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Love Story en San Petersburgo

21/12/2009

A las siete de la mañana los colmados tranvías, autobuses y trolebuses atraviesan con ruidoso fragor los puentes de canales y ríos, transportando sus sardinas enlatadas a fábricas y oficinas. Es un merito por reconocer a los arquitectos el haber conservado intacto el corazón de la ciudad.

La temperatura baja, el humo flota encima de los tejados. Desde la ventana del tranvía sufro el influjo de la luz septentrional, lechosa y empalidecida.

Me registro en un hotel finlandés construido por finlandeses, excepto las instalaciones telefónicas y eléctricas: producto de orgullo nacional. En general, estos establecimientos son destinados al turismo extranjero, sobre todo finlandés, comerciantes de paso, prostitutas de saldo y espías exiliados.

Mi contacto me citó en una taberna alejada de las grandes avenidas de pardo granito, en un suburbio industrial desértico y gris, salvo detrás de la puerta que se abría a una pequeña escalinata, la cual a su vez daba al local de Zosimov el Oso, quien a su vez era el progenitor de mi dulce Olga.

Sentados uno frente al otro, con una mesa redonda de madera de por medio, abastecida con una botella de vodka y tres cortos vasos de vidrio gastado, el contacto me puso al corriente bajo un entorno hostil de viscosa atmósfera.

– Existen miles de locales clandestinos como éste. La ciudad está plagada. Pero cuidado, en estos antros convergen relaciones extrañas y sorprendentes, así como los crímenes más trágicos. Esto es San Petersburgo. – Culminó levantando el vaso para brindar. – También están los puentes. Muchos rusos deciden poner fin a sus miserables vidas lanzándose al río. – ¡3доровье! – Capituló antes de endiñarse el trago.

El Oso apareció de la penumbra con una bandeja de pepinillos cortados, rebanadas de pan negro y una botella de vodka, ataviado con enorme blusón lleno de manchas y un chaleco de satén negro, robusto y ancho, poblada barba cana y un gorro de piel de conejo ajustado al cráneo. Sacrifiqué una de mis sonrisas contra la repugnancia que me provocó aquel pestazo a pescado y sudor. Nos acompañó acercando a rastras un tronco válido como taburete para aguantar sus más de cien kilos y llenó los vasos de vodka.

– Lo tenemos todo listo – Habló desde una boca sin apenas dientes, camuflada por la espesura del grasiento bigote – Está bien. – Medió el contacto – Saldrá según lo previsto Sr. Zosimov, ustedes cuídense del KGB. Nosotros estaremos atentos a su llamada.– Confabulado con la turbia, si bien firme, mirada del Oso (Mi futuro suegro soviético), el contacto propuso otro brindis. – ¡Bebamos por nuestro cowboy! ¡Здоровье!

Sobre la cama del hotel finlandés posan extendidas las fotos de Olga y planos recién desdoblados de San Petersburgo. Examino las anotaciones encriptadas en velado silencio. Las paredes de la habitación desprenden un desagradable olor a humedad. Mi amor por Olga no se apagará por las adversidades que se crucen en mi camino. Estoy enamorado de ella y si tengo que pagar en dólares para llevármela conmigo a los USA, pagaré. Gracias a Dios no sufro por dichos desagradables problemas económicos.

Cerca de allí, en la avenida Nevsky, Olga Ajmatova, la supuesta hija del Oso, vivía en un palacete de la época de Leningrado que, como su familia, sobrevivió a la segunda guerra mundial y al asedio de los novecientos días. A finales de mayo la familia de Olga Ajmatova suele reunir a sus más allegados amigos para celebrar algo que yo ignoraba: La llegada de las Noches Blancas. El lujoso edificio emerge rodeado de guardaespaldas con trajes negros y limusinas del mismo color.

La Noche Blanca es una noche en la cual el orden astral descuida el cielo. Es uno de los fenómenos mas maravillosos del mundo.  Las farolas no se encienden y restaurantes y demás comercios permanecen abiertos a plena luz natural, día y noche.

La ciudad parece mas permisible, menos prepotente. Bajo un inmenso cielo demacrado donde las basílicas clavan sus agujas de oro generando luces de sutiles fulguraciones.

