Skip to content

Conspiración a la Japonesa

26/09/2009

voyage-japon-4

No me pasó la vida en segundos al recibir los cuatro bellotazos de plomo hirviendo, no pensé en mi familia ni en la existencia material. Me acordé del Padrino, cuando gángsters del otro bando lo freían a tiros delante de una frutería y, milagrosamente, lograba salvar la vida. El insuperable Marlon Brando de los Corleone de Palermo, Sicilia. Me vino a la cabeza de repente, como si la noche anterior hubiese visto la película comiendo palomitas.

Un par de días más tarde desperté en la cama del hospital con la barriga hinchada como una embarazada decorada por cuatro compresas, un catéter en el antebrazo abastecido por tres botellines de suero fisiológico, morfina y antibiótico. Tan sólo uno de los balazos hizo diana alojándose en el bazo, el órgano que los médicos del hospital, poco más tarde, decidieron extirpar. Las tres balas restantes, me tocaron mientras me volteaba a causa de la inercia del primer impacto junto con la intención de cubrirme, desafiando la puntería de los pistoleros, quienes no por ello dejaron de darle al gatillo. Herido escandalosamente en la parte superior del abdomen, me estrellé de espaldas contra las escaleras del Palacio de Justicia para, de inmediato, descenderlas rodando como una pelota reventada.

Reaccioné demasiado tarde o tal vez bajé la guardia. Hoy, mimado por los mejores cirujanos y protegido por las fuerzas de la autoridad, es cuando más cercano siento el aliento de la traición. En cuanto se hayan asegurado de mi mejoría, autonomía y libertad, volverán a por mí y, esta vez, no fallarán.

Estoy en el hospital Ta-Haomen, en Tokio. Una suerte de ciudad sanitaria con 5000 habitaciones para los pacientes, unos jardines botánicos únicos en el mundo, varias piscinas con jacuzzi, una galería comercial con tanatorios internacionales, museos, una sala de cines y una decena de casas típicas para tomar té. A rebosar de turistas haciendo miles de fotografías, sin obviar las cámaras de vigilancia, las cuales también les inmortalizan a ellos.

Llegué a Tokio con la misión de encontrar a un periodista francés dado por desaparecido meses atrás. Rastreé hoteles, restaurantes, museos y discotecas, interrogué a la gente susceptible de haber contactado con él, a través de estudiantes de inglés dispuestos a inventarse un cuento por diez pavos al día. Únicamente mostré la fotografía con el rostro del franchute una sola vez y a un sólo individuo, un tal Yu Len, supuesto estudiante de Medicina con mirada de Samurai. Supongo que se trataría de un infiltrado de la policía, un soplón de mierda como les llamamos en casa.

El caso es que durante mi investigación tuve la paranoia de estar siendo vigilado. Sin embargo, era la primera vez que pisaba Japón, nadie vino a recogerme al Narita, el aeropuerto internacional de Tokio, incluso me instalé en el hotel que me aconsejó el taxista. Si bien, a los tres días, la primera noche que degusté el pescado crudo in situ, ocurrió el incidente; al salir del restaurante me adentré por las populares callejuelas de farolillos rojos, de súbito fui asaltado a traición con violenta estrategia militar, por la espalda, para no reconocer a los atacantes. Me robaron el maletín con el portátil, la cartera y el reloj , aunque me retorcí como un gusano súper vitaminado, apenas conseguí zafarme del brazo que me asfixiaba inexorablemente desde atrás.

A la mañana siguiente, sin yo haber realizado denuncia alguna, dos inspectores de la policía se presentaron en la cafetería del hotel con los objetos sustraídos.

Las declaraciones a la bofia mientras sus sabuesos registraban mi habitación fue todo uno. Hasta me asignaron un agente especial como protección. En ningún momento mostraron interés por los motivos de mi entrada al país (Ya los conocían).

Lai Ru, así se llamaba mi escolta, se ocuparía personalmente de certificar que en su nación se castigaba con rigor a los sospechosos de delinquir contra los extranjeros, así me llevó de comisaría en comisaría para examinar más fotografías de Yakuzas, ruedas de reconocimiento y el depósito de cadáveres. Del registro, sólo noté el desorden en mi maleta y la tarjeta de un restaurante parisino que cambió de lugar. Lai Ru me paseó por los mejores locales de karaoke, casinos y bares de alterne sexual, aludiendo siempre la santa protección a los turistas. De finales nos plantamos en la Central de Policía, un rascacielos infinito y radiante de espejos opacos. Allí me entrevisté con el Comandante Yu, máximo representante de la policía de Tokio capital. Tuvimos una charla limitada y traducida por un interprete con finos bigotes de roedor, seguidamente dispuso nuevas fotografías en la mesa a pesar de mi insistencia de no haber visto nada al ser agredido por detrás. Terminé agotado de tanto recalcar la imposibilidad de identificar a quien siquiera pude ver.

