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Malas Cartas (tres)

27/05/2009

MCartasdelfin copia

ALEA JACTA EST

– ¿Qué problemas? – Respondió al muchacho el Gitano – Estamos entre colegas. Póngale un quinto al chaval Sr. Miguel.

– Vámonos. – Susurró la adolescente, vertiginosamente atrapada por las leyes de su propia barriada, del lado oscuro de esa masificación de clase obrera, mal pagada y a merced del interés administrativo del gobierno.

– ¿No quieres una rayita? Venga compadre, que te invito, joder.

El Gitano depositó una bolsita de plástico blanco sobre el mostrador, lo que sería por el tamaño, aproximadamente medio gramo. Seguidamente, el fino acero de una navaja cortó el aire y más de un aliento. Con una habilidad suprema delimitó cinco cordilleras blancas sobre el mostrador, luego sacó un billete de veinte para enrollar. Terminó el ritual siendo el primero en esnifar, después le prestó el rulo al Charly.

– ¿Me cobra?

Dijo el chico. El Sr. Miguel esperaba, desde hacía unos minutos, esta petición como agua de Mayo el agricultor.

– Veinte duros.

– Espera. Te toca. No vas a rechazarme la cortesía, colega. ¿Verdad?

El Charly pasó discretamente de la raya. A diferencia del Lejía, quien a pesar de no tener la costumbre, pensó que le aclararía la mente para controlar mejor la situación. El Miguel Ángel dio buena cuenta del tiro del Charly y del propio, enganchado hasta las trancas como estaba.

– Yo paso. Gracias.

– ¿Qué dices? Que pasas de qué. Joder. Es una invitación de colega.

chuta-entre-colmillosDijo el falso cale, dirigiendo con el filo la montañita blanca hacia el chico, quien percibió el vértigo en las miradas, en los ojos de pupilas dilatadas a causa de la droga, brillando y refulgiendo con energía virtual. Los rostros conjurados en una expresión grave, de rara ansiedad, a la espera de una respuesta, preocupados por la resolución del convite.

El chico cayó entrampado en la caverna de un mundo suburbial, amenazado por sombrías bestias que sobreviven bajo instintos predadores, criaturas sensibles a las luces del espíritu.

Con fugacidad en los gestos, arrancó el billete de la mano del Gitano, se inclinó dos segundos y aspiró la cocaína en uno. Dejando el billete, desenrollándose por inercia propia, delante del otro.

– ¿Contentos?

– Muy bien chaval –legitimó el Miguel Ángel, mostrando la cartera con la insignia de policía. – Estamos entre colegas, no pasa nada. Todo controlado. – Le dijo, mientras le palmeaba la espalda, con una seriedad en fuera de juego, lo que aún perturbó más al muchacho.

Todo controlado menos su propio cerebro. Puesto que ya no podía presumir de la propia, había arrancado la placa de la gorra de su antiguo uniforme. La diferencia con la auténtica era mínima. A un lado de la rectangular cartera de piel sintética, la chapa con el escudo de la Policía Nacional, al opuesto, cruzado con los colores de la bandera en diagonal, la tarjeta plastificada con los datos oficiales. Tan sólo policías legítimos o delincuentes expertos apreciaban el engaño. De este modo, el Miguel Ángel caminaba peligrosamente por ambos lados de la ley.

– Venga. Arriba el Tercio Alejandro Farnesio IV de La Legión Española.

Brindó el Lejía incitando a los demás. Bebieron de sus cervezas con risas y ambigua soberbia. El Gitano guardó la navaja de siete muelles a sus espaldas, ajustando una maléfica sonrisa en la boca de estrechos labios.sw

– Vámonos.

Se escuchó, aunque suave, una determinante orden femenina.

– Espera. – Dijo el muchacho. Entonces un silencio espeso cortó las alegres, por precipitadas, conclusiones. – Cóbreme también la ronda de los colegas.

El Charly suspiró con profundo alivio, ironizando entre su miedo y el absurdo contratiempo, contagiando a través de su vibración sensorial al Lejía, afiliado a la misma complicidad.

La pareja salió abrazada por la puerta que jamás debió cruzar, fundiéndose con la noche fría. El motor del BMW blanco apenas ronroneó al dejar la plaza.

Las risas sonaron grotescas, una estúpida animación sacudió la conducta de los cuatro, ojeados con disgusto por el Sr. Miguel, dispuesto a apagar las luces del contador.

– ¿Por qué le has enseñado la placa, capullo?

– Siempre te tiras el mismo rollo.

Risas embriagadas. El Gitano, percutor del lío, chulo de medio metro al cuadrado, navajero ocasional y estupendo guitarrista flamenco. Hijo de la aspereza y el dolor, enemigo de sus amigos, espíritu sin nombre. Sonreía.

El reluciente blanco metalizado del BMW apareció de nuevo aquella noche, oscura como la boca insaciable del lobo estepario. Deteniéndose como una bestia robotizada, con el sutil ronroneo. Inaudible desde el interior de la bodega.

mascas¿Quién sabe de los motivos que convierten a un ser humano en asesino? ¿En qué instante se pasa de ser pacífico a animal homicida? ¿Cuáles son los sentimientos que alteran sus emociones? ¿Cuáles las reflexiones que obran en su voluntad?

