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Chicas y Viejos

13/10/2008

Venganza Erótica

Venganza Erótica

Venganza Erótica

Me levante poco antes de las ocho. Al salir del baño, ojeé entre las rendijas de la persiana, un sol apagado proyectaba un blanco lechoso. Tomé mis píldoras con un poco café frío y encendí un cigarrillo que apagué de inmediato, estrujándolo con rabia contra el cenicero.

Regresé a la cama, acurrucado en forma fetal, a la espera de que los fármacos liberarán la sustancia. Al lado opuesto yacía ella fingiendo dormir. Fingía dormir como lo fingía todo, llorar, reír, ser, estar, escuchar, pensar; ignorante de su propia ineptitud, componía su propia existencia con los jirones existenciales de otros, interpretando poéticos papeles de personajes de culto, haciendo suyas frases recónditas de interminables obras rusas, respaldando su verborrea en milenarias filosofías orientales. De todo sacaba lo más frívolo, pues jamás profundizaba en lo esencial.

Transcurridos unos minutos, sentí el contrapeso en la cama y escuché el roce de las sábanas. Sabía que saldría de mi vida aquella misma mañana, razón por la cual, permanecí quieto, hecho un ovillo, con los ojos fijos en la penumbra de la pared y las tripas protestando a traición. Me adormilé escuchando la ducha salpicando contra su piel suave y tersa.

Cuando desperté estaba solo, eterna y condenadamente solo, solo y enfermo. La lucidez de mi mente encarnaba el peor de mis males, un castigo inclemente antepuesto al del dolor. No es lo mismo sobrevivir que vivir, esto lo ignora mucha gente. Se cree, erróneamente, que cuando uno supera una intervención quirúrgica y salva la vida, los médicos le hicieron un favor; el suicida que perdió la dignidad, que no halló en sus semejantes el mínimo cariño, que nunca fue nadie y ahora es pasto para especialistas veinte años más joven que él. ¿Qué sabrán ellos de la vida en la jungla donde se crió? ¿La Facultad de Medicina habrá conseguido un fármaco precioso y secreto para deleite de los laboratorios farmacéuticos? ¿Existe una conspiración de la Comunidad Científica en contra de la humanidad? Los suicidas son como son.

La soberbia hizo de mí un ser único, como todos los seres del universo, pero arrogante y despectivo. A mi edad todavía iba engañando a señoritas con falsas promesas de trabajo y representación. Es mi realidad como escritor, la profesión me convirtió en un vendedor de mentiras. No obstante, por muy inmoral que me pareciera, no me importaba en absoluto los sentimientos de las muchachas, capaces de tirarse a un viejo si con ello conseguían su propósito; lo que significaba alcanzar sus sueños por el camino más corto. Pequeñas zorras ambiciosas, que al cabo, también querían algo más de mí. ¡Su primera lección: Desconfía de los ancianos halagadores!

No di importancia al ruido de la puerta, nunca pedí que me devolvieran las copias de las llaves. Aquí tenían a su hombre, protector, amante, consolador. Embaucador, entre ustedes y yo.

Enseguida que la vi, las vi a todas, con esa melena ondulando hasta los hombros, esa cara de ángel, ese cuerpo de piel suave y formas perfectas, esa aura de inocencia perdida, de fiereza asumida, ese talento para aprovechar.

En su mano delicada, el negro revolver era un adjunto fuera de lugar, ilusorio y fantástico. Aunque ocurrió que antes de contemplar la llamarada, un rayo me atravesó el hombro, entonces experimente unos raros mareos acompañados de grandes preguntas.

– ¡Estoy embarazada hijo de puta!

Esa sería la única respuesta que me importaba una mierda. Las rodillas de mis dos piernas perdían funcionalidad de un modo estúpido, mofándose de mis órdenes cerebrales. En los ojos destellantes de ella vi su intención inmediata. Incluso, por intuición, grite: NO

El segundo rayo me traspasó el pecho, acabó con mi ejercicio respiratorio inundando los pulmones de sangre mientras la imaginé desnuda; muy sexy, con un seductor liguero de alta costura, disparándome a muerte.

Arrodillado ante ella, con un esfuerzo sobrehumano e inexplicable, dado mi estado clínico, ose delirar con torpeza, – Ponle mi nombre.

La oscuridad la puso un tercer disparo. Una guarrada, por cierto, nadie, y aún menos yo, va a reprocharle a la chica su falta de conocimiento sobre las armas de fuego. Un 38 corto, una bala explosiva, disparando casi a quemarropa. ¿Y su ropa? Yo ya no puedo opinar, me faltó tiempo para contemplar cómo me reventaba los sesos. Como antes, siquiera escuché la detonación, solo miré el ánima del cañón, negra y redonda, dejando escapar finos y retorcidos hilos de humo. El resto lo supuse en décimas de segundo, durante el tránsito hacia la insensibilidad total.

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3 comentarios leave one →
  1. 14/04/2009 17:00

    Éste fue el primer cuento que leí, en el momento de su publicación. Lo he buscado. Recordaba la mazana con dientes, inquietante. Me gustó mucho.

  2. 11/01/2009 17:30

    Oscuro y perverso . Su pluma destila un erotismo polvoriento , entre el clasicismo y la postmodernidad. Me gustan las femmes fatales y los hombres que se dejan matar por la indiferencia.
    Yo revisaría algunos adjetivos, es decir, suprimiría algunos para dotar al texto de mayor ligereza. pero no me haga mucho caso, yo soy la mujer que más adejetivos emplea, pero es que cada uno en su estilo debe utilizar diferentes bazas. Y su estilo es limpio y directo, un mordisco de vampiro, si me lo permite.
    En fin, no sé si le he servido de ayuda. Opinar siempre es peligroso.
    Ah…El hecho de hablar de usted no implica lejanía. Es que soy una antigua y una coqueta, igual a una lamparita de gas.
    Para aprender a escribir lo único que hay que hacer es escribir. A la superación se llega de la mano de los errores.

    Saludos intermitentes

  3. 04/01/2009 14:41

    Me encantó! Qué buena forma de llevar esa rutina terrible de los personajes miserables. Una joyita. Besos.

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