Entonces lo entendí. En un instante de clarividencia comprendí lo ingenuo que fui al confiar en la policía. No podían detener a los asaltantes puesto que eran agentes camuflados, querían asegurarse de que yo no los reconociera en mil años que viviera. Vigilado desde mi llegada, montaron la escena para contrastar la fotografía que mostré a Yu Len. El único que había visto y, probablemente, reconocido aquel rostro.

Desconocía la trama al completo, pero deduje algunas cosas del ataque contra mi persona y los posteriores interrogatorios. Era el cabo suelto de un plan de grandes dimensiones. No tenían interés en dejar a un europeo susceptible de reconocer a los asesinos que el gobierno tenía en plantilla. Un grupo especializado en hacer desaparecer a extranjeros demasiado curiosos.

Inmovilizado en la cama del hospital, dominado por un dolor infinito, desde la ventana de mi habitación me pareció observar un grupo de estudiantes de medicina caminando apresurados tras el Cirujano Jefe.

A pesar de la mascarilla, reconocí los ojos rasgados de Yu Len, ojos negros y fríos de Samurai.

Gueisa Tokio Blues

Anuncios
9 comentarios leave one →
  1. annefatosme permalink
    07/10/2009 21:15

    Japón esta muy lejos. Anda, vuelve, se te echa de menos.
    Un abrazo y mucha salud.
    Anne.

  2. 06/10/2009 20:14

    Esta película la he visto, esta novela la he leido.No puedo recordar cuándo ni dónde. En cualquier caso, he saboreado se relectura y su revisión desde la primera hasta la última letra-escena.

    Salud

  3. 01/10/2009 16:16

    Siendo el relato atemporal no sé por qué me ha recordado las películas japonesas en blanco y negro con sus intrincadas tramas y su inconcluso final. Me ha gustado
    Saludos

  4. 01/10/2009 15:39

    Aún estoy bajo los efectos del jetlag tras la vuelta desde Tokio…Muy bueno.

    Saludos.

  5. Perico permalink
    29/09/2009 12:02

    Quien no conoce a todos tus personajes no termina de entender la trama y se nota que dentro de lo que cabe, te sigues manteniendo en forma a pesar de las heridas de guerra y el incierto panorama que dejas abierto. Tu cariño especial por todo lo relacionado con la medicina sigue siendo exultante.

    No dejes de escribir.

  6. 29/09/2009 4:33

    Muy emocionante la transcición Palermo-Tokio y el resto de la historia. Supongo que en condiciones normales no preguntaría esto pero no son normales… ¿por qué tus personajes tienen todos nombres chinos y no japoneses? Perdóname el atrevimiento, pero me acabo de tomar una copa de vino a mi salud (lo cual en mi organismo funciona como cuatro o cinco)… desde hace treinta minutos y sólo por las próximas 240 horas, soy un año más vieja que tú. Ya ves, en condiciones normales mucho menos habría escrito algo como eso. Dicen que una mujer que es capaz de decir su edad, es capaz de cualquier cosa… por cierto ¿ya te conté que mi bisabuela era siciliana?

  7. annefatosme permalink
    28/09/2009 21:35

    Edu, me acabo de acordar que en Japón, andan unas mujeres de armas tomar. Acuerdate del libro que me recomendaste! Portate bien con las enfermeras, por si acaso. Cuidate mucho y no tomes mucho pescado crudo( el anisakis causa estragos).
    Un abrazo de tu compi de blog.

  8. 28/09/2009 9:39

    Pobre diablo, yo no apostaría por él.
    Genial, me encanta este registro tuyo.

  9. annefatosme permalink
    27/09/2009 9:24

    Hay que ver, no se puede estar a salvo ni en un hospital! Que pena resultaba de lo más apetecible y además en Japón, con las ganas que tengo de conocer este país!
    Espero que la convalecencia te resulte leve, un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: