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El Retorno del Ulysses (Primera de Dos)

19/01/2010

Primera parte de Dos

En el horizonte se avistaba al Galeón cercenando la piel del Océano Atlántico entre feroces olas caracoladas.

La expectación estaba servida en los acantilados de Moher, en cuyos escarpes se agolpaban los irlandeses para constatar que los rumores que corrían como la pólvora eran ciertos. Después de trece años de odiseas por mares y océanos, el Ulysses regresaba a puerto.

La revuelta en el Condado de Clare fue de órdago, tras las primeras impresiones se dieron las reacciones. Las viudas, que no lo eran, buscaron refugio en vano en la Comunidad Protestante de donde fueron rechazadas por adúlteras, los cónyuges accidentales afilaron los filos de sus espadas o pusieron pies en polvorosa, los taberneros se prepararon para abrir sus cantinas, los enterradores sus ataúdes.

A bordo del navío, marineros con siete mares tatuados en el pecho desafiaban la tempestad profetizada por los Dioses de la lluvia, con los ojos clavados a una costa que olfateaban a través de la bruma. Hombres duros, con la piel encallecida por el salitre y la inclemencia solar, con los corazones oscuros y las almas secas.

El viejo John Mac Ryan, Capitán de la nave, se erguía en la proa ojo avizor pegado al catalejo junto con su Segundo Oficial de a bordo.

¿Creéis que nos esperan Capitán?

¿Teméis por la integridad de vuestro hogar Señor Gallagher?

Temo por las reacciones de los hombres Capitán.

El Capitán Mac Ryan aspiró el aire con fuerza antes de inclinarse para añadir lo siguiente:

Existe un contrato mercantil en la Patente de Corso del cual harán uso si es debido. Versa sobre los derechos de los corsarios a su regreso, del sagrado descanso del navegante y del debido respeto de su familia, incluidos los deberes de la santa esposa.

El ruido de las olas al romper obligaba a los dos hombres a gritarse entre ellos. El Ulysses soportaba los embistes con las velas del trinquete y la mayor infladas por el feroz bufido de los vientos. Los quejidos la vieja mesana historiaban por si mismos las adversidades oceanográficas del navío.

Es un vil contrato, si me permitís Capitán; sin vigor en tierra, ni en el infierno. Un pacto con tintes demoníacos que únicamente derramará más sangre.

La sonora carcajada coloreó el rostro del veterano Capitán, rajado por una fea cicatriz en diagonal desde una hirsuta ceja partida en dos hasta la comisura de la boca, amagada entre bigotes y barbas trenzadas y provista de un único diente. Luego desvió su atención hacia la tripulación cuya misión radicaba en orientar el velamen. Un golpe de aire insolente abofeteó las alas anchas de su sombrero negro y le alzó la capa sacudiéndola como una vela más del trinquete.

Timonel – Voceó – ¿Qué viento nos acompaña?

El piloto Elías O´Brien, marino de piel ajada, flaco y desgarbado, asomó el ojo de cristal desde el castillo de popa, por debajo de la cortina de agua salada que acribillaba la cubierta.

Nos empuja el barlovento Capitán.

Éste ojeó al Segundo esbozando una siniestra sonrisa y dirigiéndose a la tripulación anunció a gritos:

¡Alzad el gallardete bravos hijos de Irlanda! ¡Izad las velas! Los Dioses nos envían el favor de los vientos. ¡Rumbo a Calipso! Rumbo al hogar.

La tripulación se unió en un excitado trajín mezcolanza de fervor y anhelo por compensar trece años de calamidades y desventuras.

En el Condado todos ignoraban el por qué de tamaña demora, de igual manera también desconocían que los hombres que zarparan trece años atrás como honrados marinos acabaran convirtiéndose en implacables corsarios y poco más tarde en piratas sanguinarios enfrentados al gobierno de los mares del Caribe y América del Sur; que arrasaran islas abandonadas de la mano del Señor, que  asesinaran, esclavizaran y explotaran a indefensos nativos, que saquearan e incendiaran sus aldeas apestando la tierra a su paso con el simple hedor de sus alientos.

Después de susodichos sucesos cayeron presos de la Marina Británica; sin embargo, tras un corto encierro en el Penal inglés de Valparaíso, consiguieron huir a raíz de una encarnizada escabechina de traiciones, aceros y vísceras. A resultas de aquellos actos contra La Corona fueron acosados tal cual alimañas apestadas, mientras sufrían enfermedades tropicales como la fiebre amarilla o el escorbuto, sumado a la falta de víveres, se vieron obligados a combatir a distancia corta para salvar el pellejo, contra los ingleses, los portugueses, los españoles, los franceses, los indígenas, contra piratas venidos de otras latitudes.

⎈ En los años postreros se revelaron víctimas de una maldición marinera, un hechizo endemoniado a efecto de los vituperables actos firmados con sangre y fuego . Se deshicieron de los maldecidos, abstraídos por una hostil atmósfera de delirante superstición, asesinándose entre ellos con venenos, a cuchilladas traicioneras o con festivos ahorcamientos oficiados con ron.

Diezmados por los avatares de sus propios destinos, los supervivientes rozaron lo increíble para conseguir sobrevivir.

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2 comentarios leave one →
  1. 19/01/2010 22:04

    Me pregunto cómo quedaron tus dedos después de tipear todo esto. Porque mis ojos no parpadearon desde la primera línea hasta la última, con ese remate impresionante, con impronta a continuación, con eco de historia cierta, con idas y venidas de almas penitentes. Me hiciste recordar el asedio a Valparaíso por el capitán Bartolomé Sharp. Era igualmente querido.
    Un abrazo y me sumerjo rauda en la segunda parte 🙂

  2. 19/01/2010 21:45

    Un nuevo registro. Me encantan los libros y las películas de piratas y marinos (los clásicos ) Me tragué unos cuantos de Patrick O´Brian y creo que he visto todas las películas, incluso las de cine mudo.
    Salut Master

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