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El Gafe Abel (Reedición Retocada)

13/10/2009

Universo circular

Reedición retocada del Baul de los Recuerdos

Abel había decidido consagrar aquel día como el principio de una nueva vida. Como principal ejercicio de voluntad, ¿cómo no? Dejaría de fumar. Comenzaría por desechar el café del desayuno y el ansiado cigarrillo de después.

Sin embargo, al final de la jornada, la conclusión no podía ser peor descrita: imposible. Abel vivía convencido de la existencia de su influencia con la mala suerte, por lo tanto, de su propia maldad. Olvidó cuando lo aceptó por vez primera, considerándolo como un rasgo de su particular carácter y asumiéndolo con perpleja resignación. La cuestión fue, que obsesionado hasta la médula, la línea entre lo moralmente correcto o incorrecto se distorsionó delante de sus ojos, convenciéndose de ser un gafe profesional por la gracia de los Dioses.

Toda una vida de contrariedades y luchas internas, de Abel podrían haberse dicho muchas cosas, pero no que fuera un flojo. Abel sacrificó cada minuto de su existencia en buscar antídoto a su maldición, la rehuyó, la descreyó, la desacreditó, la maldijo, la excomulgo, cayendo todos sus esfuerzos en saco roto; imposible, se repetía en cada nuevo fracaso.

Sin novia, sin amigos, sin familia, la evidencia era de peso, en su compañía uno quedaba expuesto a todas las desgracias posibles.

Por respeto y ética moral, no caeré en la bajeza de exponerlas aquí para deleite de la morbosidad que genera el mal ajeno. Aunque bien pudiera llenar folios enteros, por las dos caras, de los avatares causados por su desaforado influjo, los dramas provocados por su mera presencia, accidentes, crímenes, enfermedades, suicidios; quizás como el menor de sus contagios involuntarios, cuente la depresión profunda tras una conversación, o en el caso del imperceptible roce con su ropa, haber transmitido una acelerada diarrea.

Me debo a mi oficio, sería deshonesto por mi parte, destapar sus turbios secretos, resultas de una vida de complejos avatares para sobrevivir. Mi juramento me obliga a guardar silencio sobre los supuestos contactos con traficantes de opio rojo, cornudos hechiceros de medio pelo y brujas negras de contrabando.

Como decía, aquí, en confidencia, Aquel 13 de Octubre Abel había madrugado, tal vez no durmió lo que hubiera debido, si bien, el cansancio no se dejó entrever en su conducta. Arrancó el motor del coche a las siete y dos minutos, con el informativo de la radio. En unos minutos era otro ataúd metálico realizando carreras en la autopista, recorriendo los mismos kilómetros de a diario, ida y vuelta.

Hora y media más tarde se hallaba en las calles de la ciudad, sorteando el calor antes de que el sol ascendiera a lo más alto. Pasó por el banco a comprobar si las facturas tenían descendencia legal, pero el interventor apenas se mostró educado. Abel sabía, a ciencia cierta, que aquel ser gelatinoso alojado en el costoso traje de lino gris claro, iba a sufrir un mal día, poco le importaba la forma, lo sabía, era suficiente.

A las doce veinte tenía hora con el abogado en la Notaría, volvió antes a casa, ordenó un poco sus libros por hacer tiempo, apartó los que no leería ni atado y tras decidir tirarlos a la basura, los devolvió a su sitio.

Regresó de nuevo al automóvil. Sobrado de tiempo, decidió ir a llenar el depósito, lo cual era sinónimo de pulirse la mitad de la nómina del mes. La gasolinera abastecía a dos filas de vehículos, una motocicleta, dos furgonetas y tres utilitarios, se colocó en la cola pensando que sería corta la espera.

Absorto en sus pensamientos, de súbito, un automóvil menudo, vulgar y pintoresco, se coló después de realizar una S y situarse delante del suyo.

Abel, de prontos impredecibles, increpó al conductor mientras que en un segundo plano filosofaba sobre el imán que poseía para los problemas.

El temerario conductor salió de su vehículo y se aproximó al de Abel sin dejar de soltar mierda por la boca. Era un elemento curioso, aunque no por único, habían muchos más con idéntico perfil y limitadas capacidades intelectuales. No quisiera ser sarcástico con estos benditos, pues ellos no tienen culpa de ser unos capullos integrales. Sin embargo, reitero la inseguridad individual a la que se les somete, al acoso del consumismo responsable de las más absurdas necesidades, a la ausencia de futuro en el horizonte. Ignorantes de su propia ignorancia, en respuesta, roban, delinquen, arman bronca, beben, se drogan, se tatúan, se adornan el cuerpo con aceros.

Abel apenas se inmutó ante las insolencias del desgraciado, impasible le echó una ojeada al coloreado automóvil mientras insultaba con desgana, esperando a que partiera, no sin antes haber acariciado con suavidad la superficie del capó.

Minutos más tarde, a unos tres kilómetros de la gasolinera, detrás del segundo pino centenario, Abel observó los restos humeantes del accidente, el colorido vehículo volcado con una de las ruedas girando todavía, la llegada de las ambulancias, la policía, los curiosos, la cara del conductor ensangrentada asomando por el agujero del parabrisas.

En el accidente participó un segundo vehículo que Abel reconoció como el Volvo del interventor del banco. Por lo sabido más tarde sufrió un ataque al corazón mientras conducía.

Encendió un cigarrillo con gestos rabiosos cuando los dejó atrás. El espejo retrovisor le devolvió la fatal escena empequeñeciendo. Continuó adelante sin prestar atención. Imposible, maldijo en alto, consciente de lo duro que era dejar de fumar.

papillón

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9 comentarios leave one →
  1. 19/10/2009 14:01

    No exactamente. A algo parecido, sólo que a los que yo me refiero NO provocan depresión cuando te deshaces de ellos, sino que sientes que todo se ilumina y comienza de pronto a salir bien. Tu nivel de energía se dispara a la estratósfera y eres capaz de funcionar y crear. Sospecho, sólo sospecho, que tú te refieres a los que ponen al 20% en esa condición vampiresca. Estos son apenas el 2.5%… jejeje, pero su influencia puede ser bastante “viral” además de virulenta. El ajo es muy útil, pero hay otros antídotos menos ofensivos al olfato, mucho más portátiles, funcionan con energía solar y son infalibles. Como si esto fuera poco, son libres de costo… Te enviaré un catálogo a tu correo, para que elijas el diseño, el color, etc. 🙂

  2. 19/10/2009 8:45

    M, ¿Te refieres al 20% de vampiros que muchos dan por reales? ¿Un tipo de individuos que chupan la energía positiva, que te fatigan cuando pasan un rato a tu lado, que provocan la depresión cuando les dejas hablar? Conozco a unos cuantos que evito en medida de lo posible. Collares con ristras de ajo, molesto pero efectivo.
    Caín, hablando de justicia, es chocante ver a los familiares de alguna víctima inocente declarar que su deseo es que el culpable no tenga posibilidad de volver a hacer a otras familias el daño que les infringieron a ellos, cuando la cruda realidad es el sabor de la venganza.

  3. 18/10/2009 21:20

    Imagina por un momento que todo aquello que desees suceda.Sería terrible.Es imposible controlar los deseos y no nos quedaría otro remedio que pensar como Abel y echar la culpa a los dioses por nuestra condición de gafes.
    Abel no deseaba dejar de fumar y no lo hizo. Sí deseaba el mal del conductor y del interventor.El deseo se le fue de las manos.
    El ser humano es incapaz de desear sólo cosas buenas.Cuando lo hacemos pensamos en la ética, cuando lo malo se escapa por los poros el culpable siempre es otro.
    Inspirador.

    Caín

  4. JChef permalink
    16/10/2009 11:08

    Aterradoramente cotidiano. Délicieux!

    Un abrazo!

    P.S: @fanou, ni malo ni bueno, humano.

  5. 15/10/2009 14:51

    Entonces, ¿es malo Abel?
    Magistral!

  6. borjavicedo permalink
    15/10/2009 6:04

    espeluzantemente realista.

  7. annefatosme permalink
    14/10/2009 20:39

    Eduard, perdona si te hago un comentario tan breve y tardío pero he estado varios días sin cobertura y ahora me va y me viene según se le antoja a la llave UBS. Te deje un comentario en tu muy juicioso texto sobre la gripe A, se me fue la conexion! y otro muy admirativo sobre las tribulaciones de Abel y se me fue otra vez, así que te mando deprisa y corriendo un abrazo a ver si hay suerte. Escritorazo!

  8. 14/10/2009 11:27

    Me da la sensación de que en una historia como esta procede un comentario analítico-literario, ya que me parece bastante inusual y admirable la forma… pero me declaro incompetente. Creo que deberé sumar “Literatura” a la lista, bastante larga ya, de cosas que he resuelto estudiar a fondo y aprender con maestría en mi próxima vida. No, no estaba en la lista, increíble. Lo que sí te puedo asegurar, innecesariamente, claro, es que Abeles de carne y hueso que –en mayor o menor grado, dependiendo quién se encuentre en su lista de contactos– provocan cotidianamente efectos parecidos en los demás. Pueden llegar a ser hasta un 20% de la población. Trágico ¿no? Pero tiene cura. Un verdadero alivio. Bes.

  9. 13/10/2009 18:43

    Decididamente nos gustan más cosas además de las gárgolas: las historias de difícil ubicación pero de sorprendentes personajes. Los tuyos de carne y hueso arrastrando el peso de un destino, los mios objetos que crean el suyo.
    Espléndido.
    salut

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