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La Carretera del Cementerio

03/11/2009

Subía por la carretera del cementerio, el semáforo me detuvo justo en el cambio de rasante donde empieza el túnel.

Navegaba entre dos dimensiones, acababa de tomarme un café y fumado un cigarrillo, jugando con el dial de la radio, en busca de la emisora que me abriera los ojos a la realidad del día.

En el carril opuesto todo igual pero del revés, en dirección contraria a mi destino. A mi lado izquierdo ubiqué de soslayo los colores de los automóviles que esperaban para continuar. El vehículo que estaba justo delante del que tenía en paralelo, por alguna extraña razón, puso la marcha atrás y pisó el acelerador con una ligera presión, sin embargo la justa para golpear la parte delantera del coche de atrás sin causarle ni un rasguño.

Entonces mi mente halló la distracción que esperaba. Un tipo de altura media, tejanos y camiseta negra de mangas cortas, marcando de músculos y tatuajes, el pelo muy corto y un rostro señalado por una docena de pequeñas cicatrices. Con movimientos estudiados salió del coche, en el momento que cerró la puerta, un chiquillo de unos siete u ocho años apareció dando saltos en su interior, yendo a parar, de bote en bote, al asiento del conductor, las llaves colgadas en el salpicadero.

– ¿Qué haces tío?

Supongo que el conductor de delante lo vio llegar a través del retrovisor. Aproximarse a su altura marcando postura ante la fila que abarcaba su público.

– ¿Qué haces tío? – Un tipo que acaba de dejar a su hijo con las llaves del motor listas para arrancar el vehículo. Que ha detenido el tráfico en hora punta, particulares, autobuses, trabajadores, ambulancias. Se interpone en la actividad normal del día, va y pregunta:

– ¿Qué haces tío?

– ¿Por qué no sale nadie de ese coche que le arranque la cabeza de un puto mordisco?  ¿Alguien que le ensanche y desgarre las orejas estirando de ellas? Un cabrón más cabrón que el propio aludido. Un pedazo de hijo de puta capaz de estrellarlo contra el asiento de su coche, no sin antes retorcerle el pescuezo para mostrarle el lío que ha montado. Que, aprovechando la dilatación espiral del cuello, le meta la cabeza por el agujero del culo por haber dejado sólo al chiquillo mientras representaba su estúpido numerito.

Oigo a mi santa esposa diciéndome: ¡Tu ya habrías saltado!

Me oigo a mi mismo: ¿Cuándo voy a parar? ¿Es tu problema? Joder. Yo ya habría saltado. Cualquier día me matará un niño de estos. Oigo a mi santa: Cualquier día te matará un niño de estos. Me defiendo: Mira a ese mal nacido la que ha liado, mira la que le está liando al conductor de delante, el pobre desgraciado está completamente cagado, está tan a merced del gran cabrón que siquiera considera la opción de dar un acelerón y dejarlo atrás mientras le enseña el dedo del culo. El tráfico parado detrás de ellos hace sonar las bocinas.

Mis amigos siempre me aconsejan que no lea los periódicos. Me exaltó con la injusticia por nimia que ésta sea; si bien, más me exalto con la aquiescencia del ajeno.

Tengo que cambiar, no puedo continuar en este plan, la familia, el curro. No soy más que la sombra que un día proyecté ser. La caricatura de lo que un día fui. Pero ahora mismo, ese cabrón me alegraría el día si pudiera machacarle la cabeza.

De repente, el intimidado recibió mi onda telepática, con la ventaja del semáforo que avisaba del cambio a verde en el próximo cruce, aceleró asomando el dedo corazón y gritando su aullido de guerra. El pasmo del que se quedara paralizado en medio del asfalto, aumentó en nombre del Diablo, pues su propio automóvil reemprendió trayecto con el rostro y las manos del chiquillo adheridas como ventosas a la ventana de la puerta del conductor. Yo mismo supliqué a las fuerzas malignas un castigo más compasivo. El mal engendra el odio absurdo entre los hombres. Oí que decía una voz a través de la radio.

Era un cambio de rasante, una pendiente pronunciada. Lo dije antes.

La imagen del pobre cabrón corriendo desesperado detrás del coche se grabó en mi mente para el resto de mi vida. El semáforo cambiando de color, del verde al rojo, el coche avanzando hacia la corriente motorizada que comenzaba a circular.  El carril vacío, sin más vehículos que el del gran cabrón aumentando la velocidad.

SoldadoVM copia

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4 comentarios leave one →
  1. 04/11/2009 13:54

    Fantástica ilustración. Sobre la historia… sí, cada vez percibo más cerca el dulce sabor de la inmunidad.

  2. 04/11/2009 12:28

    Un retrato muy preciso de lo que llamo un energúmeno. Tengo una teoría sobre estos conductores agresivos: el coche les sirve de parapeto para esconder unos atributos sexuales…..minusculos!…o..o…un cerebro del tamaño de una avellana. Me gusta la voz del narrador. Muy compleja.
    PS: he encontrado tu relato gracias al blogroll…al fin, que te voy a contar que no sepas ya.
    Abrazos

  3. 04/11/2009 12:27

    Eduard, admiro tu capacidad para crear, cómo lo haces??… en que momento escribes. Bueno como sea, es admirable, sobre todo porque te sale tan bien.
    Ayer me acordé de ti, tuvimos tertulia literaria y fue un profesor de la universidad que además de eso, es poeta y pintor, y además de eso… es un hombre que podrías pasártela escuchándolo todo el día, por simpático, por culto, por las miles de historias que tiene. Creo que lo hubieras disfrutado a morir.
    Un abrazo.

  4. chrieseli permalink
    04/11/2009 12:13

    He quedado estupefacta y congelada en la escena que tan brillantemente graficas. Cualquier otra cosa está de más, maestro. Saludos

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