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▶ Amor y Soledad ♥ (Parecido a la Felicidad)

01/03/2010

FantasyBook Ilustración:EBlanco ©

▸▶ El viejo Tomás salió, como cada tarde, de consumar su visita con Lupita. Era hombre de resabidas costumbres, dormía hasta el mediodía, al despegar la oreja del catre se acicalaba como un galán de cine para acercarse a tomar el aperitivo a Casa de Toni. En el interior del estrecho local partido por un mostrador, servía el mismo Antonio, un ex policía nacional casado con una gitana rumana y patriarca de una prole de quince hijos, siete nietos y otro de camino.

Tocadas las tres de la tarde, con tres vinos tintos y unas tristes aceitunas partidas cosquilleando en el estómago, se dirigió a la Pensión Herminia con el santo propósito de colmar la panza con la pitanza del menú del día, pues a la dueña del negocio, una enorme viuda todavía de buen ver, la cortejaba con galantes piropos cargados de ingenio y agasajo. Referidas galanterías costeaban un entrante, dos platos calientes, postre, pan y vino. Servido y complacido, se deshacía en halagos sobre la belleza de las agraciadas para quienes, como Doña Herminia, no pasaban los años.

Vendiéndose de modo harto políticamente correcto, Don Tomás se disculpaba alegando el deber de cumplir con la sagrada siesta, recetada a vida o muerte por el médico de cabecera, pues sin ella el corazón podría jugarle una mala pasada.

Así que, contento como unas castañuelas, partía calle abajo con el objetivo de homenajearse con una de café y copa en el Bar América, donde los estudiantes de Bellas Artes, la academia de enfrente al local, escuchaban embelesados sus historias sobre las condecoraciones ganadas con la Legión Francesa, cuyo valor se le presuponía pues por válido no valió para ninguna guerra que terciara a su paso, por tullido, embustero y chaquetero. Sin embargo, ello no restaba inventiva e improvisación cuando la somnolencia de la digestión lo liaba entre la Revolución Cubana y el vuelo de una mosca en la Batalla del Ebro.

Nada que no pudiera remediarse con la copita de anís para tonificar la mente y espabilar los sentidos. Don Tomás se mostraba versado en el arte de la conversación, cuya intención, junto con una cordial picaresca, le servía para sufragar la consumición de sobremesa poniéndola a cargo de su joven audiencia. Cuando los alumnos eran llamados a clase, Don Tomás pillaba las de Villadiego para no llegar tarde a su cita con Lupita la Mulata. Cierto era que a las cinco menos cinco cruzaba la avenida con una prisa elegante, si quieren desvergonzada o burlona, con un estilo un tanto peculiar.

La Mulata Lupita lo recibía con cariño y las piernas abiertas. Relaciones de esas a cierta edad no se podían rechazar, es más, debían cuidarse aún a riesgo de dar la patética imagen de viejo enchochado. Era un precio ridículo por las alegrías que el cuerpo recibiría a cambio.

Lupita era pobre y feliz. Se sabía todas las letras de los boleros que sonaban en la radio. Le gustaba bailar y Don Tomás le daba el gusto. Bailaban agarrados a la vida la una del otro, buscando recuperar las sensaciones que apostaron y perdieron por sus malas cabezas. Lupita siempre se ponía melancólica y, entre mocos y lágrimas, contaba historias de su pasado, de cuando un torero español con aspavientos de comerse el mundo la besó en el Malecón, de cómo la trajo escondida en un baúl desde La Habana a Sevilla. De cómo la abandonó en la puta calle.

Lupita, usted ya perdió la cuenta de sus cuentos – Le decía con cierto sofocón Don Tomás mientras le sobaba el trasero. De tal guisa, entre sollozos y torpes ternuras, tomaban la cama, enredados el uno en el otro como adolescentes inexpertos, con las ropas a medio desabrochar y las prisas por dar y recibir. Si bien, ambos sabían por amplia y dilatada experiencia, que el poder sexual del anciano estaba limitado por su cronómetro biológico.

– Desnúdate papito mío; te llegó la hora de morir.

El orgasmo dejaba a Don Tomás fuera de combate durante unos veinte minutos, lo sentía como un aviso de la Dama de la Guadaña, otorgándole una tregua al surcado cuerpo sembrado por los males de la vejez a cambio de un flotante estado de gracia, concebido en un estadio efímero, indoloro y sereno, colmado de paz y amor.

Vístete. Tengo que ir a trabajar. – Musitó ella en un suspiro, exhalando el humo del Chester sin filtro.

A su despertar, al filo del atardecer, con Lupita, arreglada para gustar y asomando el ojo avizor a través de la persiana del pequeño balcón, el caballero le dedicó sus piropos más románticos.

Dejad caminad a la bella Lupita, satisfecha y dolorida, por las calles de su Reinado. Haceros a un lado para que los aspirantes a su amor puedan verla brillar sobre el asfalto. Un pasodoble, maestro, por favor.

Se miraron en el reflejo del espejo donde él se acicalaba mientras ella lo escuchaba discernir. Él se siente solo y ella, pese a las compañías del oficio, también.

De noche todos los gatos son pardos, dice el dicho; para Don Tomás, todas las mujeres son hermosas. Lupita la Mulata no elige, se deja elegir. Pero a Don Tomás lo eligió por amor o para amar o para ser amada, fingiendo vivir.

Amor y soledad parecido a la felicidad.

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5 comentarios leave one →
  1. Perico permalink
    16/03/2010 7:00

    Yo creo que es mas actual. Mas de lo que se puede ver hoy en día: Un veterano republicano culto, próximo a la República y Cuba que establece una relación de su tiempo para otro tiempo… en el cual las mujeres inmigrantes de Centroamérica son carne de cañón para los prostíbulos. Así de simple y muy bien recreados los personajes.

    Un abrazo.

  2. 03/03/2010 21:22

    Serrat, Marsé y García Marquez, mejor parado no podía salir.
    Gracias Mil, sois muy amables.

  3. 02/03/2010 20:03

    Hay un cuento de García Marquez que habla de sentimientos muy parecidos entre personajes similares.
    Una trama limpia y muy Eduardiana. Un gran abrazo amigo.

  4. 01/03/2010 20:16

    Pués a mi me parece que tu relato tiene muchas cosas en común con el ambiente y los personajes de las novelas de Juan Marsé, al cual admiro profundamente.
    Un abrazo caballero.

  5. 01/03/2010 18:58

    Estupenda crónica de un caballero y sus cabalgatas que me ha recordado una canción de Serrat.
    Salut

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