El Sr. Miguel, a sus más de ochenta años, las había visto venir de todos los colores, motivo por lo cual, al descubrir al chico bajo el umbral de la puerta, adivinó que la tragedia venía de parte del Diablo. Lo supo con certeza porque el muchacho regresó solo, luego de dejar a la novia. Probablemente la despidiera con un beso desapasionado y la promesa de marchar para casa directamente. Lo había visto antes, cuando se ofende a un hombre delante de una mujer y después vuelve solo al lugar del desaire, viene a saldar cuentas.

El anciano, al final de la barra, presionó el interruptor del sistema eléctrico general, ofreciendo al reino de las sombras los designios del destino.

El Gitano fue el primero en verlo, y su rostro palideció. Los otros tres se sintieron presos de un silencio paralizante, la silueta perfilada en medio del marco de la puerta abierta, la súbita corriente helada, el escalofrío recorriendo las columnas como culebras electromagnéticas. Temerosos del más allá, conscientes de que podía haber sido de otro modo, culpables de sus arrogantes conductas vacías de compasión.

Y fue al Gitano a quien más le costó morir, el frío le mantuvo vivo mientras se arrastraba por la acera, dejando un rastro escarlata tras de sí. Sufrió lo indecible con dos plomos de nueve milímetros alojados en el estómago y el páncreas desgarrado por el balazo que lo traspasó. En cambio, para el Lejía y el Charly, hubo un viaje fugaz.

– ¡A mí la Legión! – Gritó el Caballero Legionario segundos antes de que su frente arrugada revelara un tercer ojo chorreando sangre. El Charly no tuvo tiempo para decir ni mu, palmó con los ojos muy abiertos y un agujero feo y negro en la sien izquierda.

El Miguel Ángel intentó cubrirse, dos disparos le atravesaron un pulmón, el tercero, tras perforarle la mano derecha, impactó contra el cuello, produciendo una generosa hemorragia bajo el mentón, letal por necesidad.

Dos balas perdidas acabaron incrustadas en la pared.

La sombra humeante del arma apuntó al fondo, el Sr. Miguel seguía al lado del contador automático, la mano vieja y arrugada adherida al interruptor, los viejos ojos de detrás de las gafas alertas en dirección al cañón.armsrezero

La puerta terminó por cerrarse sin el familiar crujido de las bisagras, interrumpiendo el acceso al frío de fuera. El Sr. Miguel esperó un tiempo prudente, hasta cerciorarse de que las piernas le sostenían sin tembleques, sintió molestias por la humareda y a los sentidos le llegó el olor a pólvora y sangre, escuchó con nitidez el lúgubre silencio que planea tras la muerte, condensándose entre sillas y mesas volcadas, los cuerpos yertos, sin nada que decir, sin nada por hacer, la taberna de un hombre de paz convertida en una emboscada para necios. Desolación y pena por los muchachos, en contrapunto a una indescriptible alegría por continuar vivo.

Contemplar al milhombres, desencadenante principal del desastre, arrastrarse agónico en pos de su propio aliento, ignorando la cruel realidad de sus actos, le afectó profundamente, recordándole la inagotable estupidez humana y sus conjuntos.

Decidió cerrar la bodega, venderla. Volver a Córdoba, a su tierra, el flamenco, el campo, los toros, el aire puro, la libertad y la vida.

Mientras, en el exterior, coches patrulla ocupaban posiciones, las luces de emergencia alumbraron la calle con discontinuos destellos de colores. Agentes apuntando con sus armas al cadáver del Gitano, agentes entrando en la tasca del Sr. Miguel. El suelo regado por caudales de sangre despilfarrada. Los muchachos. Sus esposas de sueños caducados esperando en casa, delante del televisor y con la cena enfriándose. ¿Quién podía predecir que aquella partida terminaría así? Los muertos, seguro que ya no.

Ante todo, tal y como temían, una mala tarde la podía tener cualquiera.

the boys starTHE END

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2 comentarios leave one →
  1. 30/05/2009 2:48

    Ufffff! Ya. Ya puedes prender las luces, esto está como la tinta y ya puedes seguir escribiendo si quieres. Gracias por la pausa… (Bueno, obviamente no fue por mí, pero igual me sirvió y te lo agradezco). Ya leí Uno, Dos y Tres. Detesto el tema, el ambiente, el feeling, la aparente futilidad de las vidas que esgrimen los protagonistas… me hago dos docenas de preguntas al respecto y casi todas comienzan con ¿Por qué…? excepto la que reza “Qué diablos hago aquí? Las leí por pura admiración a lo condenadamente bien escritas que están. ALEA JACTA EST ¿no era lo que repetía uno de los piratas de Asterix que SIEMPRE terminaba en el fondo del mar?

  2. 28/05/2009 15:11

    Me doy la vuelta un momento y mira la que lías!
    Tienes mano para las historias negras.

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