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103, Magno, Veterano y Soberano

09/05/2009

ÓleoDigital/EduarBlanco

ÓleoDigital/EduardBlanco

bruja

En mi tercer matrimonio vendí la poca dignidad que me quedaba a una verdadera bruja. En un principio, a causa de mi principal ocupación consecuencia de mi profesión, deduje lo de la magia basándome en extravagantes indagaciones, una ensalada de alcoholismo intrépido y libros impresos para gente como yo; todo ello germinado a partir de la media noche de cualquier día de la semana.

Mi apellido procedía de orgullosa estirpe; por mis venas, además de vino barato, fluía la sangre de grandes hombres cuyas biografías jamás me llamaron a la curiosidad. Tal vez las indumentarias que lucieron para los retratos de la biblioteca, los portes, la ostentación de poder. Más me interesó imaginar la vida de los artistas que pusieron sus pinceles a sus órdenes, embelleciendo jorobas, defectos, verrugas o simples fealdades. Adornando partidas de caza, con jamelgos embravecidos en temas ecuestres, con hermosas sugerencias asomando de los engarzados vestidos femeninos, elevados a la divinidad inmortal de las obras de arte.

En la actualidad, si tengo algún tipo de interés, sería, hablando con la honestidad de un borracho declarado oficialmente, su valor material.

Durante los últimos años, la relación con mi familia trató sobre la herencia y adelantos de la misma. Pues, aún sin venir a cuento, el viejo llevaba muriéndose más de un año, víctima de un infarto cerebral, incapacitado para valerse por sí solo. En resumen, un vegetal que necesitaba ayuda hasta para tirarse un pedo. Acechado por los familiares cercanos, quienes como famélicos buitres atienden pacientes desde las alturas el trágico despeño del osezno perdido.

Pero alto ahí, tengo excesiva facilidad para perder el hilo en una conversación. Falta de concentración. Y con unas copas, me voy de Guatemala a Guatapeor. Ello dice algo importante de mí, soy un beodo honesto. Lo sé, eso ya lo dicen. Sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. Que estupidez, los niños son aprendices de brujo, si los adultos mentimos hasta cuando decimos la verdad y los niños se educan, básicamente, con la imitación. ¿Qué no dirá un chaval al ser atrapado con las bragas de la hermana de un amigo?

Abordando el asunto que nos atañe, el cual recuerdo por encontrarse unas líneas más arriba, descubrí en Lucia una bruja. Ya. Un delirio, pensarán, no les culpo. Tampoco aconsejaría su compañía, aún con sus curvas impresas en mi retina, virtuosa como una princesa, lujuriosa una prostituta. Malvada como la reina bruja que fue.

Ofuscado en mi misión, obvié un detalle importante. Lucía era viuda. Una zorra, pero una zorra viuda. El descuido me costó caro.

Cuando reparé en ello, intenté escribir a algún periódico, pero mi reputación había tocado fondo. Fueron los mejores artículos de mí vida, con un mensaje memorable, prescindiendo de escrúpulos ortográficos vergonzosamente veraces. De mi escritorio al buzón, del escritorio del editor a la papelera.

Navegando entre litros de alcohol, la disfruté como a mis otras mujeres, fornicando hasta caer en la inconsciencia etílica, descansando sobre la gravedad de sus pechos, agarrado a la sutil caída terciopelada de apetitosa carne caliente, adhiriendo mis labios a su ombligo, mis besos a su vientre, babeando su piel, buscando por donde entrar para fusionarnos en una simbiótica embestida sexual.

En mi delirio, la idea de estar casado con una bruja la saqué de una novela de Charles Bukowski leída en la adolescencia. Con lo cual quiero decir que no me era desagradable pertenecer a una pitonisa que abusara de mí irresistible atracción sexual a cambio de cerveza fría.

Sin embargo, los tiempos cambian. Lucía era muy fina y elegante. Ello representó mi hándicap y, a su vez, mi fatalidad.

Lucía vivía para la galería, hubiera llegado a vender frigoríficos a los esquimales si se lo hubiera propuesto, porque lo que mejor sabía hacer, después del amor, era venderse. Y no engaño cuando digo que sabía lo que vendía.

