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Comodín Mortal

28/04/2009

tarot_la_muerte

Frente al Canódromo se concentraban los bares donde apostar era como fumarse un pitillo. En los Maños, además de hacer un pulpo a la gallega de infarto, al fondo de la barra se abría una pequeña sala familiar con cuatro o cinco mesas para las timba.

Toda aquella zona estaba impregnada del ambiente del juego, los asiduos lo eran también al servicio de hostelería, puesto que la mayoría se pasaba el día entero allí.

El Charly repartía cartas por dos razones fundamentales, la primera, estaba pelado, la segunda, cuando la partida se juega fuerte es preferible alguien ocupe el puesto de repartidor y la banca.

Al Charly nadie le conocía demasiado, era joven, sabíamos que tenía un bebé porque habíamos visto una escena matrimonial, en la cual la parienta vino a buscarle  recriminando su falta de responsabilidad, sabíamos también que estaba pillado con el burle. A veces, cuando ganaba, se agenciaba un poco de material, sin embargo la forma con que contaba los billetes delataba una necesidad vital. El vicio limitaba sus esfuerzos para buscarse un empleo honrado.

El beneficio de tirar las cartas resultaba más bien escaso, con todo, es costumbre un detalle generoso de parte del ganador, dependiendo siempre del quién y el cuánto.

El Valencia era criminal de la vieja escuela, chungo y peligroso, calvo, flaco y una cara con señales de viruela mal tratada. Después de perder unos cuantos cientos en los Perros, bajó a los Maños con la santa intención de recuperar. Cuatro jugadores y un repartidor.

También el Valencia dependía del dinero que manejaba, para dormir, alimentarse y burlar. Con varias entradas al trullo, estaba curtido en buscarse la vida a tumba abierta.

Las cartas cantaron entre copas y el humo del tabaco. El Valencia se resintió de un par de envites, entonces envalentonado sacó un hermoso fajo de billetes verdes.

– ¿Adónde vas mil hombres? – Exclamó el Charly.

– Tú a dar cartas y a chapar la boca, que eres muy joven para tratarme con estas confianzas.

– Perdona viejo, no te pongas nervioso.

El Valencia miró al Charly con ralo desafío, acompañado por un silencio incómodo y pegajoso.

– Bueno, qué ¿Hemos venido a jugar o qué? – Dijo uno de los participantes. El dueño del local manteniendo el tipo, cruzado de brazos, apoyado al marco de la entrada a la sala, justo al final del mostrador.

El Valencia volvió a intentar un farol, doblando y perdiendo. Rabioso se giró hacia el Charly, éste sostuvo la mirada unos segundos hasta expresar su burla.

– ¿Qué pasa Valencia? ¿Malas cartas? ¿Crees que te tocó el gafé?

– Te voy a matar, maricón.

– Eh, eh, cuidado Valencia. No te confundas. Si no sabes perder, ábrete; pero no me toques los cojones.

– Me has dado malas cartas.

– Vete a la mierda gilipollas.

Los dos hombres se levantaron al unísono, como bestias encolerizadas prestas a devorarse a mordiscos. El Valencia era flaco y bajo, el Charly era alto y pesaba noventa kilos. El primero cogió el autobús a San Fernando haciéndose humo con raras prisas.

– Joder con el tipo – En la mesa resbalaron los comentarios y las opiniones, las incógnitas y las risas, una ronda de copas, cigarrillos y un poco de paz, ahora ya pasó.

Cuando el dueño de los Maños ocupó la vacante para terminar la partida; bajo el umbral de la entrada apareció la estampa del Valencia deteniendo el tiempo. Los presentes, sorprendidos, permanecieron inmóviles y a la expectativa. El recién llegado caminó apresurado hacia la mesa, rodeándola hasta quedar a la espalda del Charly. Ante el estupor de los que alcanzaron a verlo, el Valencia alzó en vertical un revólver por encima de la cabeza del Charly y disparó tres veces. El dueño del local se abalanzó hacia el contador de la luz apagando ésta al golpear el interruptor general, ordenando tirarse al suelo. Sometidos a la oscuridad oyeron ruidos de sillas revolcándose y un par de disparos más, cuya cercanía los alumbró en cuerpo y alma. La luz exterior recortó en el marco de la puerta la figura del Valencia dándose a la fuga.

Esta historia no requiere moraleja ni similares, pues quedó la viuda sola y el niño sin papá. Después de reconocer el cadáver, juré no volver a burlar. Pero, como siempre, mentí.

Quince años más tarde, el Valencia disfrutaba, sin un atisbo de mala conciencia, de un permiso carcelario. Estaba en la fila de la taquilla del Canódromo cuando un adolescente le arrebató la vida a tiros.

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3 comentarios leave one →
  1. 29/04/2009 7:42

    ¡¡Menudo personaje bautiza usted con el nombre de mi ciudad!! Como siempre he disfrutado leyéndole. Cuídese de las burlas y el burlar que ya se sabe lo que traen. Un saludo entre paseo y paseo.

  2. 28/04/2009 13:51

    Estoy gastando en tonto tiempo y dinero siguiendo un curso de criminología. Eres un maestro desenvolviéndote en esos bajos fondos.
    Anda, ponte bueno, me tenías preocupada. Aunque, por otro lado, estando enfermo me echas unos piropos literarios que me cosquillean agradablemente el ego!
    Por cierto acabo de ver una exposición de fotos se Arthur Fellig. Muchas de ellas me han recordado el ambiente de tus relatos.

  3. 28/04/2009 12:12

    Me parece a mí que alguna moraleja si que se vislumbra…

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