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Huída Clínica 2

23/09/2009

Huída 22

Después de tanto trajinar con enfermeras y médicos, conseguí el alta para salir de aquella clínica de arquitectura modernista. El equipo al completo me acompañó hasta el umbral de la extraordinaria salida arcada. En vista del cariño procesado por aquellos seres atrincherados en el interior de sus batas blancas, agarré a la enfermera de color por la cintura y echándola hacia atrás la besé apasionadamente. Luego, entre aplausos y silbidos, le estreché la mano al director y saludé al resto apelotonado en las sombras del interior.

-Gracias por todo Doctor Feelgood, estar en sus manos ha hecho posible este milagro, apenas recuerdo cómo llegué aquí, supongo que hecho una mierda. Disculpe mi lenguaje. Sin embargo usted y su equipo me acogieron y me curaron, me regresaron a la realidad. Les estaré eternamente agradecido a todos. De todo corazón les aseguro que jamás olvidaré.

– Date prisa cariño.

Dijo Margaret tamborileando el volante del Mustang descapotable con los dedos enguantados, un sombrero de alas anchas con plumas y unas enormes gafas de sol ambarinas.

– Ya voy cariño; fíjate amor mío, son una gente estupenda.

Herman dio un ágil brinco para aposentar su trasero en el asiento del copiloto, sin un segundo que perder, se inclinó hacia Margaret y le estampó un intenso y húmedo beso en la boca. Volvieron los aplausos y los silbidos.

El automóvil emprendió su marcha con el personal sanitario contemplando su partida desde el mismo sendero. Herman se volvió para despedirse con la mano.

El camino de tierra y polvo, nivelado por una escandalosa gravilla y delimitado por una hilera de frondosos setos, rodeaba un hermoso jardín circular.

Herman, pletórico de felicidad, revolvía el dial de la radio buscando música de su agrado, tarareando las canciones al oído de su hermosa rescatadora, o de repente contemplando y escuchando con admiración las hojas de los árboles abofeteadas por el viento. El sabor a libertad.

Una vez realizada la vuelta completa, el descapotable americano se detuvo delante de puerta de la clínica, donde seguía el mismo grupo de personas. Herman estampó un beso en los labios de Margaret.

Espera un segundo cariño. Ahora mismo vuelvo. Te quiero.

Dicho esto, salió del Mustang de similar manera con la cual había acoplado el trasero minutos antes, subió la pequeña escalinata de ladrillo rojo y estrechó su mano a la del Doctor Feelgood.

Luego dirigió sus ojos a la enfermera holandesa de color, inclinándose como un miura antes de embestir. Observado con estupor por el corro de caras perplejas, cargó contra la cintura de la chica para doblarla y alzarla por encima del hombro como se cargan los sacos pesados, los heridos de guerra o las víctimas de asesinato. La enfermera pidió auxilio sin conseguir reacción alguna ni entre sus propios compañeros, golpeando la espalda de Herman con los puños y agitando los pies como una mala actriz.

En cuanto Herman la arrojó en el asiento de cuero blanco y se supo segura, redujo su pobre actuación a unos sollozos enmascarados tras un pañuelo perfumado.

Herman se volvió al equipo y realizó una rápida inclinación respetuosa.

Doctor Feelgood, regenta usted las clínicas más fabulosas del planeta. Y su equipo, personas excepcionales entregadas al trabajo, siempre dispuestas a ayudar, no importa cómo ni cuándo. Sus terapias, tan estratégicas, modernas y cargadas de energía. No tengo palabras. Gracias a todos. Gracias.

Dicho esto del tirón, saltó al interior del automóvil, cayendo entre las dos mujeres. Encajado a la perfección, pasó los brazos con dulzura por detrás de las nucas, y así mantener las manos sobre los hombros femeninos.

– Adiós Doctor Feelgood. Siempre lo llevaré en la pila. ¡A todos! – Gritó al aire con los ojos humedecidos.

El automóvil emprendió su marcha dejando atrás al personal facultado,con unas caras de tontos que les llegaban al suelo. Mr. Feelgood paralizado y boquiabierto. Herman y Betty se volvieron para despedirse sacudiendo las manos. Betty agitaba el pañuelo emocionada.

Herman, después de dar sendos besos en las mejillas de sus dos amigas, jugó con la radio hasta hallar una emisora sonando con ritmo. Luego sacó una botella de champán y tres copas de la guantera.

El retrovisor del auto devolvió la triste imagen del enmudecido equipo médico encogiendo.

Margaret alzó la mano para despedirse sin volverse, rebajando el Mustang hasta borrarlo del centro de la nube de polvo.ATESE

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7 comentarios leave one →
  1. 26/09/2009 11:44

    Tengo mucha pupa. Pero que mucha.

  2. 26/09/2009 10:55

    ¿Y usted cómo está?

    De pluma ya veo que como siempre. Perfecto

  3. 23/09/2009 23:24

    EXCELENTE BLOG! EXCELENTES NARRACIONES!

    SALUDOS

  4. annefatosme permalink
    23/09/2009 17:11

    Segunda versión de la huida.
    Leyendo el final tan jocoso, deduzco que te vas recuperando a pasos agigantados y me alegro.
    Tomo nota y te mando un abrazo.

  5. 23/09/2009 16:46

    Siempre puede hacerse una tercera parte…

    Don Vito

  6. 23/09/2009 16:43

    Je je je
    En el momento en que te bajas a recoger a Betty en realidad pensé que te bajabas para acabar con ellos con alguna metralleta de tambor estilo Al Capone…

  7. jcjurado permalink
    23/09/2009 16:07

    Celebro verte en plena forma. Un saludo.

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