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El Último Rebelde

23/05/2009

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Ilustración: EBlanco

RED_derechaJenny Armstrong entró en el escenario con el solo del piano, extendiendo sus encantos bajo el foco de luz, contorneando las caderas y sacudiendo la melena de selva enmarañada. Con el carmín rozando el micrófono susurró tres números y la orquesta sonó los instrumentos de viento con rabia. Los aplausos, tan efusivos como efímeros cesaron para dejarse encandilar por la voz inmensa de la cantante.

En aquel mismo momento Will Murray se coló por la ventana del almacén, casualmente abierta. Plantado entre cajas de licor se quitó el polvo del traje color crema con un par de aletazos del sombrero, con la gema de los dedos se afiló el hirsuto bigote, de un salivazo se peinó el flequillo y, usando la pata del pantalón, se lustró las botas de vaquero. En pocos minutos se encontró en medio del humo y el bullicio. La primera vez que pisaba un antro moderno de espectáculos, una obra del Diablo para envilecer a los hombres de buena voluntad, la caldera del mismísimo infierno.

Will Murray llegó de Jefferson, donde poseía una plantación de algodón, algunas vacas y una pequeña porción de terreno para el pasto. Había trabajado duro para conseguir aquellas tierras, y por Dios, que lo hizo sin la ayuda de nadie. Bueno, quizás con la docena de esclavos de su propiedad, ahora once, pues la negra Sally se escapó hacía unos meses. Sin embargo, ahora ya la encontró.

Sally Winston se cambió el nombre al llegar a Chicago, creyó que con eso se le facilitarían las cosas. Una tarde se presentó en el Victoria-Blues como Jenny Armstrong y la contrataron para cantar. Una negra joven de largas piernas y una voz demoledora, cuya vibración contagiaba ímpetu con cada una de sus notas.

Míster Murray pagó por ella cuando la compró siendo una niña, la separó de su familia y la convirtió en su concubina, a la cual violaría durante seis años consecutivos, golpeándola y humillándola con el beneplácito del Señor.

Will Murray se creía un viejo lobo a sus sesenta y siete años. Si bien desconocía el valor de la vida en las calles de la ciudad, había oído hablar de la mafia y sus clanes familiares. Esto, a un caballero del sur no le producía ningún temor, no en balde portaba el viejo Colt del 45 consigo.

Esperó que cesaran los aplausos para intervenir. Plantado ante el escenario, observado con curiosidad por el público, gritó:Sally Winston. He venido a llevarte con los tuyos, de donde nunca debiste huir

La muchacha se detuvo aterrorizada al oír la voz ronca que reconoció de inmediato. No podía creerlo, el viejo había venido a por ella y ahora su cuerpo no le respondía, paralizado por el miedo.

calibre38Jim Harrison, encargado de la seguridad de la sala, había escuchado las palabras del abuelo, mezclado entre el público de las primeras mesas. Consciente que sus hombres esperaban órdenes, alzó el brazo hacia la orquesta para que sonara, luego señaló al tipo con el dedo con discreción, caminando mientras alisaba las arrugas de su chaqueta.

El viejo Murray se alegró de conocer a Jim y a sus dos amigos, pensó que arreglaría el asunto antes de lo calculado. Aquellos tipos elegantes y educados, le pidieron respetuosamente que les acompañara. Andaba por delante con estos pensamientos cuando percibió el mal olor de la basura del callejón.

¿Qué es esto muchachos?Preguntó afinándose el bigote, aprehendiendo la hebilla dorada del cinturón con la mano libre¿Hay algún problema?

Acabemos de una vez.Exclamó JimMárchese ahora mismo y conservará las piernas para lucir esas bonitas botas de cowboy. No sé qué trato tiene con la chica, pero se acabó, amigo. La esclavitud se abolió hace cien años. Tendría que denunciarle por paleto.Rieron los tres italianos (El tercero sin saber de qué).

Por favor señor, sea sensato. La muchacha no volverá con usted.Añadió retocándose el nudo de la corbata.

Los hombres de Jim bajaron la guardia, divertidos por el pintoresco Caballero del Sur escapado de un libro sobre la historia del viejo oeste americano. Antes de que Jim recordara por qué ocurren los errores fatales, el largo y dorado cañón del 45 asomó el ojo negro, prendiendo el ánima con un elenco de fulminantes fogonazos, detonando redoblado en el eco del callejón. Cuando Charly, el cocinero del Victoria, asomó su destellante calva negra por la puerta trasera, halló los tres cuerpos sin vida.

Sammy Harrinson era el padre de Jim y dueño del Victoria. Recibir la noticia y prepararse con sus hombres fue todo una. Descendieron por las escaleras hacia el salón de baile, mientras comprobaban la munición de sus armas. El público todavía hablaba del insólito acontecimiento cuando de improviso enmudeció, de la puerta principal, se oyeron, junto a un gran estruendo, gritos y un par de disparos. Will Murray apareció al trote montado en su yegua blanca, tirándole de las crines, empuñando su viejo Colt y gritando como si condujera un rebaño de reses. El alboroto trascendió peligrosamente, la bestia, a rienda suelta, levantó las patas delanteras delante de la joven Sally, la cual seguía aterrada frente al micrófono, el hocico sonrosado resoplando furia a escasos centímetros de su cara. La descarga de plomo dobló el peso de sus cuerpos.

Después del incidente, el Victoria pasó a llamarse El Último Rebelde, transformando la anécdota en leyenda. En sus paredes podían apreciarse los balazos de la escaramuza, en una parte del local se exhibía la silla de montar, a través de un armario de cristal la ropa, el revólver y las botas del viejo Murray, en otra zona una réplica motorizada del caballo, de esas que insertando un dólar tienes cinco minutos para domarlo. Había un económico menú de hamburguesas con cerveza y camareras sexys ataviadas con botas y sombreros blancos, chalecos escotados, minifaldas cortas y largos bigotes de plástico, para servirlos. Jenny Armstrong era una modelo de Detroit con peluca que interpretaba las canciones de Sally en playback.

La auténtica Jenny Armstrong (Sally Winston) dirigía el negocio desde su oficina, en el piso de arriba.lady-1

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6 comentarios leave one →
  1. 26/05/2009 15:56

    Yo pondría éste en su antología, señor eduard.

  2. 25/05/2009 8:01

    ¡Mire, mire como me quito el sombrero ante usted! coincido con fanou, estos relatos “americanos” son de lo mejor. Un saludo

  3. josamotril permalink
    25/05/2009 7:32

    HOLA MONSTRUO. Pienso pasar mucho por aquí. Este fin de semana ha sido algo movido. Gracias por tu comentario. TE leo

  4. 24/05/2009 21:56

    Me gustan especialmente estos escritos de serie americana.
    Que buen hacer!

  5. annefatosme permalink
    24/05/2009 9:28

    Un escrito con sonoridades de blues. Por cierto, la musculatura del caballo está muy conseguida. Y dicho muy bajito, muy bajito: el poder creativo está muy mal repartido, mientras escribo una palabra, escribes una historia!
    Un saludo muy, muy envidioso.

  6. 23/05/2009 23:42

    A esto es precisamente que me refiero, Señor Lobo Fluvial.

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