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Malas Cartas (dos)

27/05/2009

Cartas Magicas

La Fortuna

Ninguno vivía cerca del tugurio, el vínculo convergente fue el criarse en la misma barriada cuando todavía era un paisaje gris de descampados y viviendas en ruinas. Corriendo en calzoncillos y descalzos por el barrio, cadenas de cubos de agua para bañarse en las albercas que no eran más que los boquetes producidos por las bombas, o persiguiendo a las chicas del orfanato.

Llegaban con sus respectivos automóviles y los aparcaban en doble fila, uno tras otro, frente a la taberna, hasta la hora de partir.

Consumían la tarde entre botellines de cerveza, cigarros de hachís y rayas de farlopa, (Cocaína) apostando el suficiente dinero como para que las pérdidas remordieran la conciencia y picaran en el bolsillo.

El remigio francés era lo ordinario, dos barajas de naipes españoles sobre un descolorido tapete verdoso, una mesa y cuatro sillas alrededor.

– Es para hoy Miguel.

Repartía palos el aludido, con tal precisión que terminaba por marear las cartas y aburrir a los parroquianos.

– ¿Tú no ibas a oros?

– Iba.

Las disputas, asiduas a la tertulia, formaban parte en la emoción del juego, el efecto y las reacciones. Burlas, risas, sutiles intimidaciones y sugerentes advertencias. Y ante todo, la certeza que una mala tarde la podía tener cualquiera.

La paciencia era una de las mayores virtudes del Sr. Miguel, quien desde la esquina del mostrador controlaba la puerta de entrada y a los clientes de la única mesa ocupada, presto para cerrar caja y bajar la persiana.

El Gitano pilló una mala tarde, perdió más de mil duros y enmudeció con una expresión sombría. El Charly, a pesar de la satisfacción asomando en la cara, se inclinó por reprimir la soberbia, habitual en su egocéntrica personalidad. El Lejía comentó haber quedado a la paz, consigo mismo y con el Cristo de la Legión. El Miguel Ángel refunfuñó una maldición mientras se incorporaban, cogían las prendas de abrigo y sacaban las billeteras para liquidar cuentas con el Sr. Miguel.

Entonces, mientras se acercaron al mostrador, la puerta de la calle se abrió. Una bocanada de aire gélido entró junto a una pareja de jóvenes enamorados.

– Cóbreme Sr. Miguel. El botellín, el bocadillo de jamón, los cuatro cubatas y el paquete de Winston que me va a dar.

– Ponga una ronda de quintos (Botellines de cerveza) Sr. Miguel. – Reclamó el Gitano con la vista caída y  clavada en los billetes que contaba.

El Lejía, como respuesta al gesto invitó a fumar del rubio americano que el Sr. Miguel vendía de contrabando.

Acicalados con cazadoras de piel negra, las deudas saldadas y el día muerto, acostumbraban a concluir la tertulia con comentarios banales e intrascendentes, con las mangas de cuero apoyadas en la barra.

El Gitano no intervino en la charla, su atención se desvió hacia la pareja.

Muy educadamente, ella pidió un cortado, él un botellín de cerveza. La chica sugería la imagen de una mujer adulta camuflada detrás del maquillaje de tonos oscuros, ojos retocados con rímel y labios acentuados con carmín rojo, él tenía aspecto de no ser del barrio. En el barrio, mayormente obrero, lo normal a tales horas era encontrarse con un semblante fatigado, embutido en un sucio mono de trabajo, las manos con ásperas durezas y cuyas uñas resultaban imposibles de limpiar; también unas ojeras marcadas por la necesidad de abastecer las propias venas con veneno, a través de unas callosidades supurantes de pus.

Aquel muchacho lucía un perfecto corte de pelo, ropa de marca y unas manos finas y limpias. Las llaves del BMW que dejó caer sobre el mostrador al entrar, no pasaron desapercibidas por las águilas al vuelo.

El Lejía aprovecho un tiempo muerto para pedir la penúltima ronda. Con movimientos resabidos el Sr. Miguel hizo desaparecer los cascos vacíos bajo la barra y los repuso llenos como si nunca hubieran cambiado de sitio. Ello no le impidió percibir la mala onda del Gitano.

El Miguel Ángel probó de hablar con el Gitano; qué si saldría más tarde. Ambos eran criaturas de la noche ligadas a la cocaína, pero sólo le sacó un breve gruñido acompañado con un sutil balanceo de la cabeza.

– Bueno, señores, – Comenzaba a decir el Lejía cuando la voz del Gitano acaparó el interés general.

– ¿Ya te deja tu mamá salir hasta tan tarde?

La pregunta cayó dirigida al muchacho como una bomba de relojería.

– ¿Perdón?

– Que educado, y que valiente, con ese carro por estos barrios.

El chico captó la intención del mensaje. Su cara reflejó el cambio, luego le dio la espalda al grupo.

– ¿Qué pasa Gitano?

Intentó mediar el Lejía.

-¿Qué pasa? ¡Qué pasa con el niñato! Tú a lo tuyo. Tómate otro quintito.

– Venga hombre.

Intervino el Sr. Miguel limpiando el mostrador, hablando en un tono bajo y distante, pues se lo decía a sí mismo.

– ¿No quieres nada? ¿Perica, Caballo, Costo? Oye, que te estoy hablando, chico.

El aludido se giró a pesar de la insistencia de su compañera por salir de ahí.

– No. No tomo nada.

– Joder. Fíjate que sano el menda. Pues tampoco deberías beber, ¿No crees? Con ese carro, si no vigilas, te esparramas rápido.

– Déjalo ya Gitano.

Dijo con aire conciliador el Miguel Ángel, poniendo, al mismo tiempo, cara de policía.

– Cierra el puto pico Miguel.

El ambiente enrarecido contaminó el espacio. Los pérfidos propósitos del Gitano empañaron la despedida con incertidumbres. Además existía un inevitable pacto de solidaridad, no podían abandonar al Sr. Miguel con aquel marrón (Problema importante).

El chico se giró envalentonado mientras la muchacha le sujetaba por las solapas reclamando una digna huida sin condiciones, intuyendo como intuía su sexto sentido males mayores.

– Oye. Déjanos en paz. Solo entramos a tomar algo. No buscamos problemas.

tarot_la_muerteFalta el tercero y último.................
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One Comment leave one →
  1. annefatosme permalink
    27/05/2009 16:14

    Describes tan bien a tus personajes que me parece conocerlos. Me recuerda el mundo de las canciones de Sabina. Irónico y cruel. Lleno de ternura hacia los perdedores.

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