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El Ángel de la Esquizofrenia

06/12/2008

Copia al oleo del Autor del Blog

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* Paseando por el borde del tejado, los brazos en cruz, encarado a la noche tachonada de astros. Mezclado entre los ángeles, siendo y existiendo como uno más. He dado mi amor a cambio del misterioso secreto por lo divino, dicho de otra forma, de la ausencia de temor ante la muerte.

Mis sentimientos ya no serán desbordados por el tiempo. ¿Qué importa si tuviera que morir? Podría volar, estoy seguro, podría avanzar un pie al vacío y dejarme llevar por las voces divinas. Los seres alados me agarrarían al vuelo para llevarme con ellos *

Las paredes del despacho de monitores amortiguaron las carcajadas. Una hilaridad desbocada después de haber escuchado la grabación por tercera vez.

– Los ojos como platos, convencido al completo de sus delirios. – Puntualizó el autor de la entrevista; un psicólogo en prácticas apellidado López. – ¡Oye! llegué a creer que iba a salir volando por la ventana de un momento a otro.

– Mientras sean Ángeles y no Diablos, podemos dormir tranquilos sabiendo que está protegido por el Altísimo.

Las risas menguaron paulatinamente, junto con el bajón del cigarro de marihuana. El otro monitor se secaba las lágrimas con el dorso de la mano, los ojos inyectados como naranjas partidas. Era el más veterano de los dos, aún con la carencia de titulación ninguna. Juanma abandonó la carrera de medicina al quinto año a causa de sus problemas con el alcohol.

El edificio de dos plantas, amagado entre la frondosa ladera abetal del bosque, contaba con veinte habitaciones individuales para los enfermos y dos para los monitores de guardia. Al anochecer, fatigados por el trabajo y somnolientos a razón de los fármacos, los internos dormían con cierta calma si obviamos los fantasmas oníricos, las pesadillas, los impulsos nerviosos y las disfunciones cognitivas.

En la planta baja los dos monitores realizaban el informe de la jornada, aprovechando la tesitura nocturna mientras fumaban cannabis.

– Gastémosle una broma – Propuso Juanma terminando de imprimir la documentación lista para firmar y dar la guardia por concluida, faltando todavía siete horas para que amaneciera.

Aunque la Institución carecía de cámaras en las habitaciones para el control de los enfermos, poseía altavoces para comunicarse con ellos.

– Podemos cerrar la comunicación con todas las habitaciones, excepto la del Elegido. Podríamos mandarle un mensaje desde el más allá. Usando un método terapéutico de vanguardia.

Tras unos segundos de silencio volvieron a estallar las carcajadas.

La habitación de Daniel Casado era triste, desde su llegada al centro jamás colgó un cuadro ni cambió un mueble de lugar. Asumida como un habitáculo temporal, parecía que nadie la ocupara. La cama, la mesita, una silla y una cómoda con tres cajones, además del armario, todo vacío de enseres personales.

A pesar de la medicación pautada, Daniel yacía despierto tumbado en la cama boca arriba, la lengua pastosa y los ojos abiertos, reflexionando seriamente sobre sus alucinaciones.

De súbito el altavoz carraspeó un par de veces. Instintivamente Daniel presionó el interruptor de la luz, dando por hecho que sería hora de levantarse, cuando los altavoces emitían música clásica. Sin embargo, la melodía de aquel amanecer le resultó extraña, lo cual le indujo a comprobar la hora en su reloj de pulsera. Eran las dos y cinco de la madrugada.

La música orquestaba notas orientales con tonos relajantes y místicos. Todavía abstraído por la confusión de sus sentidos, del altavoz surgió un voz melosa y grave, abriéndose pista entre el sonido del viento del desierto que hacía sonar miles de campanillas.

Daniel, hermano. Esperamos te agrade el Don concedido por la Gracia del Señor – Interferencias y carraspeos – Las alas que Dios te ha dado no serán visibles a los ojos de tus semejantes en la tierra.

Daniel, incorporándose, comenzó a temblar a razón de la emoción que le embargaba, los ojos humedecidos y las manos sobre el corazón, desbocado de alegría.

El altavoz calló un par de minutos. En el despacho los monitores escribían sus ideas en hojas blancas, garabateando frases filosóficas con más o menos acierto, burlándose de su propia mezquindad sin  tener conciencia de ello.

– ¿A ver si saltará por la ventana?

– Ya te dije que están todas enrejadas.

Aseguró Juanma, subestimando la cordura de los locos, de los que poco había aprendido durante sus años de trabajo para la Institución.

– Deberás guardar el secreto a los hombres, pues sólo Nosotros y el Señor conocemos la verdad de las cosas. Caminarás entre los seres humanos para impartir tu Bondadosa Protección.

En la penumbra de un rincón, Daniel contempló como dos alas blancas como la nieve más pura aparecían de la nada, sostenidas por una levitación sagrada. Hincó las rodillas contra el suelo y rezó con las manos entrelazadas delante de la cara.

Cuando los monitores se retiraban a descansar, Juanma instó a su compañero a comprobar la integridad del interno, de paso todo sea dicho, a verle la cara que se le habría quedado.

– Lo más probable es que siga dormido soñando volar con los ángeles. Entre la medicación y la terapia experimental, quizás reaccione mejor al tratamiento.

López hizo gestos para que Juanma bajara el volumen de su risa, ambos caminaban por el largo pasillo, apenas iluminado por las luces auxiliares, como guardianes del equilibrio mental de los pacientes drogados y presos de la fatiga física.

Igual que un equilibrista de circo, los brazos en cruz y los ojos cerrados de cara al cielo, caminaba Daniel por el borde del tejado bajo la luz de una media luna.

– ¡Aquí no hay nadie, la habitación está vacía!

Juanma entornó los ojos fijos en el pasillo, al final del mismo la caída de una línea recta de luz exterior descubría una puerta abierta. Era la salida a la escalera de incendios.

Daniel se situó en lo alto de la repisa sobre la entrada principal del edificio, como una gárgola solitaria y trágica.

Jamás se recuperaron de la experiencia. Enrique López acabó sus días encerrado en la casa de sus padres, consumiendo antidepresivos y ansiolíticos hasta el día de su muerte. Se suicidó lanzándose desde un puente. Juan Manuel Márquez volvió a recaer en la bebida hasta reventarse el hígado. Falleció en un hospital francés.

En cuanto a Daniel, aquella noche desapareció de la faz de la tierra, pues jamás volvió a dar señales de vida.

Evidentemente nadie creyó a los monitores cuando éstos juraron hasta la extenuación haberle visto marchar volando.

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2 comentarios leave one →
  1. 06/03/2014 11:10

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    net for articles, thanks to web.

  2. manueldiaz permalink
    09/12/2008 17:04

    WOW! Amigo, quiero una pintura tuya! Qué nazca de tu pincel, de tu corazón, como todo lo que hay aquí… Te envío un abrazo!

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