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Cuento Patético en dos Actos

12/01/2010

UNO

Ahora se levantará procurando no hacer ruido creyendo que todavía duermo, resentida y decepcionada, cogerá su ropa cara e ira a enclaustrarse al baño.

Yo, castigado de cara a la pared, los ojos como platos y el oído de los murciélagos, restaré quieto, sin apenas respirar. De madrugada se escuchan todos y cada uno de los ruidos que procesa el edificio, las toses, los gritos, los gemidos. Mi frustración crece hasta alcanzar un nivel patético. Oigo las tuberías, los pasos desnudos, el chirriar de las pequeñas bisagras del botiquín, el agua chocando contra el interior de un vaso.

La ducha, el golpe del chorro contra su piel contaminada por mis torpes caricias, quitándose con saña el mínimo resto de mi tacto, borrando mis huellas digitales de los recodos de su cuerpo. Al cerrar el grifo se vestirá cada vez más apresurada, más ansiosa por salir de ahí, en convertirme en el humo del cigarrillo que encenderá cuando descienda dentro del resbaladizo ascensor metálico, lo cual también escucharé con precisión. La puerta de la calle y la percusión de los tacones alejándose.

Pero antes referiré sus últimos movimientos revelados a través de las paredes, después de la fricción de la toalla contra la suavidad contrastada de su piel acaecería el abrazo del algodón asegurado a la altura de los senos, el cepillo desenredando la mata de cabello mojado, rociando de minúsculas gotas la cerámica. La caída del lienzo a los pies; como salida de una chistera mágica, la ropa interior de repuesto del bolso negro, una pierna, la otra, el sujetador, el vestido de una pieza, de arriba a bajo haciendo girar la cintura al cerrarlo, luego los pliegues de la tela roja, la costura ajustada a las costillas, el roce adherido a la forma de su vientre, la falda a la justa medida para asomar las piernas, la fascinante sonoridad de las pulseras al aplicarse el carmín del pintalabios, la firme supervisión ocular frente al reflejo. El tamborileo de los tacones de aguja, eróticos, sexys, rojos también. El eco de los suspiros.

Seguiré aquí durante días, quizás semanas o meses, en postura fetal, desvalido y sin consuelo de nadie, con la mancha de mi vergüenza estampada en la sábana. Moriré de hambre mientras miro el maldito decorado, me deshidrataré por falta de líquidos vitales, a causa de ésta maldita y febril depresión amorosa.

Sin embargo, debo sobreponerme a esta situación. Un Mercedes más grande de seis velocidades, con un tremendo motor a millones de caballos quizás…

DOS

Pocos meses más tarde, conduciendo por una carretera secundaria que bordeaba la Costa Azul, aceleraba a la salida de una curva cuando sonó el móvil. Fueron unos pocos segundos de distracción, los suficientes para, una vez vista la cara de sorpresa del conductor de la furgoneta, volcar el Mercedes a causa del volantazo que lo desvió hacia el surco de grava que delimitaba el asfalto, introduciendo la rueda izquierda delantera en él y frenando la inercia del peso total del vehículo, cuyo trasero se levantó volteando sobre si mismo para caer de costado contra el arcén, por donde se deslizó sobre un pequeño riachuelo hasta detenerse.

Salí por la ventanilla y me arrastre hasta la calzada donde dos niños en bicicleta, completamente deslumbrados, miraban el accidente, al coche y a mí.

Grité furioso, insulté al tipo de la furgoneta que no paró, a quién fuera que me llamara al móvil. Maldiciendo mi mala suerte a la vista de los daños ocasionados al vehículo.

Mi Mercedes, mi Mercedes. Dios mío. Mi Mercedes. – Sin poder contenerme.

El mayor de los niños, me señaló con el dedo.

– Señor – Llamó mi atención – Su brazo. Ha perdido un brazo.

Mis ojos aterrados se giraron en post del vacío dejado por la mutilación. El accidente me había dejado manco. De nuevo, maldije mi fortuna a voces brincando como un sapo borracho.

Mi Rolex, Dios mío, mi Rolex. También perdí el Rolex.

Al percatarme de que los niños empequeñecían en mi campo visual, les llamé para que me prestasen ayuda, a lo que respondieron, sin volverse ni desviar su ruta, con un dedo corazón alzado al viento.

FIN

*Las líneas en cursiva están inspiradas en un texto corto de Eduardo Galeano.

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9 comentarios leave one →
  1. 16/01/2010 21:28

    Me ha encantado, el cuento, las dos partes. La segunda por su humor negro, desternillante, y la primera porque me ha emocionado tu manera de describir, de una manera tan sensual, tan tactíl, el aseo de una mujer, su manera de vestirse. Una mujer fatal que no se merece un amante tan sutíl, caray!
    Hannah.

  2. 15/01/2010 22:35

    Me ha gustado , lo admito.Las dos partes. Falta tal vez una tercera donde la policía o el médico de la ambulancia se apropien del rolex que habran robado al brazo indefenso.

  3. 15/01/2010 11:29

    Como mínimo más enderezado que con el del Mercedes, si que vamos.

    Uno subestima los pequeños guiños del texto pensando que serán imperceptibles al lector, pero luego, ante mi estupor, resulta que son descubiertos como los más simbólicos.

    Sin duda que lo de la butifarra infantil lo es.

  4. Perico permalink
    15/01/2010 9:19

    Anoche perdí mi comentario porque se cortó la conexión.
    Es bueno en sus dos partes. En la primera porque no es “nada” acurrucado donde la “mujer” es protagonista. El es “un protegido”. Y en la segunda por el valor del “Ser”: Es en tanto tiene y culpa a los otros de sus desgracias mientras pierde el brazo. El final no es de Galeano, es tuyo: La butifarra indica para dónde va nuestra sociedad representada en los niños que ni se molestan por el amputado y en lo bestial de la escena.
    Creo que vas por muy buen camino.

  5. 12/01/2010 21:51

    Terminaré creyéndolo gracias a vosotr@s. Siempre me termina ocurriendo lo inesperado. Quizá uno se subestima más de la cuenta.
    El autor bosteza, ¿Será hambre, será pereza? ¿Será que tiene vacía la cabeza?
    Será.

    Salut megamicromaca

  6. 12/01/2010 21:41

    Coincido con lo de la primera parte. Destripas la acción con alma de voyeur. Aunque siempre es un placer leer a Galeano.
    Salut

  7. 12/01/2010 15:26

    Corrientes Cíclicas, comparto esa energía y suscribo su existencia. Sin embargo, si leo entre líneas tu comentario, ..me das miedo….mucho……

    Respecto a que te gustará más el primer acto es normal, es mío original, en cuanto al segundo, el desenlace está salpicado por las letras de un gran escritor.

    Tu carismática opinión me alza a las nubes. Gracias por tu sinceridad y apoyo.

    Miego Armando Broncas

  8. chrieseli permalink
    12/01/2010 15:11

    Sabes? me ha gustado más la primera parte, tal vez algún recuerdo doblado en miles de pliegues en lo profundo de mi inconsciente que viene a mi mente y me saborea la venganza, cuando detallas al pobre tipo, doblado como un churro, maldiciendo ser débil y quedar abandonado como un crío, mismos críos que luego presencian su accidente. Mmm, vueltas en espiral, mi querido Eduard.
    Un abrazo,

  9. 12/01/2010 14:37

    Algunas personas realmente no sabe lo que es importante. Parece que se mereciese su mala suerte, ganada a pulso. Aunque la vida no es así.
    Buena re-interpretación desde un punto.

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