminando las sombras enemigas.

En casa, nos refugiábamos bajo la mesa, mientras mamá, veloz como una motocicleta, soplaba las velas y cubría las ventanas con los colchones. Celeste, mi hermanita pequeña, lloraba con las manos en los oídos y los ojos cerrados con fuerza. Se calmaba al sentir el regreso de mamá.

Bien quietos, escuchábamos las voces de afuera, las ráfagas de metralleta, las maldiciones de unos y otros. Las madres gritando el nombre de sus hijos.

Las balas perdidas impactaban en los colchones, algunas los atravesaban yendo a parar a cualquier rincón. Oíamos sus silbidos cruzar la casa, rompiendo cosas o mordiendo las paredes.

A veces, durante los tiroteos, mamá nos cantaba una canción linda. O Arielito, mi otro hermanito, le hacía carotas a Celeste. Conseguía ponerse tan feo que acabábamos riendo los cuatro, acurrucados como pollitos bajo la mesa.

Papá murió hace casi un año. Emboscado por un chivatazo. Dijeron que eliminado por un escuadrón de la muerte contratado por el terrateniente. Desde entonces mamá se siente muy sola, aunque no lo diga, pues para no decir, dice que no le quedaron lágrimas para llorar.

Se la ve preocupada por mi cumpleaños. Cumpliré los once. Seguramente me preparará una fiesta y me hará una tarta con nueve velas. Un pacto secreto tengo con ella. Diremos a todo el mundo que cumplí los nueve.

Lo que no entiendo es cómo puede ser capaz de engañar al padre Fermín, que fue quien me bautizó. El pobre debe estar perdiendo la memoria.

Un día los soldados le dieron una paliza por interponerse a un reclutamiento en la escuela. Los niños fuimos testigos de lo ocurrido; le golpearon en la panza y la cabeza a patadas y culatazos. Será por eso que no le funciona bien del coco.

¿No creen?

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6 comentarios leave one →
  1. 07/05/2009 23:29

    La esencia de felicidad es de y para la infancia, superada ésta, se acabaron los columpios. Peter Pan se afeita y toma carajillos, se rasca los cojones y le tira los trastos a las gachis.

    Yo mateix

  2. 07/05/2009 20:54

    Una de las pruebas concluyentes que demuestran el fracaso de la condición humana es que hemos creado un mundo que no es para los niños.

  3. 24/04/2009 16:13

    Una tragedia cotidiana, los niños involucrados en las guerras civiles por toda la redondez de esta tierra caliente, húmeda y a veces cruel. Una tragedia inevitable, por lo demás, pues las guerras son pan cotidiano y los niños no pueden hacer otra cosa que crecer entre las balas que silban por su barrio y su casa.

    Un relato con corazón, señor Eduard, una voz infantil que resuena en su pluma. Un saludo.

  4. annefatosme permalink
    24/04/2009 14:47

    El amor de la madre por sus hijos descrita con hechos y no dicha con palabras, la complicidad de los hermanos, las muecas de uno para sacarle a la hermanita asustada unas risas, y todo esto debajo de una mesa, forman una escena enternecedora descrita con una sensibilidad contenida y potente. Como Fanou solo puedo decirte cuanto me ha gustado.

  5. 24/04/2009 14:08

    Lo mismo digo, crudo como la realidad que se vivía (y vive) por aquellos lares. Muy bueno amigo Eduard, me ha encogido el corazón y eso está bien.
    Un saludo

  6. 24/04/2009 10:57

    Me ha gustado mucho.

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