Para un buen vendedor, instruido en la puerta fría de los seguros, vale la indiferencia hacia el producto. El mejor comercial es quien mejor se vende a sí mismo. Adaptando su personalidad a cada caso, vertiendo pena o alegría, energía de batalla o armonía zen; adecuando la verborrea a las cualidades del beneficio. Trabajando sin obviar detalle desde el umbral, el pequeño suvenir de Málaga, la fotografía de los nietos, la música de fondo, la decoración, los muebles, el olor de la cocina, el acento.

Un trago y retomo con lo de Lucía, que evidentemente despertará más interés que mi hipótesis sobre la venta de libros.

Las piernas de Lucía sabían saladas. Recuerdo como me capturaba entre ellas, apretándome el cuello con tal pasión que a punto estuve de sufrir un paro respiratorio. No obstante, tampoco era el tema que nos ocupaba, ¿Cierto? Una última copa y me pongo con ustedes.

No fue un hecho inspirado en Charles Bukowski, aunque cuyo factor matemático resultara el mismo. Los factores son esencia de la sutileza en una historia negra, y la sutileza puede llegar al homicidio como el río a la mar. Un borracho a respetar, por ser norteamericano, aquí lo echarían a patadas de cualquier antro de mala muerte. Ello comporta cierta sutileza.

Pero como ya decía, Lucía existía en el escaparate de su público, a quien cuidaba con ingenio. Mujer hermosa del sur, trabajadora y valiente, infiel y familiar, compañera y enemiga, adultera y confidente; en resumen, una esposa perversa.

Durante las fiestas que dimos en nuestra segunda residencia, un torreón reformado del siglo XVIII, encima de la cima de un accidentado acantilado, de cara a la mar salada de la Costa Brava. Recién casados, enamorados por eventualidad, aprovechamos la bonanza como bárbaros hambrientos y sedientos de pasión.

Lucía, preciosa con su vestido blanco de satén colgando de los hombros tostados por el sol, dos finas tiras sostenían los tiros largos que cruzaban, en diagonal, el torso por donde apenas cabían las generosidades de sus pechos y al dar la vuelta descubría la desnudez de la espalda arqueada desde los omoplatos hasta la partición de glúteos, un cinturón de brillantes sugería el volumen de caderas, dejando caer el resto del tejido suelto y transparente.

Sus besos, delante de su club de fans, eran puro fuego. Me sorprendía en cualquier rincón y su abrazo me asfixiaba, sus labios me absorbían, su lengua me devoraba.

Los primeros meses se redujeron a fornicar, halló en mí al padre que jamás abuso de ella, al amante que no osó, a la oreja que jamás la escuchó.

La tía guarra. Como vendió la virtud y el decoro, la responsabilidad de sus actos.

Para entenderlo con más claridad, diré que a mis treinta años me había fundido dos empresas familiares y llevado a la banca rota la cadena de supermercados que teníamos en Chile. Aunque yo lo llamaría, bebido en cadena.

No hubo contrato prematrimonial. Craso error. Los hombres somos así. Cuando una mujer nos causa un cruce de cables, no hay nada que hacer. Pese a los consejos y advertencias, pese al propio sentido común, así lo dicta el refrán: Tiran más dos tetas que dos carretas. Increíble definición, nada como beber de los clásicos para expresarse con claridad.

Charles

La Suerte del Abuelo

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5 comentarios leave one →
  1. 11/05/2009 15:41

    El relato entrecortado por la bebida le ha quedado estupendo. Ebriedad de licor, resaca de lujuria.

    Sí, las mujeres siempre han sido una perdición. Caderas sublimes que nublan cualquier cosa más allá de un metro de distancia.

  2. 11/05/2009 11:28

    Si si, amigo mío, fantástico, irónico e hiriente, con esa carga de humor ácido que sabe darle usted a los relatos.

  3. 11/05/2009 8:19

    Tras leerlo me he quedado con la impresión que el borracho mentiroso no nos ha contado lo más importante, aquel suceso que fue el punto de inflexión.
    Vamos que me he quedado con ganas de leer más…

  4. 09/05/2009 21:08

    Sublime. Ironía pura en palabras muy bien medidas.

  5. 09/05/2009 21:07

    Eduard no me parece razonable haberse casado tres veces a los treinta años. ¡Así cualquiera se funde una fortuna!
    Remy Martin

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