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Malas Cartas (uno)

27/05/2009

CatasSexuales

Óleo subrealista de estilo simbolista. Mano peligrosa de cartas

MALAS CARTAS. (UNO)

fullwoman1El Lejía, el Miguel Ángel, el Charly y el Gitano jugaban al Remigio francés (Juego de Naipes) en el rincón del fondo, frente a la barra desde donde el Sr. Miguel regía el local.

El señor Miguel era un excombatiente de la República, un superviviente nato, había luchado en la épica batalla del Ebro y demás contiendas de la época. Al finalizar la guerra, amparado por la clandestinidad, llegó a Barcelona, donde fundó una familia a base de trabajar en la reconstrucción de la ciudad, devastada por los atroces bombardeos del Generalísimo Francisco Franco contra la población civil.

A sus ochenta y un inviernos mantenía una fortaleza envidiable y un temple curtido, un carácter afable que lo convertía en hombre gentil y sencillo.

A esas horas de la tarde poco quedaba por hacer; a excepción de algún consumidor de hachís en busca del Charly, era improbable la presencia de ningún otro cliente. Así pues, el Sr. Miguel esperaba la conclusión de la partida, como habitualmente solía acontecer, sobre las nueve.

En el exterior, la noche caía ennegrecida y el frío se pronunciaba más intenso.

Encima de la mesa rondaban los naipes, las ganancias y las pérdidas a cada lado. Alrededor de la baraja, los jugadores compartiendo su afición como una manera de matar el tiempo. A excepción del Charly, quien en provecho de la ubicación de la taberna, comerciaba polen de hachís en pequeñas cantidades.

Viejos colegas de distrito, barriobajeros entrados en años con hijos problemáticos adolescentes adornados con tatuajes maoríes y docenas de piercings perforando cejas, pezones y labios, esposas con sueños caducados y facturas a pagar.

– Afora Miguel.(Paga M.)

El Miguel Ángel asumía el papel de víctima por la fea costumbre de perder, insinuando jugadas raras o conspiraciones subversivas, cuyo efecto motivaba las risas y avivaba el ingenio de los demás.

Retirado en acto de servicio. Dos años sirviendo en la Policía fueron suficientes para verlo envuelto en ciertos negocios turbios. Investigado por el Departamento de Asuntos Internos por consumo de drogas y la participación indirecta en un tiroteo acaecido durante una fragorosa reyerta, por los caprichos del azar, entre las calles que le vieron crecer. Sin embargo y a pesar de ser un caso abierto, no hubo un solo testigo que acudiese a declarar, la investigación no prosperó quedando varada en punto muerto, como una mancha de limón en el BOE (Boletín Oficial del Estado).

Al poco, cumpliendo un servicio de vigilancia de calle, por parejas y a pie, una repentina corriente de aire le arrebató la gorra por sorpresa, corría tras ella cuando un autobús urbano se cruzó en la trayectoria del vuelo, golpeando con un intermitente encendido al agente en la cabeza. El accidente sirvió en bandeja el justificante para licenciarlo sin deshonrar el Cuerpo de la Policía Nacional. Caso cerrado.

Corrían rumores de que el porrazo lo dejó peor de lo que solía ser su estado natural. Con todo, desde la prejubilación trabajaba esporádicamente para un conocido mafioso del distrito, a cambio de unos gramos de cocaína adulterada y unos billetes manchados.

El Lejía (Legionario) era un bebedor de calibre, contra más mamaba más pecho sacaba. Un tipo de carácter, genio y figura hasta la sepultura, capaz de beber litros de cerveza sin perder de vista el norte, capaz de agarrar las borracheras más tremendas y regresar a casa enterito. Sus inquietudes eran simples: los tatuajes del Tercio del Gran Capitán cuyos colores se difuminaron, el tamaño menguante de sus músculos y la reducida pensión mensual, cuya cuantía le permitía contar con algunos billetes durante poco más de una semana. Descendía de una dilatada estirpe militar, una mezcolanza de oficiales españoles y norteamericanos cruzada con acomodados genes de burguesía catalana. De ahí las facciones del rostro, el color celeste de los ojos, el rubio del pelo, la estatura y la marca patentada de ADN.

