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Amor de Mujeres 2

11/06/2009

Pasiones Femeninas

Desde el momento en que se conocieron la misma risa las comprometió.

– Hola, ¿Cómo te llamas? Yo soy Leonor.

– ¡Jo! yo también soy Leonor.

Aquella noche se convirtieron en amantes de uña de color, tacón alto y apetitosa carne. Se procesaban un amor tan enorme que poco o nada les importó el qué dirán. A las horas vespertinas que yo volvía del matasanos, me cruzaba con ellas de camino a la parada del Bus. Muchachas de metro sesenta, de ciento veinte kilos a repartir entre las dos, melenas morenas y formas bien redondeadas. Cómo para no verlas, pasito a pasito se devoraban a besos, las manos menudas y traviesas entrometiéndose por debajo de los anoraks a la altura de los pechos, atadas de brazos y cinturas.

No negaré mis sueños eróticos con las Leonoras, sin embargo lo que más me ponía era su valentía en aquella ciudad de costumbres apolilladas. Tampoco pude reprimir nunca la sonrisa ante las atónitas miradas de los más puritanos, los comentarios a boca retorcida, las vendas para los risueños infantes por si fuera a tratarse de algo infeccioso.

Una tarde cualquiera dejé de verlas, una extraña tristeza me invadió al entrever la expresión de un hombre de mirada fiera, un tipo que me resultó familiar, tal vez por asomar desde su ventana cuando ellas iban y venían.

Al poco, tomando un café en la taberna irlandesa del Tío John no pude remediar escuchar la conversación. Contaba el padre de una Leonor que la llevó al hospital a causa de un tropezón en la escalera, un tonto accidente de esos que dejan los ojos amoratados, las costillas hundidas y una clavícula partida.

Aprovechando la predisposición del alcoholismo barato, me echaron del local por meterme donde no me llamaban. Todavía enmudezco cuando los nudillos me recuerdan, doloridos, lo amargo de querer ser feliz.

Ocurrió la tarde de ayer, al observar a una pareja de novios sentada en el banco que yace petrificado a escasos metros de la parada del Bus. Algo me empujó a sentarme a su lado, haciendo gala de pervertido mirón.

– Leo. – Decía la chica – ¿Me quieres?

– Que tonta eres Leonor. Te quiero mucho, como la trucha al trucho.

Mi sonrisa afloró al unísono de aquel beso húmedo dedicado con el mayor de los descaros. Su aspecto era distinto, pero reconocí en su pasión el mismo amor. Leonor seguía igual detrás de las enormes gafas de mercadillo de los martes. En cambio Leo adornaba su corte de pelo de marine con una gorra de béisbol y unas antiparras similares. Ancha cazadora guerrera por donde penetrar, pantalones caídos y tanga asomando en la intimidad.

¡Guarro!

Me increparon cuando me dispuse a partir.

Mucho.

Respondí, con una sonrisa sincera y el corazón más alegre que unas castañuelas cordobesas, sin volver la vista atrás.

Gueisa Tokio Bluesfadapadrinafadapadrina

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2 comentarios leave one →
  1. 12/06/2009 17:12

    Tierna historia, Eduard. ♡

  2. annefatosme permalink
    12/06/2009 1:43

    Igual te gusta una canción de Georges Brassens. Les bancs publics, o algo así. Creo que la cantaba un grupo español. Si no la conoces creo que te gustará.

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