La madre de Olga y sus amigos celebran el evento con una fiesta con miras a la nueva Rusia. Políticos, militares, periodistas, embajadores de otros países, beben champán y prueban el salmón, las ostras o el percebe. Consolidan convenios, pactan empresas, crean alianzas políticas y fundan sociedades.

Mientras yo espero el ocaso, el instante en que nos reuniremos para huir a América. Nada ni nadie se interpondrá en nuestra aventura.

Recibo la llamada del contacto, el plan se pone en marcha. Esta tarde depositaré el maletín con el dinero en la caja de seguridad de un banco suizo, después iré al Puente Azul, sobre el río Moika, entre el palacio Mariinsky (Asamblea Legislativa) y el monumento ecuestre de zar Nicolás I, lo acordado con mi contacto. Al emocionante encuentro con mi amada.

Quizá debería haber sospechado al notar lo tarde que se apagaba el día en la ciudad, pero mis sentimientos navegaban sin brújula por océanos de amor, además de sentirme, ingenuo de mi, un poco inquieto por la integridad de mi prometida. Sin embargo ellos fueron concisos, el encuentro sería al anochecer.

Creo que fue transcurridos treinta días sin sus noches cuando, a causa del cansancio, el hambre y la sed, admití haber sido víctima del timo millonario. Al presentarme avergonzado ante las autoridades junto con mi pasmosa ignorancia sobre la atmósfera soviética, la intención de formalizar una denuncia y la fotografía de Olga Ajmatova asida con dos de mis temblorosos dedos, de la cual me informaron que la dama retratada no era mi Olga, sino Ala Borísovna Pugachova, una cantante popular rusa que había actuado en 1997 en el Festival de Eurovisión.

Entonces fue cuando juré leer Guerra y Paz en cuanto regresara a mi rancho al sur de Texas, entre excrementos de vacas con denominación de origen y caballos salvajes de pura sangre.

¡Здоровье!

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5 comentarios leave one →
  1. chrieseli permalink
    22/12/2009 11:32

    Intrigante y extraño, como son los rusos. Concuerdo con Anne en tu dominio cabal del género que se nota en la soltura con que escribes. No sabría decirte por qué pero recordé a Jacqueline Chaplin contando entretelones de la filmación del Dr Zhivago, mientras leía tu texto.
    Un gran abrazo

  2. 21/12/2009 19:46

    Conozco a una doctora que siempre me dice que soy como un personaje de Dostoievski. Si bien, ya llevo en el cuerpo mi ración de tochos rusos de 5000 páginas o más.

    Salud per tots i Visca el Barça

  3. 21/12/2009 16:23

    Eduard, te favorece un montón la indumentaria rusa, sobre todo el gorro! Por otro lado, no voy a comentar el estilo lleno de intriga del relato. Ya sabes que dominas perfectamente este género. Lo que sí voy a comentar son las descripciones de San Petersburgo. Preciosas! estuve en esta ciudad hace unos años, más precisamente cuando se produjo el accidente de Chernovil, ya ves!, pero al no estar enterada de lo acontecido, disfrute de las calles que tan bien dibujas. En cuanto a las Noches blancas existen unos relatos escritos por Dostoievski con este mismo nombre que te recomiendo leer por si no los has hecho ya.
    Anouska, así me llamaban mis amigos cuando era más joven. No es broma.

  4. 21/12/2009 14:01

    interesante relato, que a mi modo de ver tiene su valor en las concisas descripciones de personajes y de unos ambientes que van desde el lumpen a un rancho de texas
    en muy poco espacio has pasado por multiples sitios, e impagable me parece eso de los “excrementos de vaca con denominación de origen”,

    el amor no se compra

    salut company i visca el barça jejejeje

  5. 21/12/2009 13:20

    Pobre cowboy eso le pasa por no ver Eurovisión. Mejor le hubiera ido si se hubiera dedicado a hacer turismo y contemplar la maravillosa Noche blanca. Aunque algo bueno ha salido de la historia, leerá Guerra y Paz, aunque dudo que en versión original.
    Salut per a tú també.
    PD: Sis de sis.

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