El Gitano era, quizás, el único realmente peligroso. Tan siquiera la sangre de sus venas era pura. Obligado a casarse, a punta de una escopeta de cañones recortados, con una preciosa gitanilla cuando todavía no había cumplidos los dieciséis veranos, hipotecando su vida a las costumbres calés (Gitanas), e incluso, llegando a convertirse, con el transcurrir del tiempo, en un estupendo guitarrista flamenco. Consagrado a las directrices tradicionales del clan, la pareja apenas demoró en fundar una prole con tres santos varones. Apunté que otra de las cualidades del Gitano era el billar. Trillizos a la primera tacada. Pañales y tres boquitas a las que alimentar.

El trapicheo con la cocaína marcó su destino. Al primer tropiezo serio con la justicia, la juez decretó fruto del delito las pertenencias de la familia, luego los condenó a pagar con cuatro años de prisión, a él y a su morenaza; los niños fueron derivados a los servicios sociales. Ella murió de una tuberculosis pulmonar a los dos años. Cuando el Gitano cumplió la condena, falto de otras opciones y llevado por el coraje, reclamó su segunda oportunidad, volviendo al trapicheo de estupefacientes, juntándose con una paya (Mujer no gitana) (Quince años más joven) para recuperar a sus hijos y reemprender vía. La consiguió como lo conseguía todo, primero la enganchó al polvo blanco, luego la enredó para que ejerciera de camello un día, de mula otro, de guarra los sábados, de madre los siete días de la semana. Practicando sus deberes conyugales, la muchacha parió al cuarto varón. Paradójicamente, el bebé daría sus primeros pasos en la cárcel de mujeres de la Trinidad, con su joven mamá.

De regreso a la calle, el Gitano disfrutó de una cierta estabilidad familiar, al margen de que su paya, a pesar de ser la madre ideal de sus hijos, sufriera la violencia de género entre las paredes mudas del hogar. Mantuvo una desahogada economía moviendo el estimulante material con más sigilo que antaño y, de cuando en cuanto, un bolo para actuar para acompañar con la guitarra a un cantaor cualquiera de la peña. (Cantante del grupo aficionado al flamenco, normalmente vinculado a la religión protestante)

El Sr. Miguel le bautizó como el milhombres. A la expectativa y de soslayo, conocía a sus clientes mejor de lo que éstos llegaran a imaginar nunca. No le importaban los trapicheos  (Negocios) ni que los mismos se trataran en su negocio, no obstante, conocía la afición del Gitano por sacar a relucir la faca (Navaja de hoja ancha); un detalle tan incomodo como las arrugadas hemorroides del culo.

PD Tres óleos de una misma serie temática acompañaran
este relato dividido en tres partes.
fadapadrinaBarcelona  the boys star
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2 comentarios leave one →
  1. 28/05/2009 20:06

    SOS!!! Vas demasiado rápido, aún no puedo sacar el tiempo para leer esta historia y mira por donde va ya: al final de la página…. publicas una sola más y ya me tengo que ir a buscarla a la página de “objetos perdidos”, obsoletos y desactualizados… antiguos para ser menos eufemística….

    Sin embargo, no me quejo, ni procedería hacerlo. ¡¡¡Volveré!!! Y leeré, no te quepa la menor duda.

  2. annefatosme permalink
    27/05/2009 16:32

    Oye, lo siento pero he leido tus relatos del revés, por orden de aparición. Fijate en mi cabezita de guiri paya, en el segundo relato, ya presentía el pasado de tus protagonistas. De allí saco la conclusión de que haces un muy buen retrato psicológico de tus personajes. Y por último agradecerte tus aclaraciones lingüísticas.Eres un buen profe.
    Una alumna agradecida.

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